El diálogo/entrevista, entre Pascal Lottaz (Neutrality Studies) y Nel Bonilla, parte de la tesis central de la última obra de la autora: «El búnker y el vacío», que da nombre a esta transformación. «El búnker» simboliza la mentalidad de fortaleza y la planificación securitaria (prioridad de la seguridad en términos militares y pre-bélicos) que reorganiza Occidente; «el vacío», represena la erosión resultante del proyecto civil, del bien común y del espacio democrático.

Introducción: el suelo que se mueve bajo nuestros pies

El eje del análisis es la tesis central de Bonilla, desarrollada en su estudio “The Bunker and the Void” (El búnker y el vacío). Frente a la idea extendida de que Occidente atraviesa una etapa de caos, decadencia o simple incompetencia política, Nel Bonilla sostiene algo más inquietante: lo que parece desorden es, en realidad, el resultado de un lento cambio de régimen, planificado y coherente, un «golpe silencioso» que ha reordenado las prioridades fundamentales de las sociedades occidentales. Se movió el suelo bajo nuestros pies.

Ese cambio no ha sido sometido a deliberación democrática ni presentado como tal. Ha ocurrido de manera progresiva, técnica, casi administrativa. El suelo bajo los pies ha cambiado sin preguntar, y con él, el sentido mismo del Estado, de la política y de lo social. Las prioridades del antiguo Estado social, que buscaba o planificaba el crecimiento en términos de mayor bienestar, cohesión, y derechos, han sido desplazadas por una lógica distinta. Una que es ajena o se aleja las anteriores prioridades desde su vértice institucional irradiador (la cúspide de la UE o EEUU y la OTAN y otras instituciones planificadoras, o grupos de influencia). Todo centrado en la seguridad, la confrontación geoestratégica y la preparación permanente para el conflicto.

La metáfora del “búnker” y el “vacío” entonces no pretende describir una distopía literaria, sino un marco analítico: el fortalecimiento obsesivo de estructuras de seguridad, planificación militar y control, acompañado por el vaciamiento paralelo del espacio civil, democrático y social. No se trata de un colapso accidental del llamado rule-based world order, la ONU, etc, sino de su sustitución progresiva por otro orden, con reglas y fines diferentes. La del dominio por la fuerza y coerción.

El diálogo en la entrevista no propone recetas ni consignas. Se mantiene deliberadamente en un plano estructural, histórico y geopolítico, para comprender cómo se ha normalizado un estado de guerra latente entre bloques, una vigilancia creciente de la propia población y ONGs, grupos de acción y asociacionismos, y una redefinición del ciudadano como recurso estratégico para ese belicismo o su preparación. Un mundo que, sin necesidad de citarlo explícitamente, recuerda cada vez más a aquel en el que la guerra no es un acontecimiento excepcional, sino el telón de fondo permanente de la vida política.

Occidente bajo el “régimen de la Securitocracia Transatlántica”

Occidente está siendo gobernado por una lógica de seguridad que ha dejado de ser un instrumento del Estado para convertirse en su principio rector. Este desplazamiento constituye, según el análisis de Nel Bonilla, un auténtico cambio de régimen: la seguridad militar y la confrontación geoestratégica han pasado a ocupar el lugar central que antes correspondía al bienestar social, la soberanía democrática y el proyecto civil compartido.

No se trata de una deriva coyuntural ni de una reacción improvisada a crisis sucesivas, sino de la consolidación de una nueva élite de poder —la securitocracia transatlántica— que articula intereses militares, políticos, económicos y académicos más allá de los Estados-nación. Estos, lejos de desaparecer, persisten como estructuras administrativas y territoriales, pero han perdido su capacidad de decisión estratégica, funcionando cada vez más como ejecutores locales de planes definidos en instancias supranacionales no electas. Si acaso gestionan “lo doméstico” subsidiariamente.

El búnker y el vacío

En “The Bunker and the Void”, Bonilla propone una metáfora precisa para describir este proceso. El búnker representa la mentalidad de fortaleza, la planificación securitaria y la preparación permanente para el conflicto. El vacío alude a la erosión simultánea del proyecto social: el debilitamiento del bien común, la disolución del espacio democrático y el empobrecimiento de la vida civil.

Ambos procesos avanzan en paralelo. A medida que se refuerzan las estructuras de seguridad, se retrae la inversión material y simbólica en aquello que no puede traducirse en ventaja estratégica. El resultado no es el caos, sino un orden distinto, coherente con una jerarquía de valores en la que la vida social queda subordinada a imperativos militares y geopolíticos.

De la planificación social a la planificación securitaria

Durante gran parte del siglo XX, los Estados occidentales concibieron la planificación como una herramienta orientada al desarrollo económico, la cohesión social y la mejora de las condiciones de vida. Infraestructuras, sistemas de salud, educación y vivienda formaban parte de un horizonte político reconocible.

Ese horizonte ha sido progresivamente colonizado por la lógica securitaria. Hoy, la planificación se orienta prioritariamente a la movilidad de tropas, la resiliencia ante conflictos, la protección de cadenas logísticas estratégicas y la preparación para escenarios de guerra prolongada. Instituciones como la OTAN, la Unión Europea y una constelación de think tanks y complejos industriales-militares operan como centros de diseño estratégico, mientras los Estados nacionales actúan como nodos territoriales encargados de implementar decisiones ajenas.

La militarización de lo civil

Uno de los rasgos centrales de este régimen es la disolución de la frontera entre lo civil y lo militar. Infraestructuras, sistemas de transporte, redes energéticas, vivienda y comunicaciones son concebidos como recursos potenciales en una lógica de guerra total.

El llamado “Plan Operacional Alemania”, impulsado por la Bundeswehr desde al menos 2017 y tal vez antes (secretamente), ilustra este desplazamiento. Proyectos presentados como modernización civil de carreteras o ferrocarriles responden, en gran medida, a la necesidad de facilitar el traslado rápido de tropas y material hacia el flanco oriental de la OTAN. “Al frente Este” en esta mentalidad. Lo civil no desaparece, pero queda estructurada orgánicamente dentro de una estrategia militar más amplia.

Guerra cognitiva: la sociedad como campo de batalla

La securitización no se limita al plano material. La OTAN y otras instancias hablan abiertamente de guerra cognitiva y de un “enfoque de toda la sociedad”. La mente, el lenguaje y los vínculos sociales se convierten en terrenos de intervención estratégica.

En este marco, la disidencia política, las voces críticas o las organizaciones no alineadas dejan de ser actores legítimos del debate democrático para transformarse en “factores desestabilizadores” o “amenazas internas”. La Unión Europea ha comenzado a utilizar instrumentos como regímenes de sanciones no solo contra actos delictivos, sino contra posiciones ideológicas, redefiniendo el disenso como un problema de seguridad.

Marcos de orientación y élites transatlánticas

Las élites que gestionan este régimen operan dentro de lo que Bonilla denomina marcos de orientación: sistemas de creencias que se procura sean profundamente interiorizados y que justifican su papel dirigente junto a la inevitabilidad del orden que promueven. Estos marcos han evolucionado hacia una lógica binaria que divide el mundo entre aliados morales y enemigos absolutos.

En este esquema, el Derecho Internacional, la ONU, la diplomacia, los Tratados y la negociación pierden relevancia. El “otro”, ya sea un Estado rival como Rusia o un actor interno disidente, es definido como una amenaza existencial, lo que legitima su exclusión, neutralización o confrontación permanente.

La sacralización de la guerra permanente

La securitocracia no solo administra la guerra: la sacraliza. La confrontación geoestratégica se presenta como un imperativo moral inevitable, superior a cualquier consideración social, jurídica o económica. En este marco, la seguridad deja de estar limitada por normas y pasa a justificarse a sí misma.

El resultado es una erosión progresiva del orden internacional basado en reglas. La confianza en leyes, tratados, costumbres diplomáticas y mecanismos de contención —el antiguo pegamento del sistema— es sustituida por un cálculo estratégico ofensivo y reactivo, que relativiza e instrumentaliza cualquier norma, bien, inversión o situación, en función de la seguridad y la preservación del statu quo (entiéndase el «dominio o monopolio»).

Prácticas que hasta hace una o dos décadas se consideraban excepciones absolutas; como la congelación de activos soberanos de otros Estados, los aranceles coercitivos, o la imposición de “administraciones provisionales” desde el exterior. Ahora, se normalizan por repetición. Cada uso de la fuerza, la instrumentalización del dólar como arma geopolítica (por ejemplo), y cada suspensión o quebranto de las reglas previamente aceptadas, convierten la anormalidad coercitiva del más fuerte en la nueva regla implícita del sistema.

De ahí nos surge la extendida sensación de caos o desorden mundial. Pero, como subraya Bonilla, no se trata de un colapso accidental del orden, sino de su transformación funcional: el caos se convierte en una herramienta más en la caja de las grandes potencias, subordinada a una lógica de guerra permanente en la que negociar equivale a debilidad y la paz deja de ser un horizonte político imaginable.

Cómo se aceptó el camino

El tránsito hacia este régimen fue facilitado por transformaciones sociales previas. El individualismo promovido por la expansión capitalista de los años noventa debilitó el tejido comunitario y erosionó la memoria histórica de un Estado capaz de planificar para el bien común. Paralelamente, las elecciones dejaron de percibirse como herramientas de cambio sustantivo, alimentando una sensación de impotencia política entre la población. De la que parte acaba adhiriendo a los discursos políticos más extremos o a la antipolítica.

En ese contexto, el discurso securitario encontró un terreno fértil. La promesa de protección sustituyó gradualmente a la de bienestar, y la ciudadanía aceptó, en gran medida de forma pasiva, la redefinición de sus derechos en nombre de la seguridad.

Caos controlado y ambigüedad estratégica

Acciones y declaraciones que parecen erráticas —como ciertas posturas respecto a Groenlandia o Canadá, o cualquier otro exabrupto (visto desde la mentalidad de lo internacional anterior), forman parte de una estrategia de caos controlado y ambigüedad estratégica. Estas tácticas buscan generar incertidumbre, miedo y una percepción constante de amenaza, reforzando la dependencia de dispositivos de seguridad. Eso hace a la población más manipulable.

La securitización se ha mercantilizado incluso: servicios de vigilancia privada integrados en suscripciones de telecomunicaciones o entretenimiento normalizan una meta‑vigilancia interconectada a escala nacional y europea.

El contrato social del búnker

El contrato social basado en derechos y orientado al bienestar social e individual, está siendo sustituido por lo que puede llamarse el “contrato social del búnker”. El ciudadano deja de ser sujeto político para convertirse en objeto de seguridad, recurso humano y territorial al servicio de la preservación del estatus de una élite en declive.

El ámbito Académico (Universidad y el Mundo intelectual, o el artístico) no son ajenos a este proceso. La investigación y el pensamiento crítico se tecnocratizan y alinean con la doctrina dominante, mientras las voces disidentes son marginadas o expulsadas. Además no se esconde ya esta mano dura contra la disidencia, porque ejemplariza y alinea o desanima al que sea sale de la línea marcada…

Conclusión: comprender para no naturalizar

Frente a este panorama, el análisis rechaza el fatalismo. El primer paso es comprender cómo opera este régimen y reconocer hasta qué punto sus lógicas han sido interiorizadas o impuestas inadvertidamente. Si el Estado-nación y los mecanismos electorales han dejado de garantizar el bien común, se vuelve necesario imaginar formas alternativas de organización y acción, desde lo comunitario hasta lo transnacional.

La respuesta no se encuentra en el centro fortificado del búnker, sino en los márgenes aún no colonizados por la lógica securitaria, y de la confrontación. Allí donde la vida no se reduce a términos de amenaza, escasez y confrontación, persiste la posibilidad de reconstruir un proyecto político que no acepte la guerra permanente como horizonte inevitable.  Eso incluye un nuevo protagonismo a las redes sociales presenciales, no tanto las mediáticas o plataformas que están dirigidas y controladas.

Un análisis macro en tiempos de censura sutil

El diálogo, en toda la entrevista, se mantiene deliberadamente en un plano macroscópico —histórico, sociológico y geopolítico—. No se trata de una evasión, sino de una adaptación a un entorno en el que el paso del diagnóstico a la propuesta concreta suele activar mecanismos de censura, desmonetización o clausura.

La misma lógica securitaria que se analiza se reproduce en el control del discurso público: lo que hoy aún apenas se tolera como reflexión teórica se redefine como amenaza en cuanto se traduce en acción organizada o resistencia clara. La experiencia está en el propio Pascal Lottaz, cuyo canal Neutrality Studies ha sido clausurado en repetidas ocasiones, ilustra este estrechamiento del espacio de debate. La censura real, más la autocensura para no ser “eliminado”.

Persistir en el análisis estructural es, en este contexto, una forma mínima pero necesaria de resistencia intelectual frente al pensamiento único vigilado.


Otras fuentes:

Para conocer la obra de Nel Bonilla, véanse sus análisis en su publicación de Substack:
https://nelbonilla.substack.com, donde se puede acceder a la serie completa de «El búnker y el vacío».

El artículo original se puede leer aquí