Vergüenza  institucional

Un dispensario vacío no salva vidas, y eso es exactamente lo que hoy ocurre en una comunidad indígena Wichí del norte de Argentina, en la comunidad “4 de Junio”, donde el abandono histórico y el silencio institucional han sido durante décadas una forma más de violencia. Allí, donde la salud nunca fue una prioridad para las administraciones, hoy existe por fin un dispensario construido con dignidad y esfuerzo colectivo, levantado en ladrillo por los propios miembros de la comunidad, pero que aún no puede cumplir su función esencial: atender, curar y aliviar, porque carece del equipamiento más básico para ponerse en funcionamiento.

No hablo de teorías, ni de ideologías, ni de discursos cómodos. Hablo de una realidad concreta, de niños, de madres, de ancianos, de un pueblo indígena que sigue existiendo a pesar del olvido sistemático. Hablo del pueblo Wichí, de la comunidad “4 de Junio”, en el norte de Argentina, y de una urgencia que no admite más demoras.

Desde el Proyecto Gran Simio, junto a la Fundación Phi, y gracias también a la venta de mis libros personales, hemos conseguido que el Proyecto Leonor sea una realidad palpable. Donde antes los niños estudiaban a la intemperie, bajo el sol abrasador o la lluvia, hoy existe una pequeña escuela levantada con dignidad. Donde antes no había absolutamente nada en materia de salud, hoy existe un dispensario construido en ladrillo, con un porche, una sala amplia y una habitación destinada a consulta médica.

Y esto es importante decirlo alto y claro: el material ha sido costeado gracias a la solidaridad y el compromiso ético, pero la construcción física del dispensario y de la escuela la han realizado con sus propias manos los miembros de la comunidad Wichí. No ha sido un regalo asistencialista. Ha sido un acto de dignidad, de esfuerzo colectivo, de resistencia pacífica frente al abandono.

Sin embargo, hoy nos encontramos ante un punto crítico. Un punto que separa la esperanza de la frustración, la vida del sufrimiento evitable. El dispensario existe, pero está vacío. No hay sillas adecuadas, no hay camillas, no hay material básico de primeros auxiliares, no hay utensilios para curas, no hay equipamiento mínimo para que ese espacio pueda cumplir la función para la que fue creado.

Un dispensario sin medios no salva vidas. Es solo un edificio. Y nosotros no hemos llegado hasta aquí para levantar paredes sin alma.

Imagen de Pedro Pozas Terrados con IA

Este dispensario podría ser atendido por dos enfermeros de la propia comunidad indígena y dar cobertura de esta forma, no solo a la comunidad “4 de Junio”, sino también a otras comunidades indígenas cercanas, evitando desplazamientos imposibles, enfermedades que se agravan por falta de atención, heridas que no se curan, infecciones que se complican, dolores que podrían aliviarse con algo tan básico como una camilla, un botiquín o material de cura.

Por eso hago un llamamiento urgente, directo y rotundo a las asociaciones de derechos humanos, a las organizaciones conservacionistas, a Greenpeace, a las asociaciones de abogados, a Médicos Sin Fronteras, a hospitales, clínicas, profesionales de la salud, instituciones públicas y privadas, ya todas aquellas entidades sociales que todavía creen que la palabra “humanidad” tiene un significado real.

Muchas veces, en hospitales y centros de salud, se renueva material que queda almacenado o sin uso: sillas, camillas, equipamiento básico que ya no se necesita allí, pero que aquí puede marcar la diferencia entre la atención y el abandono. Lo que para algunos es excedente, para el pueblo Wichí puede ser vida, alivio, cuidado, dignidad.

No estamos pidiendo caridad. Estamos pidiendo responsabilidad social. No estamos pidiendo favores. Estamos pidiendo coherencia ética. Porque no puede hablarse de derechos humanos mientras se ignora a quienes más los necesitan. No puede hablarse de justicia social mientras los pueblos indígenas siguen siendo los últimos de la fila. No puede hablarse de progreso cuando hay comunidades enteras sin acceso a una atención sanitaria mínima.

El pueblo Wichí existe. Resiste. Trabaja. Construye. Pero no puedes hacerlo solo. Y no debería hacerlo solo.

Imagen de Elma de la Comunidad Indígena Wichi. El Dispensario de salud ya está construido

Si alguien que lee estas palabras puede ayudar, si alguna institución puede donar, si algún hospital puede compartir lo que ya no usa, si algún profesional puede tender una mano, este es el momento. No mañana. No cuando haya tiempo. Ahora.

Porque un dispensario vacío es una promesa rota. Y las promesas rotas a los pueblos indígenas pesan como una deuda histórica que la humanidad sigue sin saldar.

Hoy aún estamos a tiempo de que ese dispensario tenga vida. Hoy aún estamos a tiempo de demostrar que la solidaridad no es un discurso, sino un acto. Hoy aún estamos a tiempo de elegir de qué lado de la historia queremos estar.

Nota:

Sendas cartas enviadas a las autoridades citadas, obteniendo sólo silencio institucional:

MINISTRA DE SANIDAD ESPAÑOLA MÓNICA GARCIA GÓMEZ.

MINISTRO DE ASUNTOZ EXTERIORES JOSÉ MANUEL ÁLBARES BUENO

EMBAJADOR DE ESPAÑA EN ARGENTINA JOAQUIN MARÍA DE ARISTEGUI

 

Ver aquí: https://pedropozasterrados.es/proyectos/dispensario-de-salud-una-verguenza-institucional