«El colectivo Bienvenidos Refugiados Huesca ha celebrado este jueves un nuevo círculo de silencio en la plaza de Navarra, una concentración pacífica para “recordar a las personas que sufren la guerra. A las que huyen y encuentran la muerte. A las que tienen mejor suerte y reciben asilo en otros países. A las que siguen esperando una respuesta en las fronteras de Europa”.
Por Juan Carlos Rois
La noviolencia como acción política se expresa en nuestra sociedad de muchas maneras. Muchas veces de manera discreta y poco reconocida, pero tremendamente eficaces.
Es el caso de la lucha persistente y resiliente del colectivo de Bienvenidxs Refugiadxs de Huesca, donde se encarna la voz de la conciencia de una ciudad que, como casi todas, mira demasiadas veces a otro lado para no ver su cara menos amable y no reconocerse.
Bienvenidxs Refugiadxs de Huesca tiene una larga trayectoria de lucha social y construcción de alternativas de acogida para personas inmigradas. Una lucha discreta que se materializa en reuniones con personas de otros lugares que requieren apoyo y acompañamiento, en la orientación y apoyo jurídico y social a personas sin papeles, en un piso de acogida, en la reivindicación política y social en la calle y frente a las autoridades, y en las muchas complicidades y solidaridades que han tejido a lo largo del tiempo con personas de cualquier lugar del mundo que viven en Huesca. https://youtu.be/elEVyKs3Zn0
Yo, que he tenido la suerte de estar por unas horas con ellos, he podido ver la fuerza de su compromiso: la gente que por la calle les saluda. Los materiales de sensibilización que realizan y distribuyen, incluyendo el bello libro “La Deriva de los Barcos” de distribución gratuita, y el impacto de su acción en la ciudad.
Cuentan con una comunidad en Facebook y participan de la Caravana Abriendo Fronteras, donde seguramente se retroalimentan con el intercambio con otras experiencias similares de acción.
Desde hace más de diez años, todos los jueves, desarrollan una acción noviolenta en la Plaza Navarra (tomó ese nombre en homenaje a las tropas navarras sublevadas en el franquismo que tomaron la ciudad, aunque la gente la conoce, en un acto de cierta insumisión al militarismo oficial como plaza de Zaragoza, el nombre que siempre ha tenido).
Colocan sus pancartas de bienvenida a los refugiados entre los árboles del espacio entre el casino municipal y la fuente modernista de la plaza, distribuyen carteles en torno a la fuente, ponen música para reclamar la atención y, en un momento dado, crean un círculo de encarteladxs en riguroso silencio y de cara a los transeúntes que pasean por la plaza. Después leen su manifiesto y terminan la acción.
Con esta presencia han tejido redes con autóctonos que se sienten tocados en el corazón y con personas migradas, con otras articulaciones y con el tejido de la propia ciudad.
Entre los transeúntes hay quienes se acercan. Quienes saludan, Quienes muestran su afinidad e incluso quienes se quedan. Otros pasan de largo. Se meten al casino con las orejas gachas o suben calle arriba hacia la vorágine comercial del centro de la ciudad. Incluso en alguna ocasión han aparecido escuadristas de la extrema derecha para desenmascarar su racismo sempiterno al grito de improperios.
Más de diez años de presencia pública persistente y resiliente en la plaza de Zaragoza (rescatemos el nombre y privémosle al militarismo de sus mitologías y relatos), a razón de 50 semanas al año, supone más de 500 toques de atención en la conciencia de la ciudad, más de 500 toques de campana de Huesca para ser oída en todo Aragón y más de 500 oportunidades para construir una ciudad de acogida donde quepamos todxs.
Los pueblos son también su memoria, con sus logros y fracasos. Como no puede ser menos, Huesca cuenta con todo esto en su memoria colectiva. Como pasa en muchísimas ciudades, en una calle hubo una casa muy bonita que en su día tiraron (prometiendo que la restaurarían pieza a pieza) para construir un edificio digno del feísmo imperante. También tiraron la fachada de un palacio de estilo aragonés para hacer un horroroso edificio de la diputación y no digamos las calles que celebran la mitología militarista (plaza de Navarra incluida), o relatos identitarios nefastos, como la leyenda cruel del rey que, aconsejado por el obispo, cortó las cabezas de sus oponentes, que así se las gasta la construcción de las estrategias de violencia y dominación que reproducen nuestro inhumano mundo. También podemos incluir entre esta memoria de la vileza las palabras de una alcaldesa que, preguntada en una radio por activistas de Bienvenidos Refugiados por las políticas de integración municipales, se despacha con un “a estas señoras ya las conozco yo” y que “en Huesca no hay refugiados” (cuando escriban la historia de la miseria humana un renglón debería consignar este hecho) para desacreditar sus reclamaciones.
Pero las ciudades no son únicamente una amalgama de átomos humanos aislados y ensimismados, ni tampoco la memoria de sus propios demonios y maleficiencias. También tienen una voz de la conciencia que las desafía y las provoca a ser mejores. Huesca, por ejemplo, cuenta con Las Pajaritas de Ramón Acín y con el círculo del silencio de Bienvenidxs Refugiadxs para despertar los corazones más duros.
Y en Huesca todo el mundo conoce estos dos aldabonazos de su memoria, esta voz presente y firme que resulta imposible de obviar y nos pone ante los ojos el camino para ser mejores y cambiar nuestro entorno de pesimismo y dolor.
Pajaritas de libertad e infancia en los parques de la ciudad y círculos de silencio frente al edificio modernista del Circulo Oscense (hoy casino municipal) y del edificio de Hacienda (la más evidente representación de un estado que invierte en armas lo que quita para la paz y la concordia) para decirle a la conciencia de la ciudad de qué manera nos podemos dar una oportunidad más allá de la alienación del tiempo ocupado en naderías o el egoísmo que tanto hace por el malestar social.
Justo la Huesca que a cualquiera que tenga dos dedos de frente le gustaría mostrar a quienes, forasteros, en algún momento queremos conocer.
Hay quien se pregunta si es eficaz la acción política de la noviolencia. Incluso dicen que la noviolencia no va con ellos porque es poner la otra mejilla. Aquí tenemos un ejemplo claro de un colectivo que practica la noviolencia en su radicalidad, construye relaciones alternativas con una parte de los más golpeados de nuestra sociedad, ofrece solidaridad e incluso techo a las personas refugiadas a quienes con mil argucias las autoridades deniegan el empadronamiento, desafía la molicie de quienes miran para otro lado y, desde luego, no ponen la otra mejilla, sino toda la carne y el esfuerzo cotidiano en el asador y una manera concreta de luchar y hacer presente la lucha, la denuncia y la solidaridad en el día a día, durante más de diez años, durante más de 500 acciones, desafiando la retórica de que nada va a cambiar, la incomprensión de quienes con el corazón petrificado miran para otro lado, la mala conciencia de quienes preferirían otra sociedad pero no se atreven a poner en práctica sus sueños, las amenazas del racismo social e institucional y haciendo visible en la comunidad local una lucha y una apuesta por hacer del mundo un lugar mejor y más felicitante.
Esa es la fuerza de la noviolencia. Por supuesto muy distinta a la de quienes, en discusiones de bar, salvan el mundo sin mover un dedo y reprochando a quienes hacen uso de la noviolencia como acción política una supuesta propensión a poner la otra mejilla que es, precisamente, lo que hacen a fin de cuentas los vocingleros que efectivamente no hacen nada.













