Los incendios en la Patagonia Argentina han cobrado una dimensión desastrosa en este primer mes de 2026, con miles de  hectáreas arrasadas en la provincia de Chubut y otras zonas cordilleranas. Comunidades enteras sufren la destrucción de sus tierras, bosques nativos y hogares.

Mientras tanto, la respuesta estatal ha sido ampliamente criticada por su lentitud, falta de previsión y recursos insuficientes, tanto por las comunidades afectadas como por organizaciones sociales y ambientales. Habitantes, brigadistas voluntarios y vecinos han tenido que auto convocarse para combatir las llamas ante la ausencia real de políticas públicas efectivas.

En vez de asumir responsabilidades, las autoridades provinciales y nacionales han recurrido repetidamente a discursos que vinculan a comunidades mapuche con los incendios sin pruebas concretas. Esto ha generado una fuerte polémica, porque expertos judiciales han señalado que no hay evidencia clara de que comunidades indígenas hayan iniciado los incendios, y los fiscales incluso han desmentido públicamente esas acusaciones.

Esta criminalización aparece como una estrategia para desviar la atención de la falta de acción estatal en prevención y combate de incendios, reemplazando la discusión política por narrativas polarizantes que alimentan el racismo y el miedo.

Las mismas comunidades Mapuche-Tehuelche denuncian que están siendo víctimas de un proceso de estigmatización, exclusión y desplazamiento territorial», llegando a decir que “nos están desalojando a punta de fuego”.

Las voces mapuches no están siendo escuchadas ni respetadas, pese a que son guardianes ancestrales de estos territorios y han protegido estos bosques durante generaciones. Su conocimiento tradicional de la tierra, su sabiduría ecológica y su relación con el medio ambiente son fundamentales para enfrentar —y prevenir— estas catástrofes, pero su rol no está siendo considerado en las políticas públicas, ni por el Ejecutivo ni por sistemas judiciales que muchas veces permanecen silenciosos ante sus reclamos.

No se trata solo de un desastre ambiental; Es una crisis política, social y cultural. Es un espejo que revela: la fragilidad de nuestros bosques ante intereses económicos y la crisis climática; la incapacidad (o falta de voluntad) del Estado para proteger la vida y el territorio; la necesidad de escuchar y respetar las voces de los pueblos indígenas; y una justicia que debería ser independiente, siendo en su lugar muchas veces quien protege al poder y silencio a los pueblos originarios.

Hay una violencia que no siempre hace ruido. No explote, no dispare, no deje titulares inmediatos. Es una violencia lenta, calculada, persistente. Es la violencia del desprecio. Y esa violencia lleva siglos ejercitándose contra los pueblos preexistentes, contra quienes estaban en la tierra mucho antes de que se trazaran líneas en los mapas, antes de que existieran banderas, gobiernos o fronteras. Hoy, en la Patagonia, esa violencia vuelve a mostrarse con crudeza, envuelta en humo y cenizas.

Imagen Pedro Pozas Terrados -IA

Cuando el Estado fracasa, cuando los gobernantes actúan con negligencia, sin previsión, sin medios y sin sensibilidad, siempre buscan un culpable débil al que señalar. Y una vez más, el dedo acusador apunta a los pueblos indígenas. Se les culpa de los incendios, del atraso, del conflicto, del caos… cuando en realidad son las primeras víctimas. Se les convierte en chivos expiatorios para ocultar la irresponsabilidad de quienes gobiernan sin escrúpulos, de quienes llegan tarde, mal y nunca, y luego criminalizan al que estotorba su relación.

El desprecio hacia los pueblos mapuches no es casual ni nuevo. Es estructural. Tanto a ellos como a otros pueblos originarios, se les niega la palabra, se les niega la escucha, se les niega la dignidad. No se les garantiza lo más básico que debería asegurar cualquier Estado que se diga democrático: acceso al agua, a la salud, a la educación, a una vida digna. Comunidades enteras sobreviven sin agua potable, mientras se les impide construir pozos, canalizaciones o sistemas de conducción que les permitirían algo tan elemental como beber, cocinar o cultivar. El agua se convierte así en una herramienta de sometimiento, en un arma silenciosa que mantiene a los pueblos secuestrados en su propia tierra.

Esta estrategia no es inocente. Mantener a las comunidades enfrentadas, empobrecidas y agotadas es una forma eficaz de impedir que se unan, que reclamen, que se organicen. Se les enfrenta entre sí, se les divide, se les asfixia lentamente. Y mientras tanto, otros intereses avanzan: urbanísticos, extractivos, especulativos. La tierra quemada deja de ser bosque, deja de ser vida… y se convierte en oportunidad para el negocio. El fuego no solo arrasa árboles: arrasa derechos, memorias y futuros.

Lo más grave es que esta violencia cuenta con el silencio —cuando no la complicidad— de instituciones que deben proteger. Una justicia que mira hacia otro lado deja de ser justicia. Asociaciones jurídicas que no se implican, organismos que callan, administraciones que criminalizan al débil mientras protegen al fuerte. Así se normaliza la idea de que los pueblos originarios son una molestia, un estorbo incómodo en su propia casa.

Imagen Pedro Pozas Terrados – IA

Pero una sociedad se mide por cómo trata a quienes menos poder tienen. Y una nación que desprecia la sabiduría de los pueblos indígenas, que no protege sus tierras ni su cultura, es una nación empobrecida moralmente. Porque en esa sabiduría ancestral hay conocimiento del territorio, del agua, del bosque, del equilibrio con la naturaleza. Despreciarla no solo es injusto: es suicida.

Escuchar a los pueblos mapuches y resto de las comunidades, no es un acto de caridad. Es un deber ético. Respetar sus derechos no es una concesión: es una obligación. Defender sus tierras es defender la vida. Porque allí donde hoy arden los bosques y se culpa a los inocentes, mañana arderá la conciencia de toda una sociedad que permitió que el desprecio sustituyera a la justicia.

Y cuando eso ocurre, ya no se trata solo de los pueblos indígenas. Se trata de quiénes somos… y de qué tipo de humanidad estamos dispuestos a ser.