En las sombras de la madrugada del 27 de febrero de 2026, la frontera porosa que separa Pakistán de Afganistán dejó de ser un mero recuerdo de disputas coloniales para convertirse en el epicentro de una confrontación que evoca los fantasmas de guerras pasadas. A las 03:40 hora local de Pakistán (PKT), el ministro de Información, Ataullah Tarar, irrumpió en las redes sociales confirmando el inicio de la operación «Ghazab lil Haq» –Ira por la Verdad–, un asalto aéreo sin precedentes que desplegó cazas JF-17 Thunder cargados de misiles de precisión y bombas guiadas láser contra 22 objetivos estratégicos en el corazón de Kabul, Kandahar y la volátil provincia de Paktia.
Estos ataques, que se gestaron tras cuatro horas de fuego cruzado transfronterizo en las regiones de Khyber Pakhtunkhwa y Nangarhar a partir de las 22:00 del 26 de febrero, no fueron meras represalias: destruyeron depósitos de municiones clave, arsenales repletos de armamento heredado de eras previas y 27 puestos de mando talibanes, mientras fuerzas terrestres paquistaníes capturaban nueve posiciones adicionales en incursiones rápidas. Islamabad, con un tono de fría precisión militar, reporta entre 133 y 274 bajas talibanes –muertos y heridos graves–, incluyendo la aniquilación de más de 80 tanques T-55 y T-62, obsoletos pero letales en manos guerrilleras, junto a piezas de artillería D-30 de 122 mm y vehículos blindados BMP-1.
Más de 200 heridos yacían en hospitales improvisados, según fuentes de inteligencia paquistaníes, un golpe que desmantela no solo hardware, sino la frágil cadena logística del Emirato Islámico, particularmente en Paktia, bastión del Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), ese espectro insurgente que Islamabad acusa de orquestar el caos desde suelo afgano.
La réplica talibán, lejos de ser un balbuceo defensivo, surgió con la ferocidad de quien ha forjado su identidad en la resistencia asimétrica. A la 01:00 del 27, el Ministerio de Defensa afgano anunció una «ofensiva a gran escala», desatando drones Orlan-10 de vigilancia y Shahed-136 cargados de explosivos –adquiridos a través de circuitos iraníes–, respaldados por cañones antiaéreos ZU-23-2 de 23 mm y morteros de 120 mm desde bastiones en Nangarhar y Paktika. Estos contraataques, que se extendieron hasta la medianoche del 26 según las narrativas de Kabul, impactaron puestos fronterizos pakistaníes en Torkham y Bajaur, capturando 15 posiciones y sembrando el caos con la destrucción de búnkeres reforzados y vehículos MRAP de patrulla.
Las bajas paquistaníes oscilan entre 40 y 55 según Kabul –con 12 muertos confirmados por Islamabad y tres heridos en la fase inicial–, un saldo que incluye daños colaterales como 13 civiles heridos en un campo de refugiados de Nangarhar por misiles paquistaníes desviados, y ocho soldados talibanes muertos con 11 heridos en sus propias filas, cifras que el régimen de los talibanes minimiza con estoica propaganda para sostener el ánimo de sus combatientes. Los horarios marcan un ballet mortal: strikes de drones talibanes a las 23:30 del 26, seguidos de un duelo de artillería hasta las 02:00 del 27, que forzó evacuaciones masivas en Torkham y el cierre hermético del paso fronterizo, un nudo vital para el comercio y la supervivencia regional.
Esta vorágine bélica cobró voz oficial a las 00:30 del 27, cuando Khawaja Asif, ministro de Defensa paquistaní, descargó en X –antes Twitter– una declaración que resuena como un ultimátum histórico: «Nuestra paciencia ha llegado al límite. A partir de ahora, es la guerra abierta entre nosotros y ustedes». Precedida por el informe del portavoz militar Ahmed Sharif Chaudhry sobre «pesadas bajas afganas desde la noche del jueves», esta retórica no es un exabrupto aislado, sino el clímax de una frustración acumulada ante los 800 ataques del TTP en Pakistán desde 2021.
Zabihullah Mujahid, el enigmático portavoz talibán, contraatacó en la misma plataforma tildando al Ejército paquistaní de «cobarde» y negando bajas en Kabul, mientras su Ministerio de Defensa insistía en «ninguna pérdida propia» y prometía «represalias medidas al tiempo oportuno». Trascendidos de inteligencia paquistaní filtrados a medios locales sugieren que los strikes apuntaron directamente a líderes TTP en Paktia, un corte quirúrgico que erosiona la proyección transfronteriza talibán, dependiente de arsenales estadounidenses abandonados –humvees armados, sistemas HIMARS limitados– pero carente de paridad aérea ante los 150 JF-17 de la Fuerza Aérea Pakistaní (PAF).
Desde una lente táctica, esta escalada redefine el tablero: Pakistán abandona los strikes quirúrgicos en Waziristán por incursiones profundas en espacio aéreo afgano, explotando la obsolescencia de las defensas antiaéreas talibanes –S-300 soviéticos maltrechos– y degradando su capacidad ofensiva. Sin embargo, invita a un conflicto híbrido prolongado, donde guerrillas TTP podrían intensificar IED y atentados suicidas en Quetta y Peshawar, mientras los talibanes, doctrinarios de la «guerra santa» ligera, confían en drones económicos y infantería tenaz, insuficiente ante la supremacía aérea paquistaní.
El saldo humano acumulado en 24 horas supera las 400 bajas combinadas, con destrucción material equivalente a un batallón talibán evaporado, un peso que gravita sobre la Línea Durand –2.640 kilómetros de terreno traicionero– y amenaza con desangrar economías ya frágiles.
En el vasto tapiz geopolítico, Rusia y China alzan voces de «preocupación profunda» desde Moscú, ofreciendo mediación que sirve a los intereses de Pekín en las minas de litio afganas; India contempla con recelo las alianzas pakistán-chinas, y la ruptura del alto el fuego de Qatar en octubre de 2025 abre puertas a una guerra que podría expandirse vía proxies en Baluchistán. Prospectivamente, sin desescalada diplomática en 48 horas, el horizonte apunta a 10.000 bajas en meses, reconfigurando Asia Central en un caldero de inestabilidad.
En última instancia, la «guerra abierta» proclamada por Asif es un hecho operacional, no un tratado formal: al mediodía del 27 de febrero, los combates rugen en la frontera, con Pakistán dominando los cielos y los talibanes aferrados a contraataques terrestres. Esta no es solo una disputa de potencias menores; es un recordatorio humanista de cómo viejos rencores, alimentados por el terrorismo transnacional, pueden encender conflagraciones que arrastran a millones, exigiendo no solo análisis militar, sino una diplomacia urgente para evitar el abismo. Para lectores internacionales, el mensaje es claro: la Línea Durand sangra de nuevo, y sus ecos resonarán más allá de sus montañas.













