La conversación entre Xi Jinping y Donald Trump

La reciente conversación telefónica entre el presidente chino Xi Jinping y el presidente estadounidense Donald Trump no fue, desde la perspectiva de Pekín, un gesto de acercamiento ni una concesión diplomática, sino un ejercicio de encuadre estratégico. China no llamó para negociar bajo presión, sino para fijar líneas rojas, reafirmar principios y recordar que la relación bilateral solo puede sostenerse sobre la base del respeto mutuo y la no injerencia.

Desde el lado chino, el mensaje central fue claro: la estabilidad de la relación sino-estadounidense no depende de gestos retóricos ni de presiones unilaterales, sino del reconocimiento de los intereses fundamentales de China. Entre ellos, el más sensible y no negociable es Taiwán. Pekín reiteró que se trata del asunto más importante y delicado en las relaciones bilaterales, subrayando que cualquier ambigüedad estadounidense en este punto erosiona la base misma del diálogo.

En materia comercial, China interpretó la conversación como una señal de que Washington reconoce los límites de la confrontación económica permanente. Pekín sostuvo su posición tradicional: las disputas deben resolverse mediante diálogo y mecanismos multilaterales, no a través de aranceles punitivos ni coerción financiera. Desde la lógica china, la guerra comercial no ha producido ganadores y ha contribuido a la inestabilidad global, incluida la presión inflacionaria que afecta también a Estados Unidos.

El dossier iraní ocupó un lugar relevante en el intercambio. Desde la óptica china, cualquier intento de aislar a Irán mediante sanciones o amenazas militares constituye un factor de desestabilización regional. Pekín defendió la vía diplomática y advirtió contra la instrumentalización del conflicto iraní como herramienta de presión geopolítica. Para China, la no proliferación nuclear debe abordarse sin dobles estándares y dentro del marco del derecho internacional, no mediante ultimátums.

En cuanto a la relación de China con Rusia, Pekín mantuvo su discurso de coherencia estratégica: cooperación sin alineamiento militar, asociación sin subordinación y rechazo a la lógica de bloques. Desde esta perspectiva, la insistencia estadounidense en leer el mundo en términos de alianzas rígidas es parte del problema y no de la solución.

La conversación también dejó en evidencia una diferencia de estilos. Mientras Trump presentó el diálogo como una señal de entendimiento personal, China lo enmarcó como un intercambio entre Estados que debe regirse por normas, continuidad y previsibilidad. Pekín no personaliza la relación: dialoga con la presidencia estadounidense, no con la figura individual que la ocupa.

En síntesis, la llamada no representó un deshielo, sino una advertencia diplomática formulada en tono contenido. China mostró disposición al diálogo, pero dejó claro que no aceptará presiones, interferencias ni redefiniciones unilaterales del orden internacional. El mensaje fue inequívoco: hablar es posible, cooperar es deseable, pero solo dentro de un marco de respeto mutuo. Todo lo demás es ruido estratégico.