Manifestaciones masivas en Cataluña.
La voz que defiende el derecho a una educación pública de calidad y a unas condiciones laborales dignas se ha vuelto a escuchar masivamente en las calles de Cataluña.
El profesorado se ha visto desbordado paulatinamente por múltiples situaciones que, poco a poco, han ido modificando profundamente lo que sucede en el aula.
La realidad del alumnado ha cambiado de manera notable en los últimos años. Hoy los docentes deben atender numerosos frentes al mismo tiempo: inmigración, pobreza, inclusión educativa, aumento de patologías mentales, la presencia constante de las tecnologías en el aula o la irrupción de la inteligencia artificial, por nombrar solo algunos de los más inmediatos.
Esta avalancha de nuevas casuísticas va mucho más allá de lo que tradicionalmente se entendía como la labor docente. El profesorado lleva años formándose en numerosos ámbitos para poder afrontar los nuevos paradigmas educativos y sociales. Los docentes se especializan constantemente en formaciones que, en el mejor de los casos, les permiten abordar algunas de las nuevas realidades presentes en las aulas.
Se forman para atender a colectivos vulnerables, teniendo en cuenta que la vulnerabilidad es tan diversa como el número de alumnos que la padecen.
Se forman para comprender patologías que tradicionalmente pertenecían al ámbito sanitario. Hoy en día, cerca de un tercio del alumnado puede presentar en algún momento necesidades educativas específicas o dificultades que requieren atención especializada.
Se forman también para poder comunicarse con el alumnado recién llegado de otros países, que en muchos casos no conoce el idioma local y al que hay que explicar la materia sin que todavía exista una lengua común. Todo ello mientras el estudiante comienza a aprender el idioma en programas específicos de acogida lingüística.
Se forman en nuevas metodologías de enseñanza que les permitan gestionar los contenidos de forma más transversal, entendiendo la interrelación que existe entre los distintos campos del conocimiento.
Se forman para aprender a utilizar nuevas plataformas digitales y programas informáticos que aparecen cada año, con el objetivo de integrarlos como parte del contenido curricular.
Se forman, asimismo, en las posibilidades que la inteligencia artificial puede ofrecer para la educación, aunque también deben enfrentarse a las dificultades que implica una herramienta que, en edades jóvenes, se utiliza con frecuencia más como instrumento de copia o engaño que como recurso educativo.
A todo ello se suma la aparición de nuevas formas de violencia vinculadas al uso masivo de las redes sociales entre adolescentes, una realidad que también termina entrando inevitablemente en las aulas.
El resultado es un sistema educativo mucho más complejo que hace apenas una década. En Cataluña, más de 335.000 alumnos presentan actualmente necesidades específicas de apoyo educativo, lo que supone aproximadamente uno de cada tres estudiantes. Esta situación exige una atención individualizada que resulta difícil de garantizar en las condiciones actuales.
En secundaria, muchos grupos se sitúan cerca de los 30 alumnos por aula, una cifra que se sitúa por encima de la media europea. En estas condiciones, atender a un alumnado tan diverso y con necesidades tan distintas se convierte en una tarea enormemente difícil. Los apoyos en las aulas son escasos y, en muchos casos, la presencia puntual de un docente de apoyo durante algunas horas tampoco permite abordar adecuadamente la diversidad de situaciones que aparecen dentro de una misma clase.
A esta complejidad creciente se suma también una carga burocrática cada vez mayor. Una parte importante del profesorado denuncia que la cantidad de informes, registros y gestiones administrativas que se exigen ocupa un tiempo valiosísimo que debería poder dedicarse al trabajo directo con el alumnado.
Mientras tanto, las directrices del Departamento de Educación continúan generando nuevas reformas curriculares y modelos pedagógicos que, en muchas ocasiones, resultan difíciles de aplicar en la práctica cotidiana de los centros.
Ante este panorama, el profesorado se encuentra cada vez más desbordado para poder llevar adelante su tarea docente con las condiciones y la atención que el alumnado merece.
A estas dificultades se suman además unas condiciones económicas que tampoco han evolucionado al mismo ritmo que el coste de la vida. El precio de la vivienda y de la alimentación ha aumentado de manera muy significativa en los últimos años, mientras que los salarios del profesorado han permanecido durante largo tiempo prácticamente estancados.
Todo ello ha generado un creciente malestar en el sector educativo que se ha trasladado también a la calle.
Desde el mes de febrero se están convocando manifestaciones masivas por parte del profesorado catalán, en las que se reclama una mejora en los múltiples aspectos que determinan la calidad del sistema educativo, tanto para el alumnado que recibe la enseñanza como para los docentes encargados de impartirla.
El mensaje que se repite en estas movilizaciones es claro. El personal educativo reclama mejoras salariales, la reducción de las ratios de alumnos por clase, un refuerzo real de los recursos y del personal necesario para hacer posible una educación inclusiva, la disminución del tiempo dedicado a tareas burocráticas, una revisión profunda del currículo educativo y la estabilización de las plantillas docentes.
En estos momentos, además, la pugna entre sindicatos ha hecho que las manifestaciones iniciadas en febrero se hayan vuelto a convocar durante cinco días consecutivos en este mes de marzo. USTEC, el sindicato mayoritario entre el profesorado catalán, no acepta los acuerdos firmados por CCOO y UGT con el gobierno. Una dinámica que, según denuncian muchos docentes, refleja una tensión recurrente entre la defensa de los derechos laborales del profesorado y los equilibrios políticos que condicionan las negociaciones.
Las manifestaciones del profesorado no son únicamente una reivindicación laboral. Son también un síntoma de alarma sobre el estado del sistema educativo. Porque cuando quienes están cada día en las aulas advierten de que las condiciones actuales hacen cada vez más difícil garantizar una educación de calidad, el problema deja de ser solo del profesorado. Pasa a ser, inevitablemente, un problema de toda la sociedad.













