William Alberto Méndez Garita*

Si bien es cierto que en el pasado lo político estuvo a las puertas de abandonar la búsqueda de la justicia social como norte de la sociedad, especialmente en el 2020, vemos su total renuncia.

En estos últimos dos años -un corto periodo en relación con 70 años de historia constitucional inspirada en el “principio cristiano de justicia social”- se intenta sustituir la visión centrada en el ser humano por una visión centrada en el modelo de producción.

Ahora la justicia social se resuelve a través del cálculo frío del costo para las finanzas públicas, ingresos y egresos; no es una inversión sino un gasto. Es decir, ha perdido rostro humano para ser un número sin sensibilidad.

Pasamos de ser personas poseedoras de derechos humanos y protegidas por la visión de una “política permanente de solidaridad nacional”, como dice la Constitución Política, a ser estadísticas vacías y despersonalizadas.

Si la situación económica del país paulatinamente ha venido empeorando, es por repetidas propuestas de grupos que han desacreditado la interpretación y comprensión de los problemas sociales desde el mismo ser humano y su rol central en la sociedad, para dar culto a una teología “reduccionista” económica.

Son ellos parte del problema, aunque les cueste aceptarlo.

Esta situación se ha venido agravando en los últimos años también por la desaparición de referentes políticos que defiendan el modelo y los principios de justicia social. Al mismo tiempo ocurre una pérdida de espacios en las organizaciones políticas, sociales y empresariales por el arribo de cuadros sin sensibilidad social.

La desarticulación de la defensa de la justicia social se puede mostrar en tres niveles.

Primero, quienes hablan desde la perspectiva social son descalificados en forma peyorativa por ser “progres” o centro izquierda.

Segundo, ya no son muchos los referentes que quedan capaces de hacer planteamientos en torno al Estado social de derecho y la justicia social conforme la perspectiva actualizada de los fundadores y fundadoras de la Segunda República y los importantes movimientos sociales que sentaron las bases nuestra sociedad moderna.

Algunos de ellos, a falta de consistencia ideológica y con pasmoso pragmatismo, abrazaron el otrora renegado conservadurismo.

Tercero, en el actual contexto del país, las pocas voces que abogan por causas sociales son acalladas por no formar parte del club del dios griego de la riqueza Pluto, también conocido como Eniato.

Por ejemplo, en la conformación de las llamadas mesas de diálogo del gobierno, no fueron invitados a las discusiones de fondo expertos en justicia social ni organizaciones que puedan incorporar esta perspectiva en las discusiones y acuerdos.

Si vemos los programas de gobierno, los planes nacionales de desarrollo, así como muchas de las propuestas que se han hecho en torno a la crisis de país es posible notar cómo se deja de pensar en término de justicia social para únicamente encontrar respuestas en modelos economicistas que tienen el osado y descarado intento de ser impuestas como verdades absolutas.

En una investigación del sociólogo José Luis Vega Carballo (fallecido hace pocos días y quien fuera mi primer instructor en investigación social en la UCR) al citar el pensamiento económico y social de Rodrigo Facio, comenta: Facio fue y sigue siendo hasta hoy, la máxima figura intelectual y política del reformismo progresista, una corriente político-ideológica que gusta de jugar en el medio campo y que aún intenta —quizás en vano— darle “rostro humano” al capitalismo para avanzar hacia un socialismo moderado, liberal y de mercado “a la tica”. (Rev. Ciencias Sociales 138: 41-52 / 2012 (IV)

La visión de los grupos que han capturado lo político ni por asomo se acercan al pensamiento de Rodrigo Facio sobre economía y justicia social.

Como bien se explica en la teoría clásica sobre los conflictos sociales, las sociedades no son solo la suma de individuos, como se pretende enfocar en el presente al hablar de políticas públicas.

Bajo esa premisa, podemos afirmar, como otros lo han indicado antes, que la sociedad es el resultado de las interacciones de las personas (seres humanos) y los conflictos que se derivan de sus relaciones. (H. Heller y K. Marx)

Pero los grupos que se adueñaron de lo político, dentro y fuera del gobierno, no ven a la sociedad como un sistema en el que intervienen subsistemas los cuales deben ser comprendidos en el contexto de la complejidad del propio ser humano.

A cambio, prefieren recurrir, como dijimos antes, a las reiteradas dosis del individualismo económico, que transforma al ser humano en un instrumento de la economía y en un bien mercantil.

Si pensamos en la metamorfosis de “Kafka” en la que “Gregorio Sansa” pierde -no por su voluntad- su condición de ser humano, lo político se transformó en un intento desesperado de supervivencia en el que, lamentablemente, “el fin justifica los medios”.

En ese sentido, parafraseando a las escuelas de pensamiento político social, lo que interesa no necesariamente es quien es el dueño de los medios de producción o de “todos los factores concurrentes al proceso de producción” los cuales están asegurados en la Constitución Política, sino la posibilidad de que con ellos exista la esperanza y la posibilidad de una distribución de la riqueza que permita generar un impacto positivo en los sectores en condiciones de exclusión social (Marcelo Prieto Jiménez, Ensayo escrito en 1971).

Eso es lo que lo político ha perdido.

Esa inspiración debe estar presente en todos los ámbitos, sean estos políticos, económicos, sociales, culturales o ambientales de justicia social con sensibilidad centrada en el ser humano como fuente orientadora de lo público y lo político.

 

* Abogado y politólogo