Las conversaciones indirectas entre Estados Unidos e Irán en Mascate reabrieron un canal diplomático bajo mediación omaní. Pero el proceso nace marcado por una desconfianza profunda: Irán recuerda que ya fue atacado mientras negociaba y aun después de haber firmado acuerdos. La historia reciente no ofrece garantías.

El viernes 6 de febrero de 2026, Omán volvió a asumir un papel que conoce bien: el de mediador silencioso entre Estados Unidos e Irán. En Mascate se desarrollaron conversaciones indirectas entre delegaciones de ambos países, en un formato cuidadosamente diseñado para evitar gestos innecesarios y reducir el riesgo de escalada. No hubo una mesa conjunta ni fotografías de alto perfil. Hubo, en cambio, intercambios transmitidos por el canciller omaní, en lo que la diplomacia regional define como un primer paso, no como una negociación plena.

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Omán informó oficialmente que las conversaciones se centraron en crear condiciones adecuadas para retomar negociaciones diplomáticas y técnicas, con el objetivo declarado de contribuir a la seguridad y la estabilidad regional. El lenguaje fue deliberadamente contenido. No se anunciaron acuerdos, compromisos ni calendarios. Desde Mascate, el mensaje fue claro: se trató de preparar el terreno, no de sellar resultados.

Desde Teherán, el tono fue prudente pero ligeramente más explícito. El canciller iraní describió la jornada como un buen comienzo y señaló que la continuidad del proceso dependerá de consultas posteriores en las capitales. Medios iraníes subrayaron que la posición de la República Islámica se mantiene sin cambios: cualquier negociación debe centrarse en el expediente nuclear y en el levantamiento efectivo de sanciones. Ampliar la agenda a misiles o a la arquitectura regional, en el contexto actual, es visto en Teherán como una maniobra dilatoria más que como una negociación de buena fe.

Del lado estadounidense, no hubo un comunicado detallado que permitiera evaluar concesiones concretas. La información disponible indica que Washington mantiene su interés en un marco más amplio, mientras conserva instrumentos de presión económica y militar en la región. Esta asimetría —diálogo por un lado, presión sostenida por el otro— es uno de los elementos que explica la extrema fragilidad del proceso.

La lectura oriental de esta reunión es sobria y, sobre todo, escéptica. Omán actúa como amortiguador diplomático en un entorno regional al borde de una nueva escalada. Su prioridad no es resolver de inmediato el contencioso, sino impedir que la confrontación derive en una guerra abierta en el Golfo. Esa lógica explica tanto el formato indirecto como el tono moderado de los comunicados oficiales.

Para Irán, sin embargo, el escepticismo tiene raíces más profundas. La historia reciente pesa. Teherán recuerda que ya fue atacado mientras se encontraba en pleno proceso de negociaciones y que incluso después de haber firmado acuerdos formales, como el pacto nuclear de 2015, las garantías se evaporaron con rapidez. La retirada unilateral de Estados Unidos del acuerdo, seguida de sanciones reforzadas y episodios de confrontación militar, consolidó en la dirigencia iraní la idea de que negociar no equivale a estar a salvo.

Esa memoria condiciona cada gesto actual. Desde esta perspectiva, la reunión de Mascate no se percibe como un camino lineal hacia un entendimiento, sino como un intento precario de contener una dinámica peligrosa. El mensaje implícito de Teherán es claro: dialogar no implica confiar, y menos aún desarmarse políticamente mientras persisten amenazas y sanciones.

El resultado inmediato de la jornada en Omán fue, precisamente, su falta de resultados tangibles. No hubo anuncio de una segunda ronda con fecha definida, ni compromisos verificables. Todo quedó supeditado a decisiones posteriores y a la evolución del contexto regional, marcado por tensiones militares, ataques recientes y una arquitectura de seguridad profundamente inestable.

En ese sentido, la reunión de Mascate refleja más la fragilidad del momento que su fortaleza. Es una negociación sobre la posibilidad misma de negociar, en un escenario donde la experiencia histórica enseña que los procesos pueden romperse en cualquier momento, incluso cuando parecen avanzar.

Omán ofrece un espacio, un canal y un lenguaje de contención. Pero no puede ofrecer garantías. Para Irán, esa ausencia de garantías no es una abstracción diplomática, sino una lección aprendida. Y mientras esa memoria siga viva, cada conversación, por necesaria que sea, avanzará con la cautela de quien sabe que, en esta historia, firmar o dialogar nunca ha sido sinónimo de estar a salvo.