Un paseo por Instagram fue suficiente para sentir un profundo rechazo por lo que estamos haciendo con nuestro planeta.

Un reportaje de la Deutsche Welle revelaba la cantidad de rescates de niños y bebés que había llevado adelante la policía bogotana en Colombia. Más de 700 en un año, algunos de ellos que pedían comida detrás de las rejas y sobreviviendo encerrados, en situación de abandono.

En Argentina el gobierno impulsa una ley que baje la edad de imputabilidad para que los mayores de 13 años puedan ser condenados como adultos responsables.

El flagelo de las armas en las escuelas se extiende a países que no contaban con este tipo de peligros. La desconexión entre la realidad y lo que traspasa lo virtual está atravesando a generaciones que cada vez cuentan con menos herramientas para poder discernir al respecto.

Se abandona a los propios hijos, se es indiferente a los padecimientos de los propios vecinos, qué decirle entonces a Josep Guardiola cuando cuestiona el abandono que hizo la humanidad de los miles y miles de niños palestinos que han sido masacrados por las Fuerzas de Defensa Israelíes. Ni Herodes en la Biblia había llegado tan lejos.

El medio colombiano El Pregón reproducía los desoladores procesos judiciales en los cuales niños de 5 y 6 años estaban frente a un juez en los Estados Unidos que les informaba que serían deportados. Los menores no contaban ni con abogados defensores, ni familia, ni noción de lo que estaban sufriendo ni lo que les esperaba.

El Mostrador de Chile advertía sobre el aumento del trabajo infantil durante el verano y espantaba con la cifra de casi 220 mil menores ¿trabajando? Lo que es seguro es que no se cumplen los derechos fundamentales de esas infancias.

Y es una preocupación de la especie el descenso abrupto de la natalidad en casi todo el planeta. Los gobiernos han ido tomando diferentes medidas, con mayor o menor acierto, algunas inspiradoras, otras controversiales. El asunto es que esa responsabilidad no deja de caer sobre los hombros, mejor dicho los úteros, de las mujeres.

Debemos atender los reclamos sobre la brutalidad con la que se las trata, la cosificación de la que son objeto, la desvalorización que siguen padeciendo.

Pero además de todas las razones atendibilísimas, no podemos soslayar el mundo antiniños que hemos generado. Antiniños, así como antijóvenes. Un joven no tendrá tiempo de proyectar una familia, porque deberá ganarse el sustento. Un adulto que logró establecer ciertos parámetros para su vida, difícilmente renuncie al “confort” por la mapaternidad. Es decir, es un paso que se da dejando las responsabilidades de cuidado en terceros o se experimenta como una carrera de fondo con un sprint permanente.

En cualquier caso, nos hablan de la posible desaparición de la raza blanca en menos de un siglo. No me preocupa el color de los niñitos, sino que no dejemos de exterminarlos.

La Argentina acaba de romper una racha histórica de descenso de la mortalidad infantil. Están volviendo enfermedades prácticamente erradicadas por la moda de no vacunar a la crianza. Se los bombardea (literalmente en muchos lados) y metafóricamente con contenidos tóxicos y destructivos sea cuál sea la pantalla que elijan. Es más, si eligen libros, es muy probable que caigan en sus manos también aberraciones seudo culturales.

Paniqueé cuando saqué la cabeza después de sumergirme en esta ola de hostilidad contra las infancias. Que siempre la niñez y la juventud fueron trayectos difíciles y peligrosos, lo sé. Pero uno esperaría que en la medida que los humanos se van dotando de avances tecnológicos y civilizatorios, tendríamos mayor cuidado, apego y consciencia sobre los niños, niñas y adolescentes.

Como les decía más arriba hoy ya protagonizan la sección de policiales de los telediarios, pero también son los criminales de las ficciones que se filman y escriben. Los estamos presentando como el enemigo y así los tratamos. Eso es lo que expresaba el discurso de Guardiola en el concierto en favor de Palestina que se realizó esta semana en Barcelona, que no se puede ser indiferente, que debemos involucrarnos y reflexionar sobre lo que ven esos niños, el ejemplo que les estamos dando.

Siempre se confió en la capacidad de las nuevas generaciones para superar los horrores de las anteriores. Habrá que acompañar ese proceso, fortalecerlos en sus luchas, disputarle el destino de la Humanidad a ese 1 % que se cree con el poder de decidir sobre el futuro de la especie.

Recurrir una y mil veces a la Regla de Oro, de tratar al otro como quiero ser tratado y no hacer a los demás, aquello que no queremos para nosotros. Salir del individualismo, no perder la fe y seguir entrelazando alianzas, construyendo conexión multipolar, no hay cabida para la prevalencia de unos sobre otros.