Vivimos en una época atravesada por múltiples formas de violencia: física, psicológica, económica, religiosa, sexual. Frente a ella, solemos creer que solo existen dos caminos: someterse o contraatacar. Sin embargo, existe un tercer camino, menos visible pero profundamente transformador: la resistencia justa no violenta.
Durante mucho tiempo, el concepto de “resistencia justa” me generó confusión. Lo veía usado a veces como una justificación de la violencia de las víctimas. Pero mi propia experiencia personal me llevó a comprender algo distinto: resistir justamente no es destruir al otro, sino impedir que el daño continúe, sin reproducir la violencia que se busca detener.
Resistir justamente es poner límites. Es decir “no acepto esto” sin odiar, sin vengarse, sin deshumanizar. Es proteger la propia dignidad sin renunciar a la humanidad del otro.
Este principio fue formulado con claridad por el pensador argentino Mario Rodríguez Cobos, conocido como Silo, quien lo consagró como uno de los fundamentos éticos del Humanismo Universalista. Silo llamó a “consagrar la resistencia justa contra toda forma de violencia”, entendiendo que resistir no es ejercer violencia, sino impedir que la violencia continúe sin convertirse en su reflejo.
Su aporte fue decisivo: transformar la resistencia justa en un principio consciente de vida, aplicable tanto a nivel personal como social. No se trata de pasividad ni de resignación, sino de una postura activa que afirma la dignidad humana como valor central.
Esta visión dialoga con el pensamiento de filósofos como Paul Ricœur, quien sostuvo que la justicia debe evitar convertirse en venganza, y con la acción histórica de líderes como Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Nelson Mandela, quienes demostraron que la no violencia puede ser una forma poderosa de transformación.
La investigación histórica confirma su eficacia
Estudios de la Universidad de Harvard han demostrado que los movimientos no violentos tienen el doble de probabilidades de éxito que los violentos. La razón es profunda: la violencia fortalece al opresor, mientras que la no violencia revela su ilegitimidad.
Pero la resistencia justa no es solo un concepto político o social. Es también una experiencia profundamente personal.
Muchas personas viven situaciones de violencia en sus propias familias, trabajos o comunidades. Durante años, pueden tolerarlas por miedo, dependencia emocional o presión cultural. La resistencia justa comienza cuando la persona reconoce el daño y retira su consentimiento. Cuando deja de minimizar lo ocurrido. Cuando pone límites.
Esto no significa castigar ni humillar. Significa recuperar la propia dignidad.
Silo también desarrolló el concepto de reconciliación, señalando que esta no depende necesariamente de la respuesta del otro, sino que comienza como un proceso interior de liberación. La reconciliación personal , no es recíproca, no requiere que el otro se reconcilie, permite a la persona dejar de cargar con el resentimiento, recuperar su unidad interna y actuar con mayor libertad.
Sin embargo, cuando el daño ya ha ocurrido, surge una segunda necesidad: reparar. Aquí aparece el concepto de justicia restaurativa.
A diferencia de la justicia punitiva, centrada en castigar al culpable, la justicia restaurativa busca reparar el daño causado y reconstruir el tejido humano. No pregunta solamente “qué ley se rompió”, sino “quién fue herido y qué necesita para sanar”.
Este enfoque promueve el reconocimiento del daño, la responsabilidad del agresor, la reparación concreta y la reconstrucción gradual de la confianza. Su objetivo no es destruir a la persona que causó el daño, sino restablecer la dignidad de todos los involucrados.
Esto no implica impunidad. Al contrario, implica una responsabilidad más profunda. No hay reconciliación sin verdad y comprensión profunda ni reparación sin reconocimiento y acción.
Las comunidades humanas , si pretenden ser no violentas, tienen un rol fundamental en este proceso. Con demasiada frecuencia, frente a situaciones de violencia, optan por el silencio o la exclusión. El silencio protege la violencia. La exclusión perpetúa la ruptura. La justicia restaurativa ofrece un camino distinto: el de la responsabilidad, la reparación y la reintegración ética, cuando es posible.
Comprender la violencia no significa justificarla. Significa abordarla de un modo que no reproduzca el mismo ciclo destructivo que se busca superar.
Hoy, más que nunca, necesitamos desarrollar una cultura basada en la no violencia activa. Una cultura que enseñe a poner límites sin odiar, a exigir responsabilidad sin deshumanizar, a reparar sin destruir.
La resistencia justa, como enseñó Silo, es una fuerza ética que protege la dignidad humana frente a la violencia. La justicia restaurativa es el camino que permite sanar sus consecuencias.
Ambas son esenciales para construir una sociedad más humana.
Hoy en que las personas equivocadamente piden mano dura ya que hubo demasiada impunidad, explorar estos nuevos caminos se hace necesario. Porque la verdadera paz no es la ausencia de conflicto, sino la presencia de justicia, dignidad y responsabilidad compartida.
Y todo comienza cuando una persona decide, simplemente, no colaborar más con la violencia. Puedo ser yo, puedes ser tu…













