Ramón E. Rojas Hernández.
El deporte y la educación física pueden ser mucho más que entrenamiento y rendimiento: son espacios privilegiados para formar mejores seres humanos. El presente artículo trata de hacer un resumen de carácter periodístico, de otro extenso de carácter académico1 realizado por el autor, en el que propone un diálogo entre dos obras fundamentales para quienes se ocupan de la pedagogía y educación desde el deporte y la actividad física: Deporte, pedagogía y humanismo de José María Cagigal (1966) y Pedagogía de la intencionalidad de Mario Aguilar y Rebeca Bize (2010). Ambas obras parten de una misma preocupación: la educación tradicional ha reducido al ser humano como sujeto pasivo, despojándolo de ser sujeto con conciencia activa y gran riqueza interior.
Cagigal y Aguilar/Bize parten de épocas y pre-dialogales distintos —el humanismo deportivo y el Humanismo Universalista—, pero convergen en una idea central: la educación deja de ser auténtica cuando convierte a la persona en mero receptor o en instrumento del sistema. Para ambos, la práctica corporal es una vía privilegiada para activar la conciencia, la intencionalidad y la capacidad transformadora del ser humano como ser histórico y social capaz de transformar al mundo y a si mismo. Esta convergencia es relevante para docentes, pedagogos y gestores escolares y universitarios porque ofrece un marco teórico que legitima prácticas pedagógicas centradas en la consideración del estudiante como agente y no solo como paciente en la mejora de indicadores físicos.
Tanto Cagigal como Aguilar y Bize reivindican que el cuerpo no es un objeto sino un sujeto de conocimiento. Desde la neurociencia, la fenomenología y el humanismo universalista se muestra que aprender implica siempre una integración de lo motriz, lo emocional y lo cognitivo: el gesto técnico queda inscrito en una memoria multisensorial que incluye afectos, estados corporales y un proyecto lanzado al futuro. En la práctica, esto significa que una sesión de educación física bien diseñada debe atender simultáneamente al paisaje externo (instalaciones, reglas), al paisaje interno (miedos, motivaciones, imágenes, historia corporal) y al paisaje humano (usos y costumbres epocales, compañeros, adversarios, entrenador). Trabajar solo la técnica o el rendimiento equivale a ignorar la mitad más importante del sujeto que aprende.
La intencionalidad, entendida como la orientación estructural de la conciencia hacia el paisaje interno, externo y humano, transforma cualquier aprendizaje motor en un acto con sentido. No se trata solo de repetir un movimiento hasta automatizarlo: se trata de activar una imagen cargada con intención —multisensorial y valorativa— que guía la acción, tras la cual se produce una reflexión crítica y autocrítica de la misma, en constante retroalimentación en un proceso de desarrollo humano individual, interpersonal y social. En el deporte auténtico la motivación nace desde dentro; en el deporte espectáculo la intencionalidad del practicante se coloniza por miradas externas. Para el docente, la pregunta pedagógica clave es: cómo despertar y sostener la intención del alumno, conectando la tarea con su historia corporal y sus proyectos personales.
Aguilar y Bize distinguen entre instruir (transmitir contenidos) y habilitar (activar órganos de apropiación). Aplicado a la educación física, habilitar implica diseñar situaciones que permitan al sujeto estudiante:
- Descubrir soluciones motrices propias;
- Reflexionar sobre su experiencia corporal;
- Relacionar el aprendizaje con fines personales y sociales;
- Practicar la cooperación y el respeto en contextos competitivos no violentos.
En términos concretos: menos clases centradas en la corrección técnica aislada; más tareas abiertas, juegos cooperativos, proyectos motrices y espacios de reflexión guiada. El rol del docente cambia de corrector a facilitador y acompañante del proceso intencional de enseñanza-aprendizaje.
El diálogo entre Cagigal y la pedagogía de la intencionalidad de Aguilar-Bize ofrece una hoja de ruta para transformar la educación física escolar y universitaria: recuperar la centralidad del cuerpo, activar la conciencia intencional y priorizar la habilitación sobre la mera instrucción. Para quienes diseñan planes de estudio, forman profesorado o dirigen servicios deportivos, la invitación es clara: reorientar prácticas y evaluaciones hacia la formación completa del sujeto, donde el movimiento sea medio y fin de una educación humanizadora, anti-discriminatoria y no-violenta.
Ramón E. Rojas Hernández es Maestro especialista en Educación Física y Deportes y Máster en Dirección y Gestión Deportiva
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