Pasaron tres semanas de la operación militar estadounidense contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, casi dos semanas de las reiteradas amenazas sobre Groenlandia (y por extensión sobre toda Europa) y días de la constitución de la Peace Board presidida y administrada vitaliciamente por Donald Trump.

Mientras, en todo el mundo habla de unilateralismo, de una Monroe aggiornada, de la búsqueda permanente de apoderarse del petróleo y tierras raras donde ellas se encuentren, del «ninguneo» a Europa, del desatado autoritarismo. Europa comunitaria, hipnotizada, paralizada (y quizá resignada) intenta ofrecer tímidas señales de reacción activa, estimulada por la desmesura trumpiana sobre Groenlandia, ante la presencia permanente del gran criminal contemporáneo Benjamín Netanyahu.

Pareciera que todo está dicho, escrito, hablado y repetido en un mundo atónito, indignado y, al parecer, impotente. Ha logrado una de sus metas: todos le temen.

Después de que el presidente estadounidense Donald Trump sorprendiera la semana pasada al amenazar a Europa con dolor económico, humillar a sus políticos y criticar sus valores, los líderes europeos lidiaron con las consecuencias al día siguiente en una cena de emergencia en Bruselas para definir qué deberían hacer para afrontar el rápido deterioro de su relación con Estados Unidos, manifestado en la obsesión de Trump por apoderarse de Groenlandia.

No hay que ser analista internacional ni adivino para darse cuenta que esa es  la intención de Trump con su continua exhibición de dominio personal, sin más límite que «mi propia moral» (hacer lo que él quiera). Los (nos) tiene a todos quietos y callados, pendientes de la última  decisión, amenaza, intervención, deportación, agresión… (Ya se le ocurrirá algo más mientras reprime las protestas en su propio país)

Las humillaciones y amenazas de Donald Trump contra la Unión Europea fueron in crescendo  desde que recuperó la Casa Blanca. Después de iniciar una guerra comercial y ningunear a sus aliados europeos en la mesa de negociaciones de Ucrania y Gaza, el presidente estadounidense amenazó con invadir territorio soberano, Groenlandia, de un Estado miembro de la Unión Europea y socio de la OTAN, Dinamarca.

Si bien pocos días después de lanzar las amenazas, Trump dio marcha atrás y anunció que había llegado a un acuerdo con el secretario general de la Alianza Atlántica (OTAN), Mark Rutte. Lo cierto es que nadie conoce aun los detalles de este pacto, pero se supone que el presidente de Estados Unidos descartó el uso de la violencia para apoderarse de Groenlandia, que era el principal temor de Dinamarca y del resto de los aliados europeos.

El plan de los jerarcas europeos es mantener la calma ante las futuras provocaciones de Trump, amenazar con contraatacar con aranceles y  trabajar entre bastidores para que Europa sea menos dependiente militar y económicamente de su aliado, cada vez más inestable y más exigente sin dar  casi nada.

Este plan audaz pero en gran medida abstracto por el momento, fue un ejemplo de cómo los líderes europeos ahora presionaban verbalmente más que nunca contra Trump y, sin embargo, todavía luchaban por respaldar sus declaraciones con acciones. Y sometimiento a sus designios.

Según los analistas, para tranquilizar a Trump a corto plazo, los europeos están considerando cómo reforzar la seguridad en el Ártico. Para reducir su dependencia de Washington a largo plazo, están analizando cómo diversificar sus relaciones comerciales, mejorar sus ejércitos y reducir la dependencia de sus países de la tecnología estadounidense.

La semana pasada, tras una reunión entre el Sr. Merz y la Sra. Meloni, los gobiernos alemán e italiano elaboraron conjuntamente un breve documento de política que ilustraba tanto el creciente deseo de aumentar la independencia estratégica de Europa como los obstáculos para alcanzar ese objetivo.  El documento instaba a tomar medidas inmediatas para reducir las regulaciones y fomentar la inversión, incluyendo medidas largamente debatidas para crear un mercado único de capitales continental y una bolsa de valores paneuropea. Ayudará a enmarcar la próxima reunión de líderes de la UE, un encuentro informal el 12 de febrero que los alemanes e italianos esperan que produzca resultados inmediatos. En lo que respecta a diversificar las relaciones, los funcionarios escribieron en el documento: “Necesitamos más ambición, más concentración y más velocidad”.

Despertaron tarde, pues la realidad es que aún no cuentan con un plan viable para establecer rápidamente una autonomía militar respecto de Estados Unidos. Su sistema financiero y bancario sigue fragmentado, lo que dificulta la financiación de proyectos ambiciosos. Su proceso de toma de decisiones es prolongado, y sus líderes están divididos sobre cómo implementar lo que podría ser un proyecto de años o incluso décadas para reducir su dependencia de Washington.

Aliada ideológica de Trump, la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, instó a un diálogo continuo con el presidente. El canciller alemán, Friedrich Merz, presionó para que se tomaran medidas inmediatas para reducir las regulaciones comerciales en toda Europa, impulsar el crecimiento y reducir la dependencia de la economía estadounidense. El presidente francés, Emmanuel Macron, afirmó que Europa debe mostrarse dispuesta a contraatacar sus amenazas.

Otra cosa es la gente

Sin embargo, la actitud patotera de Trump ha hecho mella entre los ciudadanos europeos y cada vez son más los que ven a la administración Trump como un peligro real. Una encuesta publicada por el diario francés Le Grand Continent -realizada el 23 de enero-, revela que un 21% de los europeos cree que Estados Unidos podría entrar en guerra contra su Estado. En cambio,  solo el 11% considera que su país podría entrar en un conflicto armado con China.

Además, la encuesta del periódico francés recoge que el miedo de los europeos de siete países (Francia, Alemania, España, Italia, Bélgica, Polonia y Dinamarca) de que llegue un conflicto armado entre la potencia norteamericana y su país ha crecido, y mucho, durante el último mes. En concreto, ha crecido un 110%, ya que en diciembre solo contestaron que lo veían posible un 10% en un barómetro hecho por Le Grand Continent. Al ver estas cifras, cabe recordar que, mientras la Unión Europea considera a Estados Unidos su principal aliado, tiene calificado a China como un «rival sistémico».

Obviamente, donde hay más ciudadanos que ven más posible una agresión estadounidense contra es en Dinamarca, el país que ha recibido durante días amenazas constantes de una invasión por parte de Trump después de que atacara militarmente a Venezuela secuestrara al presidente Nicolás maduro y se apoderara del petróleo del país. El 44% de los daneses respondieron que existe un «alto riesgo» y el 13% un riesgo «muy alto» de entrar en guerra contra Estados Unidos.

Los expertos  ven poco probable que Estados Unidos ataque a un Estado miembro o territorio comunitario, así como otro aliado de la OTAN. Federico Tomasone, encargado de los proyectos relacionados con los derechos sociales en la Fundación Rosa Luxemburgo, Trump está «expresando de manera muy abierta una forma de imperialismo muy abierto», el cual «no tiene ni por barreras el derecho internacional».  Así, además de las amenazas sobre la soberanía de Groenlandia y Dinamarca, Tomasone pone de ejemplo el caso de Venezuela. «Es normal que cambie la percepción de la gente sobre la seguridad respecto a Estados Unidos», añade.

Las humillaciones y las amenazas son una estrategia del presidente de Estados Unidos para conseguir sus objetivos. Sin dudas, es un estilo  mafioso, haciendo demandas de entrada imposibles y, aunque no acabe consiguiendo el 100% de ellas, se lleva una gran parte. Es una forma muy agresiva de exagerar y ganar posiciones en las discusiones.