por Iñaki Chaves
No es un juego de palabras, es la realidad de la vacuidad de las palabras. Ya no podemos pedir la paz y la palabra porque no hay manera de obtenerlas. Las palabras se manosean y ensucian y la paz se empaña y es motivo de burla.
Nuestro Sur existe.
El mundo no necesita paz porque los poderosos viven de la guerra; el planeta no demanda respeto porque a los ricos no les renta la naturaleza sino muerta; la humanidad no requiere justicia porque está gobernada por la arbitrariedad de los injustos.
Tras el ataque ilegal de ese gran hermano sobre uno de los que considera como parte de su patio trasero, los medios, las instituciones y los portavoces de gobiernos se han lanzado a dar discursos llenos de palabras. De palabras vacías que solo quieren ganarse un lugar entre los titulares de las portadas.
Ellos solamente escupen palabras que se irán con el viento y que no cambiarán la historia. Y la historia la siguen escribiendo los de siempre: los vencedores, los que tienen el poder de las armas y del dinero. Y de los medios, los que gobiernan, los que alimentan el micrófono, sostienen la pluma, pagan las pantallas y dominan las rotativas.
Alegrarse con palabras del mal ajeno, cuando el otro no es de los nuestros, es ruin. Denunciar con palabras las injerencias políticas sin defender al atacado ni atacar al atacante es despreciable. Consentir de palabra y omisión que se quiebre el derecho internacional es indignante. Pero lo peor, como decía Cipolla, es la estupidez humana, aquella que se llena de palabras que dañan a otras personas sin obtener ningún beneficio a cambio.
A pesar de todas las voces, de todos los gritos y de todas las exclamaciones, ya no tenemos la palabra, las palabras, solamente la sombra y el vacío que conforman un silencio cómplice que arrasa con todo. Las palabras llenan el espacio, pero se enredan y confunden y no resuelven la duda humana ni nos ayudan a conseguir el deseo infinito e inalcanzable de la paz.
Las palabras nos deberían servir para darle la vuelta a la realidad tal como es, para poner patas abajo este mundo patas arriba, que está al revés. Ese mundo loco, loco, loco en el que, como publicó Galeano, “son dignos de impunidad y felicitación quienes matan la mayor cantidad de gente en el menor tiempo; quienes ganan la mayor cantidad de dinero con el menor trabajo, y quienes exterminan la mayor cantidad de naturaleza al menor costo”.
Hay palabras que suenan, que hacen música y poesía, y hay otras que retumban, que rompen la tranquilidad y tumban la convivencia. Dicen, decimos, mucho, pero no hacen, hacemos, nada. ¿Será porque hay mucho que decir, pero no hay nada que hacer?
Martín Barbero, que sabía mucho del poder de la palabra, escribió:
“Pero de algo sé que soy cierto: / solo sembrando gritos no llegaremos lejos / que el que siembra palabras / cosechará su propia mentira con estiércol / Y cada hombre en su noche / sabrá lo que ha mentido / y también lo que queman las palabras vacías / si es que se atreve a mirarse de frente alguna vez”.
La palabra alumbra las ideas, acompaña y alimenta los pensamientos y los sentimientos. La palabra construye el camino y hace que se oigan las voces de quienes no son escuchados. La palabra combate el vacío del discurso unidireccional y unívoco que nos quiere uniformizar.
Las palabras lo pueden todo y no pueden con nada. Si los campos se han llenado de palabras vacías que no nos han resuelto la vida, si no son buenas las palabras que nos acompañan, deberíamos, al menos, sembrar esperanza, paz y alegría.
Ah, unas palabras más: no olvidemos Gaza. ¡PAZLESTINA!













