Astamos viviendo un momento que exige acción. Muchas personas lo sienten de manera visceral: algo no está bien, las viejas estructuras están fallando y el silencio ya no es aceptable. En comunidades de todo tipo, la gente se está movilizando: marchando, organizándose, donando, alzando la voz. El deseo de actuar es amplio y sincero.
Por Dennis Redmond
Al mismo tiempo, hay confusión, agotamiento y fragmentación. Muchas personas quieren actuar, pero no saben cómo hacerlo de una manera sostenible, eficaz o alineada con sus valores más profundos—especialmente quienes están comprometidos con la acción no violenta. Esto no es una falta de compromiso ni de valentía. Refleja una brecha más profunda en cómo entendemos el cambio en sí.
La pregunta que tenemos delante no es si la gente debería actuar, sino cómo apoyamos a las y los activistas para que actúen de formas que los fortalezcan en lugar de agotarlos, y que construyan algo nuevo en vez de reproducir lo que ya no funciona.
Aproximarse a este momento requiere humildad. No la humildad del retraimiento o la duda, sino la humildad de reconocer los límites: de nuestro conocimiento, de nuestros condicionamientos y de nuestra preparación para lo que viene después. Si las viejas formas ya no funcionan, debemos admitir que las nuevas aún no se conocen por completo. Apoyar la acción en este momento significa actuar mientras aprendemos, y aprender mientras actuamos.
El cambio social y el cambio personal no están separados
Una de las intuiciones fundamentales del Movimiento Humanista, arraigada en el Humanismo Universalista y desarrollada por Silo, es que el cambio social y el cambio personal son inseparables. No se puede transformarse a uno mismo sin participar activamente en la transformación del entorno. Al mismo tiempo, no se puede cambiar de manera significativa el entorno si no se está dispuesto a cambiar uno mismo (pues estamos profundamente condicionados por ese entorno).
La acción en el mundo no es solo un medio para cambiar condiciones externas; también es la forma en que nos transformamos. Y, a medida que cambiamos, nuestra percepción de lo que es posible en el mundo empieza a modificarse. Lo que antes parecía fijo o inevitable afloja su dominio. El futuro vuelve a ser imaginable—no como una abstracción, sino como algo que puede moldearse mediante la acción intencional.
Cuando esta relación se malentiende, el activismo se vuelve desgastante. Las personas dan cada vez más de sí mismas sin desarrollar las capacidades internas—claridad, coherencia, resiliencia—que permiten sostener la acción. Cuando se comprende, la acción adquiere un nuevo significado y se convierte en el vehículo a través del cual esas capacidades se fortalecen.
La educación que falta: nuestro mundo interior
A la mayoría de nosotros nunca nos enseñaron cómo funciona nuestro mundo interior.
Aprendimos matemáticas e historia, tal vez educación cívica y economía—pero no cómo las imágenes moldean la conducta, cómo las experiencias pasadas condicionan las proyecciones futuras, o cómo las tensiones no resueltas se expresan como violencia externa. Rara vez se nos enseñó a reconocer la violencia interna, aun cuando condenamos la violencia en el mundo que nos rodea.
No se nos enseñó sobre la intencionalidad humana, la primacía del futuro o la importancia de la acción coherente. Tampoco a atender nuestros registros internos o cenestésicos—las sensaciones corporales que nos brindan información de manera continua y que, si se reconocen e interpretan bien, pueden orientar nuestra acción.
Como resultado, muchas y muchos activistas llegan a momentos como este con una profunda claridad moral, pero sin las herramientas para navegar las presiones internas y los paisajes cambiantes que trae la participación sostenida. La acción se vuelve reactiva. La energía se fragmenta. El sentido se reduce a la presión por obtener resultados inmediatos.
Apoyar a las personas ahora requiere ayudarlas a reconectarse con capacidades que ya poseen—pero que quizá aún no saben cómo usar de manera consciente.
Una experiencia de solidaridad y transformación
Llegué a comprender esto con mayor claridad a través de mi trabajo reciente con Tsuru for Solidarity (Tsuru), un grupo compuesto principalmente por voluntarias y voluntarios japonés-estadounidenses comprometidos a oponerse a la proliferación de centros de detención migratoria y a solidarizarse con las comunidades que hoy son blanco de estas políticas. Muchas personas de Tsuru son sobrevivientes o descendientes de quienes fueron encarcelados por el gobierno de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Saben, de manera dolorosa, qué ocurre cuando las comunidades quedan aisladas y faltan aliados. Ver cómo la historia se repite—muchas veces de forma amplificada y normalizada—ha sido a la vez indignante y movilizador. En lugar de guardar silencio, han decidido actuar.
Lo que resulta llamativo de Tsuru es que sus integrantes reconocen que el cómo hacen las cosas es tan importante como el qué hacen. Tienden a ver la realidad de manera estructural: las conexiones entre generaciones; la comprensión de que lo que te sucede a ti me afecta a mí; el reconocimiento de que el trauma se transmite si no se aborda colectivamente. También reconocen que la violencia del Estado adopta muchas formas—detención, vigilancia, exclusión, criminalización—pero que estas expresiones suelen compartir raíces comunes. Esta orientación es importante. Genera apertura a un aprendizaje más profundo y a formas de acción que buscan no solo resistir el daño, sino transformar las condiciones que lo producen.
El otoño pasado facilité un taller con el equipo y líderes voluntarios senior de Tsuru—unas 35 personas—en un retiro en Seattle. Las preguntas que guiaron nuestro tiempo juntas y juntos no fueron tácticas, sino humanas: ¿Cómo apoyamos a las y los activistas para que no se quemen? ¿Cómo ayudamos a las personas a reconocer el sentido de sus acciones incluso cuando estas no producen resultados inmediatos y visibles?
Tsuru ya participa en círculos de sanación, basados en el reconocimiento de que el trauma se transmite entre generaciones y sigue moldeando a las comunidades si no se aborda de manera colectiva. Nuestro taller se apoyó en esa base, enfocándose en la no violencia y ampliando la comprensión de lo que entendemos por violencia. Exploramos cómo la violencia interna—tensión no resuelta, miedo, resentimiento, urgencia—da forma a la acción externa, incluso en movimientos comprometidos con la justicia.
Para las personas de Tsuru, elegir actuar implica colocarse en una situación límite. Una situación límite es aquella en la que las respuestas habituales ya no funcionan—donde se nos saca de la zona de confort y se nos exige dar una respuesta nueva. Estas situaciones nos confrontan con nuestras propias limitaciones, pero también revelan dónde se necesita la transformación y dónde es posible.
En lugar de tratar la incomodidad o la frustración que surgen en el activismo como un fracaso personal, abordamos estas experiencias como información—como una señal de que se nos está pidiendo algo nuevo. Cuando se encuentran con atención en lugar de resistencia, estos momentos se convierten en aperturas para aprender a actuar de otra manera, con mayor coherencia y cuidado.
Aquí es donde comienza la no violencia—no como una táctica, sino como una respuesta que busca no reproducir patrones de violencia y, en cambio, ofrecer algo nuevo, algo que amplía lo posible. A menudo, las y los activistas recurren a la violencia cuando sienten que no tienen opciones—cuando el futuro parece cerrado y la fuerza parece la única respuesta restante. El tipo de trabajo interno descrito aquí ayuda a las personas a ver opciones donde antes no parecían existir. Cuando experimentamos el cambio dentro de nosotros—cuando descubrimos que son posibles nuevas respuestas—es mucho más probable que reconozcamos la posibilidad de cambio también en la sociedad.
Lo que esta experiencia aclaró
Lo que aprendí a través de esta experiencia es que apoyar a las personas en este momento no consiste principalmente en dar respuestas ni dirigir su acción. Se trata de ayudar a las y los activistas a reconocer las herramientas internas que ya poseen—su capacidad de atención, intención, coherencia y empatía—y de usar su acción en el mundo para fortalecer esas capacidades, en lugar de agotarlas.
A medida que las personas cambian de esta manera, su imagen del futuro no solo se expande: se reorienta. El futuro se abre no como una promesa de resultados, sino como un sentido vivido de dirección. De esta experiencia surge una fe arraigada: fe en uno mismo, fe en los demás y fe en la capacidad de la humanidad para ir más allá de lo que es y de lo que ha sido.
Crear impacto a corto plazo importa. El daño es real, las condiciones son urgentes y se necesita alivio ahora. Al mismo tiempo, el impacto inmediato no siempre es posible, especialmente cuando se enfrentan sistemas arraigados o violencia estructural. Sostener una visión de más largo plazo no disminuye la urgencia; sostiene el sentido. Cuando las y los activistas pueden situar sus acciones dentro de un arco más amplio, están mejor preparados para perseverar, aprender y mantenerse conectados con las razones que los llevaron a actuar.
Esta es la conexión viva entre el cambio personal y el cambio social. La acción en el entorno se convierte en el medio a través del cual se desarrollan las capacidades internas. El desarrollo interior, a su vez, profundiza la calidad, la claridad y la sostenibilidad de la acción.
Este momento—marcado por el dolor y la incertidumbre—también puede entenderse como una oportunidad. No solo estamos respondiendo a lo que está fallando; ya estamos sentando las bases de lo que vendrá después. A medida que la acción fortalece las capacidades internas y la no violencia se convierte en una forma de responder y no solo en una táctica, comienzan a tomar forma nuevas posibilidades de manera vivida y concreta. Lo que estamos construyendo no es solo un sistema diferente, sino una forma distinta de ser humanos juntos—aquí y ahora, en cómo elegimos actuar.
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Dennis Redmond es un defensor de la no violencia desde hace mucho tiempo, que actualmente se desempeña como Coordinador de la Comunidad para el Desarrollo Humano en los Estados Unidos y como cofundador del Hudson Valley Park of Study and Reflection. Como Coordinador de la Comunidad para el Desarrollo Humano, Redmond ha desempeñado un papel central en la organización y promoción de iniciativas que promueven la no violencia, la justicia social y la participación ética en las comunidades, especialmente en eventos como el New York City Walk for Nonviolence.













