Hay una máxima que la historia económica confirma con una regularidad casi irritante: el proteccionismo es el último reducto del incompetente. No del débil, no del pequeño, no del que llegó tarde al juego. Del incompetente. Del que tuvo todas las cartas, diseñó las reglas, controló el tablero durante décadas, y aun así perdió. Y que ahora, en lugar de reconocer la derrota, patea el tablero.

Eso es lo que está ocurriendo hoy con Donald Trump y la economía global. No es política comercial. No es estrategia industrial. Es la pataleta de un jugador que va perdiendo con sus propias reglas.

Las reglas las escribió Washington

Para entender la magnitud de lo que está ocurriendo hay que recordar quién construyó el orden económico global que Trump está destruyendo. No fue China. No fue Europa. Fue Estados Unidos, después de 1945, con una arquitectura deliberada y brillante: el FMI, el Banco Mundial, el GATT primero y la OMC después, los acuerdos de libre comercio, la hegemonía del dólar como moneda de reserva global. Todo ese andamiaje fue diseñado por Washington para que Washington ganara siempre. El libre comercio no era un principio filosófico. Era una estrategia de dominación con nombre propio.

Durante décadas funcionó. Estados Unidos exportó su modelo, sus empresas, sus instituciones financieras y su cultura al resto del mundo mientras importaba mano de obra barata bajo la forma de bienes manufacturados. La deslocalización industrial no fue un accidente. Fue una decisión deliberada del capital estadounidense, tomada con el aplauso bipartidista de demócratas y republicanos por igual, porque maximizaba ganancias en el corto plazo.

Cuarenta años después, Trump descubre que no hay industria manufacturera que proteger porque fue él —su clase, su partido, su modelo— quien la desmanteló. Y en lugar de asumir esa responsabilidad, busca un culpable externo. China. México. Europa. El mundo entero conspira contra Estados Unidos, según él, menos las decisiones que tomó Estados Unidos durante cuatro décadas.

Diseñó el juego. Perdió con sus propias reglas. Pateó el tablero.

Los aranceles de Trump no son proteccionismo en el sentido clásico del término. El proteccionismo clásico tiene una lógica: proteger una industria naciente mientras desarrolla competitividad, o blindar sectores estratégicos de seguridad nacional. Corea del Sur lo hizo. Japón lo hizo. La propia China lo hizo con una disciplina estatal de largo plazo que produjo las industrias más competitivas del mundo en semiconductores, energías renovables y manufactura avanzada.

Pero esos países protegieron con Estado fuerte, planificación industrial, inversión sostenida en educación y tecnología, y horizonte de décadas. Trump protege con Estado desmantelado por él mismo, sin plan industrial, con déficit presupuestario récord, en medio de un caos institucional autoinfligido, y con un horizonte que no supera el próximo ciclo de noticias.

El arancel del 104% a China no es una política. Es una declaración de impotencia. Es el reconocimiento implícito de que Estados Unidos ya no puede competir con China en manufactura, en cadenas de suministro, en precio, ni en escala, y que la única respuesta disponible es levantar un muro arancelario y llamarlo victoria.

China no pateó el tablero. Respondió con precisión quirúrgica, con aranceles propios del 84% sobre productos estadounidenses, apuntando específicamente a los estados agrícolas que votaron por Trump. No es casualidad. Es inteligencia estratégica. Beijing lleva décadas jugando al ajedrez mientras Washington juega a las damas.

El costo lo pagan los de siempre

¿Quién paga los aranceles de Trump? No China. Los aranceles no los paga el exportador. Los paga el importador, que en este caso son las empresas estadounidenses que compran productos chinos, y en última instancia el consumidor estadounidense que los adquiere. Es un impuesto regresivo que golpea más fuerte a quienes menos tienen, disfrazado de nacionalismo económico.

Los mercados ya lo saben. Wall Street lo sabe. La caída estrepitosa de los índices bursátiles desde el anuncio arancelario no es histeria financiera. Es el mercado leyendo correctamente que no hay estrategia detrás de la política, que el caos es el método, y que el costo de ese caos lo absorberá la economía real.

Mientras tanto, los aliados de Washington están respondiendo. Europa prepara contramedidas. Canadá ya las aplicó. El multilateralismo que Estados Unidos construyó como instrumento de su hegemonía se está fragmentando, pero no porque el mundo haya decidido rebelarse. Sino porque el propio hegemon dejó de creer en sus propias instituciones.

El verdadero problema es más profundo

Hay una pregunta que el proteccionismo de Trump no puede responder: ¿proteger qué, exactamente? ¿El acero? La industria siderúrgica estadounidense emplea hoy menos trabajadores que en 1960, no porque China la haya destruido, sino porque la automatización la transformó. ¿El carbón? Es una industria en extinción estructural que ningún arancel va a resucitar. ¿La manufactura textil? Se fue hace medio siglo y no va a volver porque los salarios estadounidenses son incompatibles con la producción masiva de ropa barata, con o sin aranceles.

Lo que Trump está protegiendo no es una industria. Es una imagen. La imagen de una América industrial que existió entre 1945 y 1975 y que no va a volver porque el mundo cambió, la tecnología cambió, y las cadenas de suministro globales son ahora tan complejas que deshacerlas equivale a una cirugía mayor sin anestesia sobre la economía global entera.

El problema de fondo es que Estados Unidos lleva décadas invirtiendo en finanzas, en tecnología de consumo, en industria militar y en servicios, mientras abandonaba la manufactura de base. Reconstruir esa base industrial requiere lo que Trump más detesta: Estado activo, inversión pública masiva, planificación de largo plazo, y paciencia estratégica medida en décadas. No tweets. No aranceles anunciados un martes y suspendidos el miércoles bajo presión de los mercados.

Patear el tablero no es una estrategia. Es una confesión.

Cuando un jugador patea el tablero, está diciendo varias cosas al mismo tiempo. Que no puede ganar con las reglas vigentes. Que no tiene capacidad de cambiar esas reglas legítimamente. Que el caos le parece preferible a la derrota ordenada. Y que está dispuesto a que todos pierdan con tal de que él no pierda solo.

Eso es lo que está haciendo Trump con la economía global. Y el mundo lo está viendo con una mezcla de alarma y, en algunos casos, de una claridad fría: el hegemon no está en declive porque sus adversarios sean más fuertes. Está en declive porque ya no puede sostener ni su propio proyecto.

China no necesita derrotar a Estados Unidos. Solo necesita esperar a que Estados Unidos se derrote a sí mismo. Y Trump, con cada arancel, con cada pataleta, con cada tablero pateado, le está haciendo ese trabajo con una eficiencia que ningún adversario externo podría haber soñado.

El proteccionismo es el último reducto del incompetente. Y cuando el incompetente es el hegemón, el último reducto se convierte en el último acto.