Un ataque armado contra un alto mando del GRU en la capital rusa activa las alarmas de seguridad del Estado y refuerza la narrativa oficial sobre amenazas internas y externas en un contexto de guerra prolongada.
Un atentado armado contra un alto oficial de la inteligencia militar rusa tuvo lugar en Moscú en la mañana del 6 de febrero de 2026, generando una inmediata reacción de los servicios de seguridad y de las autoridades del Estado. El teniente general Vladímir Alekseyev, primer subjefe de la Dirección Principal de Inteligencia del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de la Federación Rusa, fue herido por disparos efectuados por un atacante desconocido frente a un edificio residencial del noroeste de la capital.
De acuerdo con la información difundida por el Comité de Investigación de la Federación Rusa, el agresor abrió fuego contra el general y huyó del lugar. Alekseyev fue trasladado de urgencia a un centro hospitalario, donde permanece bajo atención médica. Las autoridades confirmaron la apertura de una causa penal por intento de asesinato y tenencia ilegal de armas, mientras se desarrollan diligencias para identificar y localizar al responsable.
Desde Moscú, la lectura oficial del atentado es inequívoca. El ataque contra uno de los más altos responsables del aparato de inteligencia militar es considerado un golpe directo a la seguridad nacional. Portavoces del Kremlin indicaron que el presidente fue informado de inmediato y que los organismos de seguridad trabajan de forma coordinada para esclarecer los hechos y evitar nuevas acciones de este tipo.
El GRU es una de las estructuras más sensibles del Estado ruso, con un rol central en la planificación militar, la inteligencia estratégica y las operaciones en el exterior. Desde la perspectiva oficial, el atentado no puede analizarse como un hecho aislado, sino como parte de un contexto más amplio de presión y hostilidad contra la Federación Rusa en el marco del conflicto en Ucrania y de una confrontación prolongada con Occidente.
Las autoridades rusas no han atribuido públicamente el ataque a un actor concreto, aunque la narrativa dominante en los medios estatales y en los círculos de seguridad subraya la posibilidad de una acción dirigida a desestabilizar el país desde dentro o desde el exterior. La investigación permanece bajo reserva, mientras se analizan grabaciones de cámaras de seguridad y se recogen testimonios en la zona del atentado.
El incidente se suma a una serie de ataques y atentados registrados en los últimos años contra figuras militares y de seguridad en territorio ruso. Desde la óptica del Kremlin, estos hechos confirman la necesidad de reforzar la protección de los altos mandos y de mantener un estado de alerta permanente frente a amenazas que consideran parte de una guerra híbrida contra el Estado ruso.
Mientras la investigación avanza, el atentado en Moscú se instala como un recordatorio de la tensión interna que atraviesa Rusia en un escenario de conflicto prolongado. Para las autoridades, la prioridad declarada es garantizar la estabilidad, preservar la continuidad del mando militar y enviar una señal clara de control y respuesta frente a cualquier intento de socavar la seguridad del país.













