El avance de gobiernos de ultraderecha en distintas partes del mundo no es solo un giro electoral: es una ofensiva política, cultural y moral. En 2024, partidos de ultraderecha o extrema derecha alcanzaron récords históricos en las elecciones al Parlamento Europeo, con Francia, Italia, Países Bajos, Austria y Alemania mostrando incrementos significativos en el voto a estas fuerzas; en América Latina, Javier Milei  ganó las elecciones en Argentina (2023) con la promesa de acabar con derechos y recortar recursos para educación y salud, mientras que en las elecciones de diciembre de 2025 José Antonio Kast, de ultraderecha y con vínculos familiares al nazismo, ganó las elecciones de Chile con el 58% de los votos, en El Salvador se mantiene el mismo modelo autoritario, mientras que en Estados Unidos, Donald Trump regresó a la presidencia en 2024. Entre los primeros blancos que enmarcan sus ideologias están las restricciones a los derechos de las mujeres, de las personas migrantes y de la comunidad LGBTIQ+: más de 500 proyectos de ley anti-LGBTIQ+ fueron presentados solo en Estados Unidos entre 2023 y 2024; según Human Rights Campaign (HRC) y la American Civil Liberties Union (ACLU) al menos 26 países han endurecido sus leyes migratorias desde 2020; y las restricciones al aborto se han intensificado en más de 30 países en la última década. Como ha ocurrido otras veces en la historia, cuando los proyectos que no reconocen los derechos humanos se fortalecen, lo hacen desde el disciplinamiento de los cuerpos, controlando identidades y reduciendo libertades.

Por ejemplo el cuerpo de las mujeres resulta clave para la sostenibilidad del sistema capitalista porque sobre él se descargan históricamente las tareas de cuidado, reproducción y sostenimiento del cuidado de la mano de obra, labores indispensables para que el mercado funcione pero a su vez son invisibilizadas y no remuneradas. Como explica Silvia Federici, el capitalismo no podría existir sin la apropiación del trabajo reproductivo de las mujeres, ya que es ese trabajo (cuidar, alimentar, criar, sanar) el que garantiza día a día la reproducción de la fuerza laboral. Judith Butler por su parte expone que estos cuerpos son regulados mediante normas de género que naturalizan la disponibilidad, el sacrificio y la responsabilidad moral de cuidar, convirtiendo esa carga en mandato social antes que en decisión política. A su vez, permite al capitalismo sostenerse sobre una economía del cuidado feminizada y precarizada.

No se trata solo de ideología, sino de una reorganización del poder.La criminalización del aborto, el desmantelamiento de políticas de salud sexual y reproductiva y la persecución de identidades disidentes responden a una lógica que demanda  cuerpos dóciles para sostener un sistema desigual.

Dentro de esa misma narrativa se encuentra la de la violencia en nombre del orden y la seguridad, la arremetida consecutiva a los migrantes y en ese contexto recordar  el tiroteo que terminó con la vida de Renee Nicole Good, una mujer de 37 años, a manos de un agente del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en Minneapolis, en el marco de una operación migratoria federal que desplegó miles de agentes en la ciudad, además de  la iniciativa de políticas antiinmigración, anti-LGBTIQ+, anti derechos para mujeres, la represión desmedida y las violaciones a derechos humanos durante las manifestaciones. Fue así como se configuró la idea de fascismo en los últimos años, no porque sus objetivos hayan cambiado, sino porque ahora no necesitan del autoritarismo, encontraron a través de la democracia el camino para instalarse. Lo que cambió en el fascismo,  fue el uniforme.

No hace falta hacer un análisis geopolítico para entender la reconfiguración del mundo frente a la normalización del genocidio en Palestina, lo que jugó un papel fundamental para su avanzada, la muerte por invasión, los discursos y  las prácticas de la crueldad y el odio,  la criminalización de la migración y la justificación del asesinato de personas disidentes, empobrecidas y racializadas, en ese orden criminalizadas por cualquier motivo instaurado bajo la lógica de seguridad o de no cumplir con el orden hegemónico.

A estas alturas nos desbordan los ejemplos de lo peligrosa que puede ser una narrativa y cómo ese mensaje que se genera a través de la transfobia, el racismo o la xenofobia se reproduce en la sociedad y genera disciplinamiento sobre los cuerpos de las personas. En Argentina en el 2024 (3) mujeres lesbianas fueron quemadas vivas por su vecino; fue un crimen de odio. El año pasado en Colombia, trans feminicidio de Sara Millerey en una quebrada de Bello, Antioquia, dejó a la vista las costuras de una sociedad transfobica. Ese mismo año 120 personas fueron asesinadas en Río de Janeiro, Brasil, hecho vendido mediáticamente como uno de los operativos más grandes contra el narcoterrorismo. Según Human Rights Watch, los alojados en los centros de detención de migrantes de Florida están siendo sometidos a condiciones inhumanas, incluyendo falta de atención médica, hacinamiento y tratos degradantes. Al menos dos muertes recientes podrían estar relacionadas con falta de atención médica.

El fascismo contemporáneo no llegó con tanques ni con discursos explícitos de exterminio. Llegó con votos, con promesas de orden y seguridad, con la normalización progresiva del odio. Pero su lógica sigue siendo la misma: el control absoluto sobre los cuerpos que no se ajustan al modelo productivo, reproductivo y normativo que el sistema exige. Estos proyectos políticos se sostienen sobre el disciplinamiento y el control de los cuerpos. Cuerpos que cuidan, cuerpos que migran, cuerpos que desean, cuerpos que disiden. Frente a esta arremetida, la resistencia también será corporal y territorial. Reconocer que el fascismo cambió de uniforme no significa que hayamos perdido la capacidad de identificarlo. Significa que debemos afinar la mirada y recordar que cada derecho conquistado fue arrancado al poder, nunca concedido por él. La historia nos enseña que los cuerpos que hoy pretenden disciplinar son los mismos que siempre han resistido.