Las primeras competiciones de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina comenzaron este miércoles con las pruebas de curling, mientras la ceremonia inaugural está prevista para el viernes. El arranque deportivo, sin embargo, quedó atravesado desde el primer día por una fuerte señal política: las protestas que coinciden con el inicio de las competiciones en el centro de Milán contra la presencia de agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (ICE) en el marco del dispositivo que acompaña a la delegación estadounidense.

Cientos de manifestantes se concentraron en zonas céntricas de la ciudad con pancartas y consignas directas —“ICE OUT”, “ICE OUT NOW”— para expresar su rechazo a la participación de ese organismo en un evento que, subrayan, debería regirse por principios de cooperación internacional, hospitalidad y respeto a los derechos humanos. Las imágenes de la movilización circularon ampliamente en medios y redes sociales en el momento en que los Juegos comenzaron a desarrollarse de facto, más allá de la inauguración formal.

El foco de la protesta no es la seguridad olímpica en general, sino la presencia específica del ICE, un organismo asociado en el debate público europeo a las políticas migratorias más duras de Estados Unidos, incluidas redadas, detenciones y deportaciones que han sido objeto de críticas por parte de organizaciones de derechos humanos. Para los manifestantes, permitir su presencia —aunque sea bajo un rol limitado— supone normalizar prácticas que consideran incompatibles con el espíritu olímpico.

El gobierno italiano ha insistido en que los agentes del ICE no tendrán funciones operativas en la vía pública y que su rol se limitará a tareas de enlace y apoyo interno vinculadas exclusivamente a la delegación estadounidense. Sin embargo, esa aclaración no ha logrado desactivar la movilización. Desde la perspectiva de quienes protestan, la cuestión no es solo funcional, sino simbólica y política: la visibilidad y legitimación de un organismo cuya actuación es cuestionada fuera de su territorio nacional.

Que la protesta haya coincidido con el inicio real de las competiciones —y no solo con la antesala ceremonial— refuerza su alcance. No se trata de una advertencia previa ni de una crítica abstracta, sino de una interpelación directa al Comité Olímpico Internacional, a las autoridades italianas y a los organizadores, en pleno desarrollo del evento. El mensaje es claro: incluso cuando los Juegos ya están en marcha, hay límites éticos que una parte de la sociedad italiana considera no negociables.

Milán, ciudad anfitriona y símbolo europeo de apertura y diversidad, se convierte así en escenario de una tensión que trasciende lo deportivo. El comienzo del curling marca el inicio del calendario olímpico, pero también deja en evidencia que estos Juegos se desarrollan en un contexto global donde la seguridad, la migración y los derechos humanos son temas imposibles de separar del espectáculo deportivo.

La inauguración oficial del viernes buscará reinstalar la narrativa de unidad y celebración. Las protestas recuerdan, en cambio, que los Juegos Olímpicos no ocurren en un vacío político y que, desde su primer día efectivo de competición, Milán 2026 ya está atravesada por un debate incómodo sobre qué actores son aceptables —y cuáles no— en el escenario olímpico.