Por Ana Lucía Calderón
Desde el momento de los primeros escándalos que se desataron en todo el mundo por el arresto del señor Epstein, su posterior “suicidio” y hasta el día de hoy, no he tenido asombro alguno. No porque considere normal el entretejido de perversión, conspiración, corrupción y degeneración humana que hay en él, sino porque quien conozca un poquito la historia, debe comprender que el sistema capitalista sólo ha llevado a la descomposición de todo ámbito humano y social.
Al ser colombiana, llevo vivo el horror que ha producido la continuada colonización en nuestra sociedad, conozco perfectamente la basura con la que la cultura dominante bombardeó las mentes de todos nosotros, sin distinción, mayores o niños. Los valores transmitidos no son nada distintos a los cultivados por las fantasías de su cine, de su humor, de su estética, de su influencia religiosa, mejor dicho, de su esencia misma. Por lo demás bastante limitadas, repetitivas y siempre evidentes. Por ejemplo el terror, un género que desde siempre me pareció inútil. Porque el verdadero horror es ver un documental de historia sobre la Segunda Guerra Mundial. Terror verdadero es escuchar a un guerrillero o a un soldado colombiano hablar de lo han vivido en la guerra o una señora de un pueblo contar cómo masacraron a sus familiares. Y en la vida cotidiana, terror real era saber que vivíamos en una ciudad donde existían zonas como El Cartucho o el Bronx, donde se destaparon mil veces escándalos del tipo Epstein, solo que con gente menos “prestigiosa”, mundialmente desconocida.
El puritanismo religioso no sólo en EEUU o en Inglaterra, (aunque quieran sus vecinos siempre achacárselo sólo a los “anglos”), influyó tremendamente en el pensamiento disgregador de estas sociedades y por lo tanto, los hizo propensos a que desde leyes morales súper estrictas y mojigatas el individuo retorciera su pensamiento. El racismo, la violencia, el concebir la pobreza como castigo divino y la abundancia como lo que te pone encima de los demás, relaciones familiares, afectivas y humanas concebidas desde un individualismo extremo, retuercen toda idea del poder.
Los cimientos de esta civilización occidental son perversos, el odio por el otro que no es como uno, el desprecio por el débil, por el pobre, por el viejo, por la mujer, por el niño. Quién puede asombrarse de que éstas sean precisamente las víctimas de este caso. Y no solo son esas las víctimas sino que la humanidad entera lo es. Una humanidad que admira a todos estos monstruos que se erigen dioses gracias a los medios de comunicación que ellos controlan, y que les enseñan a desear hacer lo mismo para sentirse “empoderados” ¿O es que el abuso infantil no es el pan de cada día en nuestros países? Cada quien es poderoso según donde pueda erigirse intocable. La víctima suele desear volverse el verdugo.
Relaciono estos dos casos, el de Epstein (que tiene grandes implicaciones geopolíticas) y el del Bronx en Bogotá, de hace años, que también tiene implicaciones económicas y políticas, porque pueden quedarse en el chisme morboso, desdibujando lo que no se ve y que suele ser lo importante.
Para los que desconocen esta historia local, en Bogotá existen territorios, varias cuadras, un barrio quizás, en donde las mafias gobiernan y donde la propia policía tiene casi vetada la entrada. Son territorios libres de ley, para que se entienda bien. Tipo isla, de esas que tanto quisiera Peter Thiel para poder hacer y deshacer a su antojo y no sólo negocios (ya nos queda claro)… Una de estas zonas bogotanas se llama el Bronx. En una oportunidad el ejército colombiano organizó una operación para entrar y tomar esta zona, que seguramente había molestado a alguien importante y mandó a “limpiar”. Cuando entraron, encontraron hagan de cuenta, escenas del tipo Epstein. Prostitución infantil, tráfico de drogas, esclavitud, tortura, horror total.
Por testimonios de quienes vivían allí, yo supe, que en estas casas viejas que se caían y recontruían, las mafias enterraban a los deudores, los “sapos” o sea los delatores que le informaban a la policía, o a sus competidores. También yo sabía que las niñas lindas ricas de las universidades más “prestigiosas” y caras del país, tenían de moda irse de fiesta a estos lugares de consumo de drogas y alcohol donde los indigentes, a los que llaman con el estúpido eufemismo “habitante de calle”, como si todos no habitáramos las calles, suelen dormir ahí mismo donde compran las sustancias. Estas chicas podían entrar a estos sitios underground un viernes de fiesta y allí les servían bandejas de coca, los mejores tragos y pasado el fin de semana, quedaban en la calle en las mismas condiciones que los indigentes. Los dueños del lugar las drogaban y luego las violaban, y pasados los días se las dejaban a los indigentes de la zona para que hicieran lo mismo con ellas, hasta que finalmente las chicas quedaban perdidas en esta pesadilla de ensueño.
Uno de los casos que más me pareció grotesco por lo cercano a la comedia, pues cumple con los requisitos del gag cómico: que cuando crees que ya tocaste lo peor aparece algo nuevo y sorprende con algo peor. Encontraron allí a un gran grupo de niñas prostituidas. Asombro por la pedofilia y todo el tema. Pero luego descubrieron que no eran niñas, sino niños, que habían sido disfrazados de niñas. Y ese grupo de niños rodearon y protegieron a su proxeneta, que era un enano mucho más pequeñito que todos los niños. Y cuando cogieron a ese hombre pequeño, era además, otro menor de edad.
En fin, una historia que es digna de los periódicos más amarillistas pero que por desgracia mostraba la radiografía de una Colombia en donde los patrocinadores del paramilitarismo tenían el control de estos territorios, el esquema de siempre: narcotráfico, tráfico de armas y trata de personas. Y por supuesto, el poder político y estatal implicados, pero nunca la justicia destapando la verdad. Todo queda en eso, en historia grotesca que se vuelve mito urbano.
Y es respecto a esto que debo decir, que sí me ha asombrado que haya tanta gente pidiendo “precaución” y “prudencia” para dictar una opinión respecto al caso Epstein, acudiendo al argumento de que “nadie es culpable hasta que se le demuestre lo contrario”. Porque no sabemos si lo han destapado a propósito, si está siendo manipulado, si fue el Mossad, si fueron los del MAGA para presionar a Trump, incluso si fue el propio Trump. Considero tan de doble moral pedir no juzgar antes de tiempo sin saber si estos hechos son solo “chismes” y que no todo está “jurídicamente probado”, etc. ¡Estamos hablando del tipo que va a construir un bellísimo resort en las ruinas de Gaza!, a la que siguen bombardeando mientras nos cuentan en todos lados que ya es un remanso de paz. El mismo que ordena secuestrar a un presidente legítimo de un país soberano, el que dice que quiere un territorio que no es suyo y que lo quiere ya, porque lo necesita. Ese mismo al que no le interesa el derecho internacional porque su poder como presidente “solo está limitado por su propia moralidad y su propia mente”. El mismo que en entrevista hace unos años dijo que él cuando veía a una mujer bonita no podía dejar de besarla, no podía esperar, y que a las estrellas como él se les permitía incluso cogerle entre las piernas porque cualquier mujer se siente alagada. Estamos hablando del tipo de personas como Peter Thiel, de quien sueña con islas donde no exista la ley, ni el Estado ni nada para poder a su antojo imponer su “criterio”, ese de los elegidos, ese de los ricos, ese de los dioses. Porque ellos pueden. Hablamos de Elon Musk un tipo que necesita otros planetas para poder poblar y crear allí su reino de elegidos.
Son tantas las pruebas y hay tanto de dónde argumentar que incluso sin que estas personas hubieran hecho ningún acto pedofílico o perverso, ya lo son por lo que quieren imponernos a todos los humanos.
Quién puede esperar a tener pruebas sobre estos hechos basadas en el derecho o en la corroboración de la Justicia, si es que lo que ha visto la humanidad a través de la historia, desde que estas élites económicas y políticas se impusieron, es sólo vejación, esclavitud, desolación y muerte. Han barrido países enteros, culturas, pueblos, han matado de hambre a millones de personas no sólo en guerras, intervenciones, robos y saqueos, sino dañando sus tierras, contaminando, envenenando sus alimentos. Qué justicia vamos a esperar que los juzgue, si es que ¿no está probado que frente a nuestros ojos han dicho cínicamente que ellos podían y que por eso lo hicieron? Que son unos depravados y unos degenerados genocidas. ¿O es que acaso en Gaza, en Siria, o en Ucrania han demostrado algo diferente? Estos solo son algunos de los ejemplos recientes.
Finalmente debo advertir lo que con claridad se ve venir y es mucho peor que lo que escandaliza a todo el mundo. ¿Por qué abren estos archivos, por qué destapan todo este estiercolero? Porque así como en el mundo la palabra no vale, ni el trato, ni la responsabilidad social, ni la política, ni la ley, ni ninguna máxima que oriente en cuanto a la geopolítica, así mismo, a un nivel moral nos están imponiendo una ventana de Overton. Quienes en algún momento creyeron que el pensamiento conservador y los valores tradicionales nacionalistas y religiosos vendrían a salvarnos de los temibles globalistas, “comunistas” y de “izquierdasss”, no consideraron que conservar valores era conservar esos retorcidos valores impuestos al mundo por el Occidente, con la ley originaria del capitalismo “la ley del más fuerte”. ¿Les parecieron muy locos ésos que pedían empezar a comer cucarachas para no contaminar y todos esos cuentos de confusión de mil géneros, etc? Llegaron los salvadores: estos “sensatos” nacionalistas y fascistas, con sus “buenos valores”, para imponernos el feudalismo tecnológico y abrazar esta esclavitud del consumo. ¿Ciudadano? ¡No, tú eres un cliente! ¡Viva la libertad carajo! La libertad de comerte a tus hijos si quieres, en sentido figurado o literal (según tu antojo). Libertad para apropiarte de lo que quieras. Libertad de hacer con los demás lo que te de la gana y que nadie te juzgue.
Este escándalo se alza para llevarnos a la normalización de todo lo que en él se habla o se toca. ¿Que sabíamos que las élites eran corruptas? Lo sabíamos. ¿Que hay lobby para conseguir todo en un gobierno? Que la justicia tampoco es imparcial, ¿que está comprada? ¿Entonces qué legitimidad tiene? ¿Que no hay ley política ni social ni moral? Pero si es la sublimación del sueño del fascista. Libertad para todo, excepto, para desobedecer a la Corporación.
No entiendo por qué nadie está viendo el trasfondo que trae consigo este tema. Después de poner en todos los medios de comunicación día y noche, horrores y padecimientos, al igual que lo hicieron con los bombardeos en Gaza, saltan sesos por aquí, tripas por allá, en un par de semanas la gente anestesiada ya no reacciona más. Eso es lo verdaderamente aterrador. Se legitima el crimen, el exterminio, el saqueo, la violación. No hay alteración social, ¿de qué?, si es que las chicas jóvenes se publicitan en Instagram para ir a Arabia Saudí o a Emiratos Árabes a las orgías y a comer caca de los jeques. Si las redes están llenas de chicas invitando a otras, contando sus experiencias que “valen la pena” porque reciben mucho dinero. Todo se habla abiertamente, nadie siente vergüenza de exponer su intimidad en las redes, pero sí de mirar a los ojos a otra persona y tomar su mano.
Se destapa todo esto cuando ya no tendrá repercusión popular ni ninguna censura moral. Esto ya no asombra a nadie y como la política de violación de soberanía nacional, tampoco. Simbólicamente la violación a una persona o a un pueblo da lo mismo y se compensa con dinero.
Acostumbrémonos, ese es el mundo que construimos, gracias a la inexistencia de otra opción colectiva de la fantasía.













