Nos encontramos ante la decimonovena edición del Festival Internacional de Circo de Albacete. Pero el circo, antes que aniversario, es memoria en movimiento. El circo nació caminando. Antes que edificio, fue ruta; antes que butaca, fue plaza. Caravanas avanzando hacia lo desconocido, llevando consigo una promesa antigua: el asombro.

Desde sus orígenes, el circo ha sido territorio sin fronteras. En su pista se cruzan acentos, cuerpos, músicas y tradiciones. Artistas venidos de todos los rincones del mundo comparten un mismo lenguaje: el del riesgo, la belleza y la emoción suspendida en el aire.

Por eso el circo es mezcla y cruce de culturas, diálogo silencioso entre lo casi imposible y lo profundamente humano. Un arte que no pregunta de dónde vienes, sino hasta dónde te atreves a mirar. Y, sin embargo, también es permanencia. Ha sabido transformarse con el tiempo sin perder su esencia. Ha cambiado sus luces, sus ritmos, sus formas, pero conserva intacta su vocación primera: reunir a grandes y pequeños bajo una misma respiración contenida.

Así, cada mes de febrero, Albacete reafirma una tradición que ya forma parte de su identidad cultural. El festival convierte de nuevo a la ciudad en epicentro del arte circense, reuniendo a artistas de múltiples países, disciplinas y lenguajes escénicos.

El certamen, que alcanzó su mayoría de edad en la pasada edición, llega ahora con más madurez y renovada energía. Lejos de acomodarse en la experiencia acumulada, crece y se rejuvenece: se amplían las Galas de Estrellas, se suman nuevas funciones y se refuerza la vocación inclusiva mediante sesiones extraordinarias dirigidas a personas que requieren atención especial. La pista se abre así a todos los públicos, sin distinciones ni barreras.

Buena parte de la singularidad del evento reside en su escenario: el histórico Teatro Circo de Albacete, inaugurado en 1887 y considerado el teatro circense operativo más antiguo del mundo. Su doble condición —teatro y circo— lo convierte en una joya arquitectónica y escénica única. Rehabilitado y reinaugurado en 2002, el edificio no solo acoge espectáculos: encarna la memoria viva de un arte hecho de riesgo, poesía física y emoción compartida.

Bajo la dirección de Antonio Álvarez Lorenzana, el festival mantiene su compromiso con la excelencia artística y el respeto a la esencia del circo. La competición por el Cirquijote de Oro volverá a marcar uno de los momentos culminantes de la programación, donde técnica, creatividad y capacidad de asombro se miden ante público y jurado.

«El circo es cultura y es símbolo de esfuerzo, de superación, de unión, de encuentro y de paz», comenta Antonio Álvarez Lorenzana, Director general del Festival desde la Revista del Festival (colorido PDF). Instituciones, patrocinadores, equipos técnicos, trabajadores y micro mecenas sostienen un engranaje que hace posible esta celebración cultural. Gracias a ese esfuerzo colectivo, Albacete se transforma durante unos días en lugar de encuentro, talento y emoción.

Porque en el circo algo esencial sigue ocurriendo: durante unos minutos, el mundo recupera su capacidad de maravilla. Cuando se levanta una pista, no empieza solo el espectáculo. ¡Qué comience el viaje!

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