La guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán, desencadenada por la ofensiva aero‑misilística conjunta del 28 de febrero de 2026, ha evolucionado en dos días y medio hacia un conflicto regional en expansión que ya implica a potencias europeas y reconfigura el equilibrio militar en el Oriente Medio. La operación, concebida en Washington y Tel Aviv como un golpe de decapitación y neutralización estratégica, ha sido presentada por Irán como una agresión existencial que le obliga a responder en legítima defensa.
Quién disparó primero: dos relatos irreconciliables (aunque todo el mundo lo vió)
Según la narrativa oficial estadounidense-israelí, la ofensiva sobre Irán responde a una amenaza inminente: un supuesto plan iraní para lanzar de forma preventiva misiles contra bases y aliados de EEUU, unido a acusación de una reactivación acelerada del programa nuclear y del desarrollo de misiles de largo alcance. Esta versión insiste en que los ataques del 28 de febrero serán, por tanto, un acto de anticipación para “eliminar una amenaza existencial”, no un primer disparo injustificado.
La narrativa iraní es diametralmente opuesta: Teherán sostiene que la secuencia es clara y que fueron EEUU e Israel quienes lanzaron primero una campaña de bombardeos militares masivos, incluyendo el asesinato del Líder Supremo, contra centros políticos, y nucleares iraníes. En este relato, los lanzamientos posteriores de misiles y drones contra bases estadounidenses en el Golfo y contra objetivos en Israel constituyen una respuesta defensiva legal y moralmente justificada, enmarcada en el derecho a la autodefensa frente a un ataque de gran escala.
La cronología disponible y las reconstrucciones independientes sitúan el inicio de las hostilidades abiertas en la ofensiva coordinada EEUU–Israel del 28 de febrero, tras un despliegue militar norteamericano sin precedentes desde 2003 y en un contexto de acusaciones controvertidas sobre el programa nuclear iraní. No obstante, Washington está tratando de instalar la narrativa de que Irán “se disponía a disparar primero”, apoyándose en inteligencia no completamente verificada y fuertemente cuestionada por agencias y gobiernos aliados, lo que reproduce patrones ya observados en la preparación de la guerra de Irak de 2003.
Campaña aliada y respuesta iraní: hechos y propaganda entrelazados
Operativamente, Estados Unidos e Israel han ejecutado una campaña de gran intensidad centrada en la decapitación del liderazgo iraní, la supresión de defensas aéreas, la destrucción de infraestructuras misilísticas y nucleares y la degradación de capacidades navales y de mando y control. La muerte del ayatolá Ali Jamenei y de altos responsables de seguridad ha sido confirmada por Múltiples fuentes, algo que no impide a la narrativa interna iraní minimizar el alcance de la decapitación y enfatizar la continuidad operativa de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria.
Irán, por su parte, ha lanzado salvas de misiles y drones contra bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Emiratos, Qatar y otros estados del Golfo, así como contra objetivos en Israel, y presenta cada impacto –real o exagerado– como prueba de que puede “llevar la guerra al campo enemigo”. Mientras el Pentágono subraya que la gran mayoría de proyectiles fueron interceptados y que los daños materiales y humanos han sido limitados, los medios oficiales iraníes hablan de “decenas o cientos” de bajas enemigas y de impactos en buques y activos navales de alto valor, cifras que hasta ahora no cuentan con corroboración independiente.
Algo similar ocurre con las pérdidas aéreas estadounidenses: fuentes militares y especializadas reconocen la caída de varios aparatos –incluidos F‑15– sobre Kuwait y el entorno de la campaña, con indicios de que al menos parte de estos incidentes pueden deberse al fuego amigo y al estrés operacional más que a derribos limpios por sistemas iraníes. La narrativa iraní, en cambio, reivindica repetidamente derribos directos de cazas y bombarderos “enemigos”, sin aportar aún pruebas concluyentes, mientras que la versión estadounidense tiende a minimizar las causas externas y presentar las pérdidas como accidentes en un entorno saturado.
En este terreno, es crucial reconocer que ambas partes operan bajo fuertes incentivos propagandísticos: Irán necesita mostrar capacidad de castigo para sostener su legitimidad interna y la moral de sus aliados; EEUU e Israel necesitan proyectar una imagen de control, precisión y bajas mínimas para mantener el apoyo interno y la cohesión de sus coaliciones. En tiempo real, resulta extremadamente difícil discriminar, detrás de comunicados, discursos y vídeos, qué parte de cada relato corresponde a hechos verificables, qué parte a exageración y qué parte a fabricación lisa y llana.
Internacionalización del conflicto: la entrada de Francia y el vector europeo
El despliegue del portaaviones francés Charles de Gaulle hacia el Mediterráneo oriental marca un punto de inflexión en la internacionalización del conflicto. París ha ordenado redirigir su principal grupo aeronaval, que operaba en el Atlántico y el Báltico, hacia el teatro cercano a Oriente Medio con la misión declarada de “proteger intereses franceses, reforzar la disuasión y contribuir a la estabilidad regional”, tras ataques iraníes que han alcanzado infraestructuras y bases vinculadas a estados europeos en el entorno del Golfo.
Oficialmente, Francia, Alemania y el Reino Unido insisten en que no participar en los bombardeos iniciales contra Irán y llaman a una solución negociada, pero, en paralelo, la OTAN ajusta su postura de fuerzas ante la posibilidad de nuevos ataques balísticos o con drones contra activos europeos. La presencia simultánea de al menos un gran grupo aeronaval estadounidense y del Charles de Gaulle configura una de las mayores concentraciones navales occidentales en la región desde la Guerra del Golfo, incrementando tanto la capacidad de defensa y evacuación como el riesgo de incidentes y de arrastre de Europa a un conflicto directo.
Para la narrativa iraní, la llegada de un portaaviones francés confirma su tesis de que se enfrenta no solo a EEUU e Israel, sino a un “frente occidental” más amplio interesado en mantener su dominio sobre el Oriente Medio. Para las capitales europeas, en cambio, se trata de un movimiento defensivo y de señalización, que pretende proteger rutas energéticas, ciudadanos y bases ante la posibilidad de una escalada no controlada de represalias iraníes y de ataques de milicias asociadas.
Conclusión: entre Irak y el complejo militar-industrial
A la luz de los datos disponibles y de la experiencia histórica, el equilibrio de esta guerra incipiente ofrece ecos muy claros de precedentes como Irak: una campaña iniciada sobre la base de acusaciones graves –relanzamiento del programa nuclear, amenaza inminente– cuya solidez informativa es cuestionada por actores internacionales relevantes, una decisión de recurrir a la fuerza antes de agotar vías políticas y un discurso de “golpe preventivo” que busca justificar ante la opinión pública una ofensiva de gran escala. En este marco, Irán se presenta y, en términos de secuencia cronológica de los ataques abiertos, puede describirse razonablemente como actor que responde a una ofensiva inicial sobre su territorio, aunque sin olvidar que venía desarrollando durante años una estrategia activa de confrontación indirecta a través de sus redes de milicias y de presión regional.
Más allá de la disputa inmediata sobre quién disparó primero, la lógica estructural que emerge es la de un conflicto donde los únicos beneficiarios garantizados son las grandes corporaciones armamentísticas y el complejo militar-industrial que abastece a los distintos bandos. Cada nueva oleada de misiles interceptados, cada bomba guiada de precisión, cada despliegue de portaaviones y sistemas de defensa antimisiles se traduce en contratos multimillonarios, reposición de arsenales y expansión de presupuestos de defensa, al margen de la destrucción que se acumula en Teherán, Haifa, Manama o Abu Dabi y de las vidas civiles y militares que se pierden en ambos lados.
La historia de Irak muestra cuán difícil es retroceder una vez que se han cruzado determinados umbrales de violencia y de inversión política en una guerra: las narrativas iniciales, incluso cuando se revelan exageradas o falsas, raramente se traducen en plena rendición de cuentas, mientras que los intereses económicos y burocráticos ligados a la prolongación del conflicto tienden a consolidarse. Todo apunta a que este enfrentamiento con Irán puede seguir un camino similar: aunque todavía es posible una desescalada negociada, la lógica de la escalada de prestigio, la presión de la opinión pública interna y el peso del complejo militar-industrial hacen que la tendencia más probable sea hacia una prolongación y complejización del conflicto, con la población iraní, israelí, árabe y, en general, las sociedades de la región como principales perdedoras, frente a un reducido número de actores y corporativos que ven reforzado su poder material y político.