El 20 de octubre de 2019 cinco hombres fueron encontrados calcinados en la bodega de la empresa Kayser, en la comuna de Renca. El caso, ocurrido en los primeros días del estallido social, quedó marcado por el horror, las dudas y una persistente sensación de impunidad. A seis años de esos hechos, la escritora y periodista Francisca Palma Arriagada revisita esa herida abierta desde la poesía.

En Kayser (editorial Oximoron), su primer libro en este género, Palma construye un archivo sensible sobre lo ocurrido, alejándose del registro estrictamente periodístico para explorar, a través del verso libre, las dimensiones humanas, políticas y simbólicas del caso. El poemario, dividido en cinco capítulos: fuego, cuerpos, territorio, justicia y exhumación, no busca establecer una verdad jurídica, sino interrogar el silencio, la memoria y el lugar que ocupa la palabra cuando los hechos parecen resistirse a toda explicación.

En esta entrevista, la autora reflexiona sobre el impacto inicial que la llevó a escribir, la decisión de abordar el horror desde la poesía, el diálogo de su libro con la tradición de la poesía política chilena y el rol de la literatura en un país donde la memoria sigue en disputa. También comparte cómo este proyecto transformó su relación con la escritura y abrió nuevas rutas en su obra.

Porque cuando la verdad no logra cerrarse en los tribunales, la literatura insiste en abrir preguntas. Y en ese gesto, mínimo pero persistente, también se juega la memoria.

¿Recuerdas el momento en que supiste del caso Kayser y qué fue lo que te impactó al punto de convertirlo en un libro?

 El hallazgo de los cuerpos de estas cinco personas, estos cinco hombres, fue parte de las noticias que circularon oficialmente por los medios. Había una circulación en noticiarios, portales, pero también otro camino paralelo de información a través de redes sociales y canales como whatsapp. En este recibí un video de personas entrando a las bodegas mostrando estos cuerpos tendidos en ese lugar. Un material horrible. Fueron como los anversos de las noticias que usualmente no vemos los que empezaron a circular porque esta información iba en paralelo a modo de denuncia en medio de una serie de hechos de violencia en el marco del estallido social: las mutilaciones oculares, golpizas, entre otros.

Esta imagen que te describo me quedó rondando como muchas otras, pero esto de pensar que estas familias no iban a saber tan fácilmente o quizás nunca lo que les pasó a sus seres queridos, me pareció horroroso. Ese sentir quedo latiendo allí y pasado el tiempo -recordemos que vino la pandemia- pude investigar más y comenzar a escribir.

¿Qué te llevo a decidir que este horror debía ser abordado desde la poesía y no desde la crónica o la narrativa, géneros que ya habías trabajado?

No pude hacerlo desde el periodismo. La palabra poética fue la posible. Lo que hizo que decidiera finalmente hacer esto fue el reportaje que Alejandra Matus hizo para La Red. Es un material que está disponible en Youtube en el que encontramos el relato de las familias. Eso fue definitorio en decidir escribir algo. Al mismo tiempo, ver que ya existía este material desde el periodismo, sumado a mi agenda laboral y por sobre todo, lo conmovedor y estremecedor de la historia, hicieron que optara por otro registro. Sabiendo las dificultades de acceder a la verdad -algo que queda constatado en el mismo reportaje- creí muy intuitivamente que había que optar por otro tipo de relato. Ahí vino la poesía.

Kayser está dividido en cinco capítulos: fuego, cuerpos, territorio, justicia y exhumación. ¿Cómo surgió esta estructura y qué recorrido propones al lector?

Simplemente comencé a escribir. Los poemas están numerados y eso solo cambió cuando di un orden final. Soy mala para titular y viendo que además son poemas breves, opté por esta denominación. El hecho de enumerar podía servir para constatar una correlación de sentencias que en el fondo es el poemario. Escribí, escribí y escribí tras ver el reportaje, a lo que sumé una revisión de otros contenidos de prensa y algo del proceso judicial. Cuando creí que ya estaban los poemas, los ordené con una mirada más racional y cronológica, situando el incendio, explorando lo que pasa con los cuerpos, dónde se dió este horroroso suceso y sus réplicas de forma -porque también se encontraron cuerpos en otros lugares-, qué ha dicho la justicia, poniendo énfasis en la voz de las familias que salían en esos documentos oficiales, finalizando con especulaciones en torno a la idea de justicia.

Sumé además un anexo, un apartado que tiene poemas y textos de otros autores que en su poética y narrativa dialogan con lo abordado en este poemario, queriendo, de alguna forma, situar que el suceso abordado y esta escritura tiene un pasado, escritoras y escritores precedentes, que han tomado la violencia como tema. Esto evidencia la continuidad de la misma.

 A seis años del estallido social, ¿qué lugar crees que ocupa hoy el caso Kayser en la memoria colectiva del país?

Es difícil responder porque me he encontrado con personas que lo conocen perfectamente, mientras que otros no lo saben. Cuando les explico en breve, lo recuerdan. Algunos de antemano no lo saben. Es esto mismo en lo que puede contribuir el libro: en que se sepa, en que circulen los nombres de Julián Pérez, Manuel Muga, Yoshua Osorio, Andrés Ponce y Luis Salas; en que quien tome este libro, por decisión y búsqueda o por azar, pose sus ojos sobre sus nombres e incluso pueda decirlos para que otros los oigan. Es algo mínimo pero que en el contexto de impunidad y del inminente olvido, puede ser importante.

 El caso ha sido abordado por el periodismo de investigación y el documental. ¿Qué crees que aporta Kayser a ese archivo de memorias?

Aporta un gesto escritural diferente. Aporta la posibilidad de decir cosas que no puede el periodismo por su apego al registro de “los hechos”. Aporta la especulación, crear imágenes, poner un pensamiento sensible y subjetivo, poner lo que imaginamos que pasó, relacionar sucesos. En definitiva, poner una otra forma de ver lo que pasó, que sin duda se aleja de la verdad jurídica.

En un “país de la impunidad”, como señalas, ¿qué rol cumple hoy la literatura?

 Siempre va a depender desde qué lugar se escribe, quién lo hace. En torno a la impunidad y la injusticia, la palabra puede contribuir a visibilizar, primero que todo; luego a problematizar y a que ciertos sucesos trasciendan.

Quisiera creer que en unos años más, niños y jóvenes que no vivieron estos años puedan encontrarse con el libro y saber lo que pasó en esta bodega de Renca, que se animen a investigar y que si viven por ahí, pasar a lugar y recordar a estas personas.

A nivel más particular, tuve la fortuna de poder entregarles un ejemplar del libro a las familias, gracias a la ayuda de sus abogados. Espero que haya sido un gesto de calidez, de compañía, que encuentren algo en este libro de 67 poemas.

Después de Kayser, ¿sientes que tu relación con la poesía cambió?

Sí, se hizo más estrecha. Nunca me sentí poeta -concretamente, ¿qué es ser poeta?- pero tras este texto siento menos vergüenza y más arrojo para trabajar este registro que creo que se imprime igual en mi narrativa. Ambos planos se cruzan en la escritura, solo que acá me apego al verso libre en cuanto al formato.

Tras Kayser me siento mejor preparara para entrarle a otro poemario que estoy escribiendo que es sobre el desierto en cuanto geografía y espacio mental. El desierto es el primer paisaje que vi, es donde me crié y estoy explorando, viajando a él en un juego temporal, histórico y territorial que espero decante para conformar un corpus publicable. Por lo pronto ya tiene un título: La continuidad histórica del viento.

Por otro lado, sigo con la narrativa. Estoy con un conjunto de cuentos que me llevan a la Residencia de escritura Finestres ahora en marzo; con una novela que estoy trabajando en el taller de la gran escritora argentina Gabriela Cabezón Cámara y con otros proyectos. Ganas y temas no faltan. El tiempo es el esquivo.