Vivimos un tiempo de incertidumbre. Y encontrándonos en la IV Asamblea de África esta experiencia es profundamente común y compartida. Esto no es una frase hecha: es una experiencia cotidiana que atraviesa a personas, comunidades y pueblos enteros. Crisis económicas, conflictos armados, deterioro ambiental, desigualdades crecientes y una profunda sensación de vacío interno aparecen al mismo tiempo, en todas partes del mundo. No se trata solo de una crisis externa; estamos frente a una crisis global que también es humana, subjetiva y existencial.

Desde el Humanismo Universalista, inspirado en el pensamiento y la experiencia de Silo, esta situación no se mira con miedo ni con condena, sino con comprensión histórica y apertura. No se trata de buscar culpables ni de imponer verdades, sino de comprender qué está ocurriendo con el ser humano en este momento de la historia.

La humanidad ya ha atravesado otras grandes crisis. Cada vez que un modelo se agota, cuando las respuestas del pasado dejan de servir, aparece la desorientación. Lo viejo ya no explica el mundo, y lo nuevo todavía no termina de nacer. En ese espacio intermedio surge la incertidumbre. Pero también surge la posibilidad de un cambio profundo.

La incertidumbre, vista desde esta mirada, no es solo algo negativo. Es una señal. Es el indicador de que nuestras creencias, nuestros valores y nuestras formas de organizarnos necesitan ser revisadas. Cuando las seguridades externas se derrumban, el ser humano se ve impulsado a mirar más hondo, a preguntarse por el sentido de su vida y por la dirección que quiere darle al futuro.

Silo señaló con claridad que el sufrimiento humano no es inevitable. Tiene raíces concretas y evitables: la violencia en todas sus formas, la negación del otro, la cosificación de la vida humana y la incoherencia interna. Hoy, en esta crisis global, esas raíces quedan expuestas. La violencia económica, la violencia cultural, la violencia psicológica y simbólica se vuelven visibles y, muchas veces, se naturalizan.

Los modelos dominantes muestran signos claros de agotamiento. Se ha privilegiado el tener por sobre el ser, la competencia por sobre la cooperación, el éxito individual por sobre el bienestar colectivo. El resultado es un mundo con enormes avances técnicos, pero con un profundo empobrecimiento humano. Muchas personas sienten que no cuentan, que no son escuchadas, que no tienen futuro.

El Humanismo Universalista no propone reemplazar un sistema por otro de manera mecánica, ni ofrecer soluciones cerradas. Propone un cambio de dirección. Propone colocar al ser humano como valor central y preocupación fundamental. Nada —ni la economía, ni la política, ni la tecnología— puede estar por encima de la vida humana.

Desde esta mirada, la no violencia no es solo una consigna ética. Es una fuerza activa de transformación. La violencia no se limita a los golpes o a las armas; también está en la exclusión, en la humillación, en el abuso de poder y en la indiferencia. En tiempos de crisis, la violencia tiende a aumentar, porque el miedo se instala con facilidad.

Superar la crisis global implica, entonces, avanzar conscientemente hacia la superación de la violencia, empezando por el mundo interno de cada persona. La forma en que pensamos, sentimos y actuamos no es un asunto menor. Cuando hay incoherencia interna, aparece la angustia, la frustración y la reacción ciega. Cuando hay coherencia, aparece la fuerza tranquila para actuar con sentido.

Silo habló de la necesidad de unir el pensar, el sentir y el actuar. Esta coherencia no significa tener todas las respuestas, sino avanzar con honestidad interna. La transformación social profunda no puede sostenerse sin una transformación interna equivalente. Por eso, el Humanismo Universalista integra la dimensión psicológica y espiritual del ser humano, sin dogmas y sin prejuicios.

Desde esta perspectiva, todas las culturas y todos los pueblos comparten algo esencial: la búsqueda de felicidad, de sentido y de liberación del sufrimiento. Esta base común permite el diálogo, el encuentro y la cooperación, incluso en medio de grandes diferencias.

En muchas culturas ancestrales, frente a momentos de crisis profunda, el ser humano no solo reorganizó lo material, sino que se buscó el contacto con lo profundo. A través de mitos, rituales y relatos sagrados, los pueblos intentaron dar sentido a lo desconocido, conectando el mundo visible con otros planos de la experiencia. Estos mitos no eran simples fantasías: eran estructuras simbólicas que orientaban la acción, fortalecían la cohesión social y permitían atravesar la incertidumbre sin quedar paralizados por el miedo.

Desde el Humanismo Universalista, esta dimensión no es negada ni idealizada. Se le comprende como parte de la experiencia humana profunda. El contacto con lo interno, con aquello que trasciende la inmediatez de lo cotidiano, ha sido históricamente una fuente de sentido y de fuerza moral. Hoy, en medio de la crisis global, esta búsqueda reaparece bajo nuevas formas: la necesidad de reconciliar lo externo con lo interno, la acción con el sentido, el futuro con una visión más amplia de nuestra existencia.

 

Superar la incertidumbre no significa eliminarla. Significa aprender a caminar en ella sin miedo paralizante. Significa comprender que el futuro no está escrito y que depende, en gran medida, de nuestras decisiones presentes. Cada acto de solidaridad, cada gesto de comprensión, cada intento sincero de superar la propia contradicción contribuye a humanizar el mundo.

Así, la crisis global deja de ser solo una amenaza y se transforma en una oportunidad histórica. Una oportunidad para revisar el rumbo, para recuperar el sentido y para construir, paso a paso, un mundo donde la dignidad humana sea el centro y no una promesa lejana.

Frente a la incertidumbre, el Humanismo Universalista propone una respuesta clara y profundamente humana: no el miedo, sino la conciencia; no la imposición, sino el diálogo; no la resignación, sino la construcción intencional de un futuro más humano para todos.

En la IV Asamblea del Foro Humanista, este mensaje no es una abstracción. Es una orientación viva.  Aquí nos encontramos personas de distintos pueblos, culturas y trayectorias, unidas por una misma intención: humanizar la Tierra y humanizar la historia.

Que este encuentro fortalezca nuestra coherencia interna, renueve nuestra confianza en el ser humano y nos impulse a seguir construyendo, con no violencia y solidaridad, respuestas concretas frente a la crisis global.

Porque cuando el ser humano se pone en el centro, el futuro vuelve a abrirse.

Muchas gracias.