Por Luis Mesina
Hoy se cumple apenas un mes desde que José Antonio Kast cruzó el umbral de La Moneda, pero en las calles, en las ferias, en el trasporte público, la sensación es que han pasado años. El calendario dice treinta días, el bolsillo de las mayorías, sin embargo, acusa un golpe económico. La tolerancia en Chile siempre ha sido un hilo delgado y se corta de golpe cuando el poder no pierde un segundo en arremeter contra quienes viven de su trabajo. No ha sido una instalación lenta, ha sido una ofensiva directa al corazón de los trabajadores y a los sectores más pobres del país. Pues, mientras el precio de los bienes básicos trepa sin pausas, golpeando a los sectores populares, el discurso del “orden” prometido en campaña comienza a revelarse como lo que siempre fue, demagogia para proteger los intereses de los poderosos.
Ese mismo “orden” que sirvió de slogan hoy se desmorona en las cifras concretas. El combate a la delincuencia que fue la bandera de su campaña ha chocado con una realidad que no entiende de consignas; en estos treinta días, los delitos no solo no han retrocedido, sino que han escalado con una ironía cruel comparados con años anteriores, sin que aun se sumen los delitos cometidos por los delincuentes de “cuello y corbata”. “El caballito de batalla” contra la migración ilegal – relato diseñado para las redes sociales que logró convencer a millones de que expulsando a los extranjeros mágicamente la delincuencia se acabaría- se ha quedado en el silencio de quienes gobiernan. Nada ha pasado. El engaño se hace evidente cuando miles notan que, después del voto que lo colocó en La Moneda, los problemas continúan; pero, ahora con el agravante evidente de un Estado que continua sin comprender que los problemas son de carácter estructural y son consecuencia del deterioro moral de años, que hoy explota como un reflejo de lo que en Chile se ha construido como sociedad.
Pero a Kast no le preocupan las causas, sino los síntomas que incomodan al poder. Su mirada, aferrada a un conservadurismo del pasado, le impide entender que la violencia en los colegios y en poblaciones no nace del aire, sino del abandono y desigualdad. Los problemas de Chile son estructurales y se sienten en la piel de quienes hoy no tienen casa, de quienes ven sus colegios caerse a pedazos y de profesores y profesoras cuyo reconocimiento sigue siendo una promesa – al igual que la de todos los gobiernos del ultimo medio siglo- que jamás se concreta en beneficio para la educación. Para el actual inquilino de La Moneda, estas urgencias son desdeñables frente a la prioridad de gobernar para los poderosos. Lo hace con un desparpajo que sorprende, incluso a la clase política, especialmente a la autodenominada “oposición constructiva”, que hoy, apenas balbucea tibias declaraciones, incapaz de enfrentar una ofensiva que se impone vía decretos, pasando por encima de todo y de todos con la frialdad de quien se siente patrón de fundo.
Pero el silencio no es eterno, es solo la cuenta que hoy nos pasa el olvido. Tras cuatro años de un ciclo “progresista” que no fue, que prometió trasformaciones para terminar en apenas un susurro, el movimiento social comienza a despertar lentamente de su letargo al que fue empujado. Fue un periodo de dirigencias cooptadas y de esperanzas encapsuladas en mesas técnicas por quienes, una vez en el poder, prefirieron la comodidad del palacio a la fuerza de la calle, esa misma que los puso en el poder y que después fuera abandonada.
Mientras Gabriel Boric se retira con la nostalgia de lo que nunca fue, José Antonio Kast entra reivindicando sin eufemismos la herencia de la tiranía. No hay disfraces en el anuncio de indultos a criminales de lesa humanidad, tampoco a los recortes fiscales bajo el pretexto de un “Estado en quiebra”.
Son las primeras estocadas de quien se siente poseedor de un poder omnímodo, en sintonía con los Trump, Milei y Netanyahu. Ante este desparpajo que irrita y violenta, la memoria de octubre vuelve a latir con fuerza. En las poblaciones, en los colegios y universidades, en los sindicatos el murmullo de la unidad vuelve a sonar no como un slogan, sino como una urgencia de supervivencia. Porque cuando el Estado se declara en quiebra para los pobres, pero, generoso con los poderosos, la calle es el único y legitimo camino que queda vigente para defenderse.













