Estados Unidos se constituyó en la principal potencia mundial luego de la primera guerra mundial. Su carácter imperial ya se había hecho sentir en América Latina a lo largo del siglo XIX a través de su gran expansión territorial a costa de México y de sus pueblos indígenas; complementado con la compra de diversos territorios a potencias europeas (Rusia, España y Francia). La guerra con España a fines de dicho siglo le permitió apoderarse de Puerto Rico y Filipinas y establecer una suerte de protectorado en Cuba hasta 1933. De igual manera, la apropiación de una zona en Centroamérica donde construyó el canal de Panamá. Sus intereses económicos se expandieron en toda América, a través de la apropiación de la producción de materias primas por parte de sus grandes capitalistas, que le facilitaron un enorme progreso industrial. Y todo esto con ocupaciones directas de algunas naciones centroamericanas y caribeñas por ciertos períodos de tiempo, acompañadas en general de una fuerte hegemonía política.
Sus políticas imperiales de poder se sustentaron en dos grandes ideas-fuerza legitimadoras: la extensión de la libertad económica más irrestricta posible como base del progreso; y la democracia representativa como base del respeto de los derechos universales de todos. Esto, independientemente del apoyo que brindaba muchas veces a dictaduras que favorecían sus intereses y de la corrupción con la cual influía en otras tantas democracias muy precarias y hasta casi nominales.
Luego de la gran crisis económica mundial de 1929 desarrolló políticas económicas y sociales de intervención del Estado (New Deal) que, junto con fortalecer aún más su progreso industrial y social, contribuyeron a mejorar la imagen excesivamente individualista que proyectaba en sus valores hacia el mundo. Mientras tanto las grandes potencias europeas eran incapaces de restablecer una auténtica paz y desarrollo en su continente que se sumía en un creciente autoritarismo, manteniendo imperios coloniales frente a pueblos cada vez más contestatarios.
Indudablemente, Estados Unidos llegó al cenit de su poder político y económico luego de la segunda guerra mundial y del Plan Marshall, que brindó un gigantesco apoyo económico a la reconstrucción de Europa occidental. Por su parte, pudo hacer triunfar su “relato” de que en la “guerra fría” con la URSS se constituía en el líder del “mundo libre” asediado por crecientes dictaduras comunistas en Europa y Asia. Además, fue el propulsor de la Organización de Naciones Unidas (ONU), que sentó como base de su accionar la obtención de la paz mundial y el respeto universal de los derechos humanos. Estos objetivos se cumplieron con la mantención de una paz mundial que contrastaba abruptamente con las dos guerras mundiales provocadas por Europa y con el proceso de descolonización afro-asiático. En América Latina su hegemonía llegó a ser total en los ámbitos económicos, políticos, militares y culturales, con una Organización de Estados Americanos (OEA) completamente subordinada.
Todo ello se vio notablemente reforzado por una gran hegemonía cultural a través de la difusión mundial de su cine y televisión. Basta recordar cómo la niñez del mundo aplaudía en el cine al ejército estadounidense cuando llegaba a salvar a los colonos del asedio de los indígenas en las películas del “far-west”. Además, a través de políticas de intercambio estudiantil y de convertir a sus universidades en un polo de atracción para el perfeccionamiento de las elites de gran parte de los países del mundo. Los artículos manufacturados “made in USA” (especialmente los automóviles) provocaban la admiración mundial.
Los primeros puntos de quiebre de dicha hegemonía fueron provocados por el gran impacto negativo de la guerra de Vietnam y el compromiso estadounidense con las feroces dictaduras de “seguridad nacional” latinoamericanas. Con ello perdió su credibilidad como factor de paz y democracia. Con la neoliberalización de la economía estadounidense, iniciada en los 80 se fue produciendo, lenta pero crecientemente, un fenómeno de desindustrialización interna que fue afectando particularmente a sus clases trabajadoras y acentuando de manera creciente la desigualdad social interna.
Pero hubo algo peor, Estados Unidos despilfarró su triunfo de la “guerra fría”, al querer aprovechar su calidad de única gran potencia exacerbando su imperialismo, en lugar de haber permitido inteligentemente los propósitos de Gorbachov de generar una “Casa común europea”, con lo que habría recuperado un liderazgo basado en la promoción de la paz y los derechos humanos. Con ello, diseñó una política destinada a confirmar a Rusia como potencia de segundo orden, y cuando Rusia intentó revertir aquella condición desarrolló una política de hostilidad con la extensión de la OTAN, secundada por una Europa subordinada. Esta política culminó en la guerra de Ucrania con Rusia, que fue considerada nefasta por una pléyade de diplomáticos e intelectuales estadounidenses de todos los “colores”, desde Henri Kissinger a Noam Chomski. Por su parte, Estados Unidos desarrolló una política de crecientes intervenciones armadas en Asia y África, al margen de Naciones Unidas (ex Yugoslavia, Libia, Siria, Afganistán) e incluso actuando en contra de sus resoluciones como fue el caso de la ocupación de Irak en 2003.
Paralelamente al deterioro económico de Estados Unidos se fue produciendo el fortalecimiento de otras economías, particularmente de China que se ha convertido en el país más desarrollado del mundo, económica y tecnológicamente. Además, China en conjunto con Rusia, India, Brasil y Sudáfrica, han constituido los BRICS, alianza que ha ido incorporando a un creciente número de países, que representan un polo económico de atracción cada vez mayor para los países del mundo, en la medida que no ha repetido las fórmulas claramente imperialistas de Estados Unidos.
El deterioro económico y político de Estados Unidos ha llegado a tal grado –a nivel mundial como nacional- que para revertirlo ha elegido por segunda vez a un presidente como Trump, que promueve aún más el carácter imperialista del país, en un afán desesperado y extremadamente voluntarista de hacer renacer su predominio mundial. “Hagamos Grande a Estados Unidos de Nuevo” (MAGA, en inglés) ha llamado a su movimiento y ha convertido su política exterior en un conjunto de amenazas, extorsiones, insultos, desprecios y ataques militares a siete países de América, Asia y África en el lapso de un año, con ataques mortales a numerosos navíos en el Caribe. Ha conmocionado y alejado al mundo, abriendo el camino para agudizar la decadencia de Estados Unidos como país líder a nivel mundial. Ha llegado a definir que el único límite de su poder lo hará “su propia moralidad”, confesión de absolutismo político-moral difícilmente superable y en contradicción con las concepciones básicas de la humanidad actual.
Al interior de su territorio ha desarrollado una virtual guerra interna contra los inmigrantes, ha terminado con gran parte de la ayuda externa que efectuaba a través de la USAID y de diversos organismos de la ONU y ha promovido una política hostil en contra de los estudiantes extranjeros.
Además, con sus amenazas de invasión a Groenlandia, de aumento de aranceles a Europa y Canadá y de sus insistentes declaraciones de que Canadá “debe ser parte de Estados Unidos”, ha terminado alienándose la amistad de casi todos sus más estrechos aliados históricos (¡Europa y Canadá!). Y con su declaración de que América Latina debe responder a los intereses fundamentales de Estados Unidos está perdiendo también la escasa simpatía que aún le quedaba en la región. Más aún cuando en el caso de Venezuela se ha evidenciado que la “guerra contra las drogas” y su compromiso con la democracia fueron meros pretextos, puesto que su interés se orienta al control de su petróleo y a bloquear la creciente presencia económica de China y Rusia en el país.
Por último, el gobierno de Estados Unidos ha llegado al extremo de querer sustituir ¡a la propia ONU! al crear una nueva organización denominada “Junta o Consejo de Paz” presidida por él mismo que, si bien se anunció que nacía para enfocarse en el conflicto del Medio Oriente, ha trascendido que ¡no hace en sus estatutos ni una mención de Gaza!, enfocándose en términos generales en abordar situaciones bélicas, dando pie a una organización de carácter permanente. Y aunque habría incorporado entre sus miembros a una treintena de Estados cuyos presidentes buscan la simpatía de Trump, no ha incorporado a ninguno de los países más relevantes. Es claro que dicho intento repugna a todos quienes buscan en el mundo una auténtica paz y respeto de los derechos humanos, tanto personales como de los pueblos.
Es sabido que con el puro ejercicio de la fuerza militar o de la amenaza se podrán obtener victorias temporales, pero aseguran una derrota futura. Como decía un renombrado diplomático hace más de dos siglos: “con las bayonetas puede conseguirse todo, menos sentarse sobre ellas”. Triste ocaso el de Estados Unidos…













