La noticia de la captura de Maduro por parte de fuerzas especiales norteamericanas ha sorprendido a todo el mundo a pesar de que su caída se veía venir. La sorpresa reside en la modalidad de su caída, de su captura, sin medias tintas, con un Trump pasando por alto a las Naciones Unidas, al derecho internacional, la opinión pública mundial.
En estricto rigor no debiera sorprendernos porque no es una conducta original por parte del gobierno de EEUU. Su historial de intervenciones es conocido. Por Lo general lo hacía vía testaferros. Esta vez parece no haberlos encontrado, al menos entre los altos mandos de las fuerzas armadas venezolanas, por lo que no le quedó más que hacerlo sin disimulo.
Esta captura hace recordar la captura del general Manuel Noriega en Panamá, a comienzos de 1990, al igual que la de Adolf Eichmann por parte de la agencia de inteligencia israelí, el Mossad, en 1960. Éste último, para ser sometido a juicio por crímenes contra la humanidad dada su responsabilidad en el asesinato de millones de judíos en el marco de la 2GM. La similitud reside en que fueron capturados en sendas operaciones secretas al margen de toda consideración del derecho internacional. En ambos casos se impuso la ley del matonaje. Trump está aplicando a rajatabla la ley de Fernando Atria, por las buenas o las malas.
En el caso de Eichmann se lo llevaron a Israel, donde se le juzgó, condenó a muerte y ejecutó en 1962; en el caso de Maduro, con destino a Nueva York, donde enfrentará un juicio en el que se le acusará de corrupción, conspiración para importar cocaína y narcoterrorismo por parte del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Similares acusaciones hechas en su momento al general panameño Noriega hace 36 años.
Esto se veía venir. Trump ya había mandado sus “avisos”, bombardeando lanchas en aguas caribeñas a su regalado gusto, sin órdenes judiciales ni debidos procesos. Lo más probable es que haya intentado tentar, sobornar a uno o más altos oficiales de las FF. AA. venezolanas, sin que a la fecha se sepa que haya encontrado alguno disponible. El argumento de Trump se centra en la necesidad de proteger a la población de la droga introducida por carteles del narcotráfico. A pocos se les escapa que este argumento no parece ser sino una argucia para apropiarse de las riquezas que posee Venezuela, centradas en el petróleo.
El mundo político y social observa con estupor e imperturbabilidad lo ocurrido. No faltarán las protestas, las movilizaciones, pero dudo que ellas tengan algún impacto en los tiempos que corren. El gobierno venezolano pondrá el grito en el cielo, pataleará, sus FF. AA. se movilizarán, las organizaciones internacionales reclamarán, pero el mundo seguirá girando tal como cuando han ocurrido otras tropelías, iguales o mayores, de quienes se arrogan el rol de sheriffs, de guardianes del orden, de quienes se creen con el derecho a imponer sus condiciones.
No está de más recordar que esto se inscribe en un nuevo contexto que se está dibujando y cuyos contornos no se visualizan aún con claridad. De la 2GM emergió un mundo bipolar dominado cuyas fuerzas dominantes eran EEUU y la URSS. Con el derrumbe de la URSS, a fines de los 80, surgió un nuevo orden multipolar que parece estar en su fase final con la aparición de China, la decadencia de EEUU y el intento de Rusia por abrirse paso en este nuevo mundo que se está configurando. La irrupción de Trump y los esfuerzos de Putin apuntan a resucitar viejos laureles, mientras China, con santa paciencia se abre paso. Europa no parece saber qué monos está pintando en este nuevo mundo, en esta repartija.
¿Rusia y China tomarán palco frente a la intervención estadounidense en Venezuela? Lo más probable es que así sea. Pasando y pasando. Me atrevo a conjeturar que Rusia se apropiará de Ucrania, mientras EEUU mirará al techo dejando a Europa con los crespos hechos. Y China aprovechará de recuperar Taiwán. El juego del poder en acción. Con ello ingresaríamos a un nuevo mundo, el tripolar, cuyos contornos aún están un tanto difusos.













