Lamentamos, condenamos y exigimos el cese de los actos de guerra contra Irán, desatados por EEUU sin justificación

28 de febrero de 2026

Hoy, mientras el mundo despierta con la noticia de los primeros bombardeos sobre Teherán y demás grandes ciudades de Irán. Nuestro sentimiento es de profundo dolor y de indignación ética. Las sirenas que suenan en Teherán, Isfahán o Shiraz no son ruido de fondo. Son el anuncio de más vidas truncadas, de familias destruidas, de una nueva herida abierta en Oriente Próximo. ¿Qué esperarán los que han instigado esta situación? ¿Salir prósperos y aclamados, de semejante acto de desigualdad y vileza?

Lamentamos profundamente cada vida segada por esta nueva espiral de violencia. Detrás de los informes militares y los partes de guerra hay personas: mujeres, hombres, niños que no decidieron esta confrontación y que, sin embargo, pagan con su existencia el precio más alto. Ninguna hegemonía, ningún cálculo estratégico, ninguna doctrina de seguridad justifica el sufrimiento de los pueblos.

Condenamos, con la misma firmeza, las decisiones políticas y a aquellos que ayudan o permiten activa o pasivamente que esto, en nombre de la defensa o del orden, este sucediendo. Todos ellos son cómplices y recurren a desestabilización previa y la coerción, y finalmente a más desigual de las guerras, como instrumento de afirmación geopolítica.

Las guerras no hacen el mundo mejor; lo fragmentan, lo empobrecen moralmente y siembran resentimientos que duran generaciones. Lo que se está perpetrando hoy contra Irán no es un acto aislado de legítima defensa, sino la culminación de una escalada meticulosamente preparada.

Desde hace meses se viene gestando la acumulación militar estadounidense en la región. Una flota inconcebible salvo por el propósito final hoy evidente.   El despliegue de portaaviones como el USS Gerald R. Ford y el USS Abraham Lincoln, la concentración de más de 120 aviones adicionales, incluyendo cazas furtivos y bombarderos estratégicos, desde bases de Qatar, Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, aliados en esta siniestra molienda de vidas, que no respondía a una amenaza creíble.

Porque Irán no ha invadido a ningún vecino en dos siglos. No posee armas nucleares, como confirman los propios informes de inteligencia estadounidenses. Ha cumplido, e incluso sobre-cumplido, con las inspecciones más intrusivas de la historia y ha tendido puentes diplomáticos una y otra vez, incluso después de que Estados Unidos se retirara unilateralmente del acuerdo nuclear y asesinara al general Qasem Soleimani.

La verdad incómoda es que esta guerra no responde a los intereses de seguridad de Estados Unidos, sino a una lógica de hegemonía regional impulsada por Israel. El objetivo declarado de impedir una bomba nuclear iraní (farsa que Israel lleva usando ya treinta años), encubre otro mucho más explícito: destruir la única potencia capaz de equilibrar el dominio y inestabilidad que crea israelí en la región. Se apoya en que Irán apoya a Hamás, a Hezbolá, al gobierno sirio; pero mientras Israel persista en su proyecto expansionista a costa de sus países vecino, encontrará límites y no encontrará tranquilidad nunca. Por eso, durante años, los lobbies proisraelíes en Washington y los think tanks neoconservadores han empujado hacia este precipicio. La mecha ya se ha encendido.

Pero esta guerra no solo es injusta, es profundamente insensata. Sus consecuencias desbordarán cualquier cálculo estratégico. El estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo mundial, se convertirá en un infierno de misiles y drones, disparando los precios de la energía y quebrando economías dependientes. Las cadenas de suministro globales, ya frágiles, colapsarán. El terrorismo internacional, lejos de debilitarse, encontrará en el caos un caldo de cultivo ideal para reagruparse. Y el riesgo nuclear, ese tabú del que casi no se habla, nos acechará desde la frontera entre Pakistán, India y un Irán arrinconado.

Origenes antiguos del conflicto actual

Es imprescindible, además, entender y recordar el contexto histórico que los manuales de poder prefieren ignorar. Irán no es solo un país con problemas internos, como todos. Es también un país cuya evolución democrática fue violentamente interrumpida cuando Mohammad Mosaddegh, fue elegido en 1951. Salió nombrado democráticamente como primer ministro, con un proyecto de soberanía nacional sobre sus recursos petroleros. Su plan era reformar por completo el expolio al que las empresas petroleras esquilmaban las riquezas de Irán, con escaso retorno. Su proyecto de nacionalización no buscaba excluir la ayuda y tecnología de los que ya explotaban sus campos de petróleo y gas. Irán necesitaba también de ellos, pero con un reparto justo de las riquezas extraídas.

Mosaddegh fue derrocado en 1953 por la CIA y el MI6 en la Operación Ajax. Aquella intervención no solo instauró la dictadura del Sha Mohammad Reza Pahlav.

El autoproclamado Sha instauró un régimen de terror que se sostuvo mediante una sistemática represión política. El instrumento principal de este control fue la SAVAK (en persa: ساواک), acrónimo de Sazman-e Ettela’at va Amniyat-e Keshvar (Organización de Inteligencia y Seguridad Nacional) (véase mohammadmossadegh-news y PressTV).

Fundada en 1957 con la asistencia de la CIA estadounidense y el Mossad israelí, la SAVAK funcionó como la policía secreta y servicio de inteligencia del régimen . Se estima que llegó a contar con unos 20.000 miembros y una red de informantes que pudo alcanzar las 180.000 personas, operando con total impunidad y sin rendir cuentas más que ante el propio Sha. Las prácticas de la SAVAK incluyeron la detención arbitraria de decenas de miles de presos políticos (con estimaciones que oscilan entre 25.000 y 100.000 en diferentes momentos) y la aplicación sistemática de torturas.

Recordar esto aquí no tiene otro propósito que recordar toda la trayectoria política propia más la impuesta en Irán, que sembró una desconfianza hacia Occidente, que aún hoy condiciona a toda la región. Los pueblos no se radicalizan o desesperan en el vacío. Lo hacen en contextos de larga humillación, injerencia y bloqueo histórico. El Régimen del del Sha, que duró sostenido por EEUU desde 1941 hasta su derrocamiento en la Revolución Islámica de 1979, se pasó a un régimen teocrático igualmente rígido.

Esa deriva no puede entenderse sin el golpe de 1953 contra el primer ministro de Irán, elegido democráticamente, Mohammad Mosaddegh. La historia no justifica el presente, pero ayuda a comprender por qué hoy, ante las bombas, muchos iraníes no ven liberación, sino continuidad de un largo ciclo de dominación, ya sea por unos o por otros.

Lamentamos a las víctimas de hoy y la nueva cadena de acciones de violencia desencadenada, que en la desesperación traerá más penurias a la región (que ya está sufriendo por la crisis hídrica de agua potable, y estancamiento económico por el bloqueo contra Irán).

Con todo. Condenamos sin ambages las decisiones de los gobiernos de Estados Unidos e Israel que han llevado a esta escalada. Pero lo lamentamos también por quienes, en esas mismas sociedades, creen que la fuerza consolidará su poder o traerá paz. La historia demuestra lo contrario: la imposición no construye paz duradera; solo alimenta el odio y la resistencia.

Lo decimos también por los ciudadanos anónimos de Estados Unidos e Israel que no desean esta guerra. Por ese cultivador de maíz en el más recóndito maizal de Iowa o de Nebraska que no tiene absolutamente nada que ganar con la muerte de personas al otro lado del planeta. Por las familias que no quieren enviar a sus hijos e hijas, a sus hermanos, a morir en una guerra vergonzosa e injusta. Por quienes protestan, dudan, temen y se preguntan qué tienen que ver con bombas que caen sobre ciudades que nunca podrían situar en un mapa.

Porque esa gente común es arrastrada a una confrontación que no les pertenece por una maquinaria ideológica que lleva siglos perfeccionándose: la eterna letanía «del excepcionalismo, el destino manifiesto, y los sueños mesiánicos de dominio». Esa misma maquinaria y nostalgia siniestra que el Secretario de Estado Marco Rubio exhibió sin pudor el pasado 14 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Múnich. Allí, ante los líderes europeos, Rubio reivindicó como una edad de oro los cinco siglos de expansión colonial. Lo dijo claramente refiriéndose a los mismos cinco siglos que trajeron genocidio, esclavitud y saqueo a medio mundo. Llamando claramente a reconstruir una alianza militar y de dominio occidental, «basada en la fe cristiana, la cultura, la herencia, la lengua y la ascendencia» (implícita referencia a la raza blanca). No fue un discurso diplomático; fue una abominable declaración de principios coloniales hecha en pleno siglo XXI. Una invitación a perpetuar la lógica por la que unas civilizaciones están llamadas a dominar a otras.

Esa mentalidad es la que, tras décadas de fracasos, sigue impulsando guerras. Es la que alimenta la deshumanización colectiva que se propaga en Medios y Redes respecto de Irán y, en general, sobre las gentes de Oriente Medio. Se nos quiere hacer creer que los pueblos son sus gobiernos, que las sociedades son sus teocracias, que cada persona en Teherán o Isfahán es responsable de decisiones que no tomó. Esa operación de deshumanización es el primer paso para justificar lo injustificable: bombardear ciudades sin declaración de guerra, como ha ocurrido hoy.

Por eso insistimos: los pueblos no son sus gobiernos. Distinguir entre ambos no es un gesto de ingenuidad, sino un acto de justicia elemental. Tan elemental como recordar que un agricultor iraní, en su aldea de la provincia de Fars, tampoco tiene nada que ganar con esta locura. Y que ni el excepcionalismo estadounidense, ni los sueños mesiánicos israelíes, ni ninguna ideología de superioridad racial o civilizatoria, como la que Rubio proclamó en Múnich, otorgan patente de corso para decidir quién vive y quién muere al otro lado del planeta.

Hoy, mientras las bombas caen sobre Irán, el mundo observa. China, Rusia y el Sur Global han aprendido que las «guerras por la libertad» terminan siempre en ocupación, saqueo y muerte. No habrá ganadores en esta contienda. Solo supervivientes contemplando las ruinas de un orden internacional que ya no existe. Cadenas de suministro rotas. Economías en shock. Millones de refugiados. Y el fantasma de una escalada nuclear acechando en cada esquina.

Lo que hemos visto en las últimas horas no es un acto de legítima defensa. Es una agresión frontal. Los gobiernos de Estados Unidos e Israel han lanzado un ataque masivo contra ciudades iraníes; sin declaración previa de guerra; sin que Irán hubiera atacado primero. Con ello vulneran cualquier principio del Derecho internacional. Lo hacen desde la superioridad técnica y la coerción de las inmensas flotas trasladadas hasta aguas frente a Irán y en el Mediterráneo, pero también desde la miseria moral de quien siembra muerte para sentirse seguro. Falso sueño ese porque nuevamente han aumentado la razón por la que no vendrá la tranquilidad y la paz a quienes hoy atacan a civiles.

Todo por nada. Todo por la arrogancia, delirio de poder y esa patológica idea de alcanzar seguridad a fuerza de sembrar odio y desazón. Nada les otorgan derecho a este proceder que ya vimos viene de largo. No. Nada les otorga una patente de corso para decidir quién vive y quién muere al otro lado del planeta.

Pero el mundo ha cambiado. Hoy, en 2026, ya no hay telón que oculte la realidad: Hemos contemplado más de 80 años a ambos los actores, EE.UU. e Israel, junto a las fuerzas armadas británicas; y les identificamos claramente como los muñidores de estos conflictos. El mundo, países y sus dirigentes, todas las altas instituciones internacionales conocemos la verdad. Sus justificaciones han quedado en ridículo, expuestas ante un planeta que ya no cree en sus promesas.

Lamentamos, condenamos, y exigimos el cese inmediato de los bombardeos. La guerra no es el camino. Nunca lo ha sido en ningún tiempo o lugar. En el Siglo XXI existen vías, Foros y mejores maneras de resolver los conflictos, sin nuevos sacrificios humanos.


Fuentes: