Este ensayo periodístico examina la esclavitud contemporánea como un régimen estructural del orden global actual y no como una anomalía residual, una desviación criminal marginal o un problema humanitario aislado. A partir de una revisión crítica de la literatura en ciencias políticas, economía política y enfoques descoloniales, se sostiene que la esclavitud moderna es producida activamente por decisiones políticas, lógicas económicas y jerarquías globales que generan poblaciones sistemáticamente vulnerables, explotables y prescindibles. El análisis se organiza en torno a tres ejes centrales: la producción política de la vulnerabilidad, la economía de la explotación extrema y la gestión diferencial de la vida y la muerte. El ensayo combina revisión bibliográfica e interpretación crítica con un contrapunto narrativo que sitúa el fenómeno en su materialidad concreta, proponiendo una lectura integral que permita comprender la esclavitud contemporánea en todo su arco pragmático, ético y político.

Nombrar lo que el sistema necesita ocultar

La esclavitud no terminó. Lo que terminó fue su nombre. En el mundo contemporáneo, la palabra “esclavitud” resulta incómoda porque desestabiliza el relato fundacional del orden liberal: el de un sistema basado en la libertad, el contrato y la dignidad humana. Por eso, cuando aparece, suele hacerlo reducida a la trata ilegal, al crimen organizado o a la barbarie ajena, localizada siempre lejos del centro económico y político del mundo.

Millones de personas trabajan hoy en condiciones que cumplen todos los criterios materiales de la esclavitud: coerción, dependencia absoluta, imposibilidad de abandono, violencia directa o estructural y despojo sistemático de derechos. No se trata de una falla del sistema global, sino de una de sus condiciones de posibilidad. La esclavitud contemporánea no es un residuo del pasado ni un exceso corregible con mejores leyes, sino una forma de organización del mundo que atraviesa economías, fronteras, Estados y cadenas de valor, y que permite sostener niveles de consumo, competitividad y acumulación incompatibles con el respeto universal de los derechos humanos.

Comprender este fenómeno exige un desplazamiento analítico. No basta con describir casos extremos ni con denunciar abusos puntuales. Es necesario interrogar las condiciones políticas, económicas y simbólicas que hacen posible que millones de vidas sean explotadas sin escándalo, sin duelo y sin responsabilidad efectiva. Ese es el objetivo central de este trabajo.

La esclavitud contemporánea en la literatura crítica actual

El estudio de la esclavitud contemporánea ha dejado de ser un subcampo marginal para convertirse en un eje central de reflexión en las ciencias políticas, la economía política crítica y los estudios del poder global. Este desplazamiento responde a un cambio cualitativo en los enfoques: la esclavitud ha comenzado a ser analizada como una expresión estructural del sistema global contemporáneo.

Los trabajos de Kevin Bales constituyen un punto de inflexión al redefinir la esclavitud moderna más allá de la propiedad legal. Para Bales, la esclavitud contemporánea se caracteriza por el control total de una persona mediante coerción, violencia y deshumanización, incluso en ausencia de reconocimiento jurídico. Este giro conceptual permite identificar como esclavitud prácticas que el derecho positivo suele clasificar como informalidad o abuso, ampliando el campo de análisis político.

No obstante, el énfasis inicial en la ilegalidad y la debilidad institucional ha sido complementado por enfoques que subrayan la presencia selectiva del Estado. Stanley Cohen aporta aquí una clave decisiva con su concepto de “estados de negación”, que explica cómo las democracias liberales pueden conocer la existencia de prácticas de esclavitud y, aun así, gestionarlas políticamente sin asumir responsabilidad. La esclavitud no persiste por ignorancia, sino por tolerancia estructural.

El desplazamiento hacia una economía política de la esclavitud se profundiza con los trabajos de Siddharth Kara, quien demuestra que la esclavitud moderna constituye una industria transnacional altamente rentable. Su aporte conecta la explotación extrema con cadenas de valor globales, mostrando que la demanda, la competitividad y la reducción de costos son motores centrales del fenómeno.

Moisés Naím, por su parte, permite comprender la convergencia entre mercados ilegales, corrupción y estructuras estatales formales. Su análisis revela que la esclavitud no opera en un subsuelo aislado, sino en zonas grises donde legalidad e ilegalidad coexisten funcionalmente.

Saskia Sassen introduce una clave estructural adicional al conceptualizar la expulsión como proceso central del capitalismo contemporáneo. Antes de ser explotadas, las poblaciones son expulsadas de sistemas formales de protección, quedando disponibles para formas extremas de explotación. En este marco, la esclavitud aparece como destino estructural de procesos previos de desposesión.

Los enfoques descoloniales profundizan esta lectura al situar la esclavitud contemporánea en una continuidad histórica de racialización del trabajo. Aníbal Quijano muestra cómo la colonialidad del poder asigna valor diferencial a las vidas según origen y territorio, mientras Achille Mbembe introduce la noción de necropolítica para pensar la esclavitud como forma de gobierno que administra quién puede ser explotado hasta el agotamiento y quién puede morir sin duelo.

Finalmente, el aporte histórico de Eric Williams impide cualquier lectura accidentalista: el capitalismo moderno se fundó sobre la esclavitud, y su mutación contemporánea no rompe esa lógica, sino que la actualiza.

Este marco teórico converge en una tesis compartida: la esclavitud contemporánea es una tecnología central de organización del mundo globalizado.

No es un residuo

La esclavitud contemporánea constituye un régimen estructural del orden económico y político actual. No se limita a la trata de personas ni al trabajo forzado en su forma clásica, sino que se manifiesta como un entramado de prácticas, políticas y omisiones que producen sistemáticamente poblaciones explotables, desechables y silenciosas. Comprenderla exige abandonar la lógica del escándalo episódico y asumir una mirada de largo aliento, capaz de articular historia, Estado, mercado y poder.

Primer eje: la producción política de la vulnerabilidad

El punto de partida de la esclavitud moderna no es el encadenamiento físico, sino la producción deliberada de vulnerabilidad. La literatura más sólida en ciencias políticas coincide en que ningún ser humano nace esclavo: se vuelve esclavizable cuando se le priva de protección jurídica, de derechos efectivos y de alternativas reales de supervivencia.

Las políticas migratorias contemporáneas constituyen uno de los principales dispositivos de esta producción de vulnerabilidad. La criminalización de la migración irregular, el cierre de fronteras, la externalización de controles y la precarización del estatus legal generan poblaciones atrapadas en un limbo jurídico. En ese espacio, la explotación deja de ser una excepción para convertirse en la norma. Desde este enfoque, la esclavitud no surge por ausencia del Estado, sino por su presencia selectiva: el Estado actúa con contundencia para controlar, vigilar y expulsar, pero se retira cuando se trata de proteger. La ilegalidad no es un accidente, sino una condición funcional que transforma a la persona sin papeles, sin contrato y sin red de apoyo en fuerza de trabajo absolutamente dependiente.

La bibliografía crítica insiste en que esta vulnerabilidad no es solo individual, sino estructural. Comunidades enteras son expulsadas de economías formales mediante procesos de desposesión, guerras, crisis climáticas o colapsos productivos. Una vez expulsadas, quedan disponibles para circuitos de explotación que se presentan como la única salida posible. La esclavitud moderna comienza mucho antes del acto de explotación directa: comienza en la expulsión.

Segundo eje: la economía política de la explotación extrema

El segundo eje desmonta el mito de que la esclavitud es económicamente marginal. La esclavitud contemporánea es rentable y profundamente integrada en las cadenas de valor globales. Sectores enteros de la economía dependen de formas de trabajo forzado o cuasi forzado: agricultura intensiva, construcción, minería, industria textil, pesca, trabajo doméstico y prostitución forzada. En todos estos sectores se repite un patrón: reducción máxima de costos laborales mediante el control total de la persona explotada.

La diferencia con la esclavitud histórica no es moral, sino logística. El esclavo moderno no se compra; se alquila, se reemplaza y se abandona. La vida humana se vuelve barata porque es abundante, y es abundante porque el sistema produce continuamente personas vulnerables. Esta lógica convierte a la esclavitud en una forma extrema de precarización, compatible con el discurso neoliberal de flexibilidad y eficiencia.

Desde la economía política crítica, este fenómeno no puede explicarse sin atender a la complicidad empresarial y estatal. Las cadenas de suministro opacas, la subcontratación en cascada y la externalización de responsabilidades permiten que grandes empresas se beneficien indirectamente de la explotación sin asumir consecuencias legales ni reputacionales. La esclavitud se esconde en el último eslabón, pero el valor asciende intacto.

Mientras los beneficios se concentran, los costos humanos se dispersan y se invisibilizan.

Tercer eje: la gestión diferencial de la vida y la muerte

El tercer eje introduce una dimensión más profunda: la esclavitud contemporánea como forma de gobierno sobre la vida y la muerte. No todas las vidas tienen el mismo valor político. Algunas son protegidas, otras explotadas, otras directamente sacrificables.

Desde los enfoques críticos y descoloniales, la esclavitud moderna aparece como parte de una lógica necropolítica: el poder decide quién merece vivir con derechos y quién puede ser consumido hasta el agotamiento. El trabajador esclavizado no es solo explotado; es situado fuera del horizonte de duelo, fuera de la comunidad moral.

Esta gestión diferencial se expresa en la normalización del sufrimiento. Muertes por agotamiento, accidentes laborales, enfermedades no tratadas o violencia directa son asumidas como daños colaterales inevitables. La desaparición de personas explotadas rara vez genera alarma pública. Sus cuerpos, cuando aparecen, no interrumpen el funcionamiento del sistema.

Aquí la esclavitud se conecta con otras formas contemporáneas de violencia estructural: campos de refugiados permanentes, zonas de sacrificio ambiental, territorios ocupados y economías informales criminalizadas. En todos los casos, el patrón es similar: poblaciones enteras reducidas a una existencia administrada, sin futuro, sin protección y sin voz.

Este eje permite comprender por qué la esclavitud contemporánea persiste incluso en contextos que se autodefinen como democráticos y defensores de los derechos humanos. No se trata de incoherencia, sino de jerarquización. Los derechos existen, pero no para todos.

Conclusión: carreteras de luz para mirar la verdad de frente

Amanece antes de que el sol aparezca. El niño se levanta cuando el cielo todavía es gris, no porque alguien lo despierte, sino porque el cuerpo ya aprendió la hora del miedo. Tiene entre diez y doce años; nadie lo sabe con certeza. Sus pies descalzos pisan la tierra húmeda mientras camina hacia la mina. No hay desayuno. A veces un puñado de mandioca del día anterior, a veces nada. El hambre no es una urgencia: es un estado permanente.

La entrada a la mina no parece una mina. Es un agujero irregular en la tierra, sostenido por palos frágiles y promesas que nadie cumple. El niño se introduce con otros cuerpos pequeños. No hay cascos, no hay luz artificial. Solo manos, uñas y piedras. Excavan durante horas en túneles estrechos donde el aire se vuelve espeso y el silencio pesa más que la roca. Cada fragmento oscuro que encuentran puede contener coltán. Cada fragmento inútil es tiempo perdido.

El polvo se pega a la piel, a los pulmones y a los ojos. El niño tose, pero no se detiene. Sabe que detenerse es peligroso. No por el derrumbe, sino por el castigo. A veces alguien no vuelve a salir. Nadie pregunta. Nadie anota su nombre. El día continúa como si ese cuerpo nunca hubiera estado ahí.

Al mediodía, si hay suerte, alguien reparte un poco de agua turbia. No hay sombra. El sol cae vertical sobre un paisaje devastado. El niño no sabe para qué sirve el coltán. No sabe que viajará miles de kilómetros, que será refinado, mezclado e integrado en dispositivos brillantes. No sabe que sus manos sostienen el corazón mineral de teléfonos inteligentes, computadoras, autos eléctricos y armas de precisión. Nadie se lo ha dicho. Y aunque se lo dijeran, no cambiaría nada.

Para los compradores del coltán, el niño no existe. No tiene rostro, ni edad, ni historia. Es un costo invisible en una cadena de suministro opaca. En los contratos, en las bolsas de minerales y en los balances financieros, no aparece su nombre. Aparece el material. Aparece el precio. Aparece la eficiencia.

Al caer la noche, el niño regresa caminando. El cuerpo duele, pero el cansancio no concede descanso inmediato. A veces hay algo de comida. A veces no. Se acuesta en el suelo, sin electricidad y sin silencio interior. Mañana será igual. Si vive.

Este no es un relato excepcional. Es la rutina diaria de miles de niños en las minas de coltán del este de la República Democrática del Congo. Es el punto de partida material de un sistema que se presenta como moderno, limpio y tecnológico.

El relato del niño en la mina no es un recurso literario. Es la síntesis material de los tres ejes analizados. Su vulnerabilidad fue producida. Su explotación es rentable. Su vida es gestionada como prescindible.

La revisión bibliográfica converge en una conclusión inequívoca: la esclavitud contemporánea no puede erradicarse sin transformar las estructuras que la generan. No basta con leyes, ni con certificaciones éticas, ni con campañas de consumo responsable. Mientras el modelo económico global necesite cuerpos descartables para sostener su eficiencia, la esclavitud persistirá bajo nuevas formas.

Comprender la esclavitud contemporánea en todo su arco pragmático implica aceptar que no ocurre lejos, ni al margen, ni por accidente. Ocurre en el corazón mismo del mundo que habitamos.

La revisión bibliográfica y conceptual aquí presentada conduce a una conclusión incómoda pero necesaria: erradicar la esclavitud contemporánea no es un problema técnico ni humanitario, sino político. Exigiría transformar las condiciones que la hacen posible: regímenes migratorios excluyentes, economías basadas en la precarización extrema y Estados que protegen capitales y abandonan personas.

La esclavitud moderna no se combate solo con leyes, ni con campañas de sensibilización, ni con gestos simbólicos. Se combate cuestionando el modelo que la necesita. Por eso persiste. Por eso se recicla. Por eso adopta nuevas formas.

Este ensayo no pretende cerrar el debate, sino abrirlo con claridad. La bibliografía revisada no ofrece consuelo, pero sí herramientas. Carreteras de luz para comprender el fenómeno sin eufemismos ni atajos morales. Comprender es el primer acto de responsabilidad. El segundo, inevitablemente, es decidir de qué lado de esta estructura global se elige estar.

Bibliografía

Bales, Kevin. Disposable People: New Slavery in the Global Economy. University of California Press, 1999.

Bales, Kevin. The New Slavery: Contemporary Slavery and the Fight for Human Freedom. University of California Press, 2004.

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Cohen, Stanley. States of Denial: Knowing about Atrocities and Suffering. Polity Press, 2001.

Kara, Siddharth. Sex Trafficking: Inside the Business of Modern Slavery. Columbia University Press, 2009.

Kara, Siddharth. The Business of Trafficking: Inside the Secret World of Modern Slavery. Columbia University Press, 2017.

Naím, Moisés. Illicit: How Smugglers, Traffickers, and Copycats Are Hijacking the Global Economy. Anchor Books, 2005.

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