En un planeta donde la palabra cooperación se repite con facilidad pero se practica con rareza, la expedición JCATE 2026 en la Fosa de Atacama obliga a volver a los hechos. No es una cumbre diplomática ni una declaración de intenciones: es ciencia desplegada en uno de los entornos más extremos de la Tierra, con equipos mixtos, presencia humana directa en el fondo oceánico y una transferencia de capacidades que Chile, por sí solo, no podría activar a esta escala.

La Fosa de Atacama es una frontera doble: geológica y biológica. Allí, a más de ocho mil metros de profundidad, convergen procesos tectónicos asociados a la subducción de la placa de Nazca bajo la Sudamericana y ecosistemas hadales que funcionan sin luz solar, sostenidos por cadenas tróficas quimiosintéticas. Comprender estos sistemas no es una curiosidad académica. Para Chile, implica avanzar en el conocimiento de los mecanismos que influyen en terremotos y tsunamis, así como en la dinámica profunda del margen continental, un tema que atraviesa su historia, su geografía y su vulnerabilidad.

La singularidad de JCATE 2026 no reside únicamente en su objeto de estudio, sino en su método. El buque oceanográfico Tan Suo Yi Hao y el sumergible tripulado Fendouzhe permiten inmersiones humanas prolongadas en profundidades extremas. No se trata de una épica tecnológica, sino de una diferencia científica concreta: la observación directa, la toma de decisiones in situ y la selección contextual de muestras amplían el tipo de preguntas que pueden formularse y la calidad de los datos obtenidos. En un campo donde la mayoría de los países depende exclusivamente de vehículos operados a distancia, la presencia humana sigue siendo una herramienta científica relevante.

Para la oceanografía chilena, la participación en esta expedición marca un punto de inflexión. Científicas y científicos del Instituto Milenio de Oceanografía y de la Universidad de Concepción no participan como observadores, sino como parte activa del diseño, ejecución y análisis de la campaña. El descenso de investigadores chilenos al fondo oceánico no es un gesto simbólico: es formación avanzada, experiencia irreemplazable y acceso a un tipo de conocimiento que difícilmente puede adquirirse sin plataformas de esta envergadura. En términos estructurales, significa acortar décadas de brecha tecnológica.

Este punto permite observar con claridad un rasgo distintivo de la proyección científica china contemporánea: la cooperación como principio operativo. China ha convertido la ciencia, y en particular la exploración oceánica, en un eje de su presencia internacional. No como filantropía, sino como una estrategia de largo plazo que combina desarrollo tecnológico, producción de conocimiento, formación de redes científicas y construcción de legitimidad como potencia investigadora. Ese interés existe y debe ser nombrado sin ambigüedades.

La diferencia sustantiva radica en el tipo de vínculo que esa cooperación establece. En el caso de JCATE 2026, la arquitectura del proyecto muestra un modelo donde el socio local no es decorativo. Hay autoría compartida, participación efectiva, transferencia de capacidades y una pregunta científica anclada en necesidades nacionales concretas. Chile no aparece como territorio de extracción de datos, sino como laboratorio natural global con instituciones científicas capaces de dialogar en pie de igualdad.

Los beneficios potenciales de esta cooperación no se limitan al descubrimiento de nuevas especies o comunidades bacterianas. La ciencia de procesos —geoquímica profunda, circulación, sedimentación, señales tectónicas— puede alimentar modelos más robustos sobre el comportamiento del sistema océano-placa en una de las zonas sísmicas más activas del planeta. Sin promesas grandilocuentes ni falsas predicciones, este conocimiento contribuye a una comprensión más fina de riesgos que Chile enfrenta de manera recurrente.

Una lectura rigurosa, sin embargo, no puede ser ingenua. El océano profundo se está convirtiendo en una nueva frontera estratégica. Allí convergen ciencia, tecnología, datos, bioprospección y, a futuro, disputas por recursos. Precisamente por eso, la cooperación debe entenderse como un contrato ético exigente y no como un eslogan: reglas claras de coautoría, acceso a datos, formación simétrica y resguardo frente a cualquier deriva extractivista.

Si JCATE 2026 logra sostener en el tiempo su promesa de trabajo conjunto, Chile no solo gana conocimiento, sino posición. Se integra a una conversación científica global desde el Sur, no como receptor pasivo, sino como actor con voz propia. Y China consolida una forma de diplomacia científica que, cuando se construye sobre cooperación real y no subordinación, puede beneficiar a regiones históricamente marginadas de las grandes infraestructuras del conocimiento.

Explorar el fondo del mar es tan desafiante como explorar el espacio. Pero también es una prueba de cómo decidimos hacerlo. En la Fosa de Atacama, Chile y China están ensayando una forma de mirar lo desconocido no desde la jerarquía, sino desde la cooperación. El resultado de ese ensayo importa, no solo por lo que se descubra en las profundidades, sino por el modelo de ciencia que se consolide en la superficie.