por Ahmet T. Kuru, catedrático de Ciencias Sociales de la Universidad de San Diego y autor de Islam, Autoritarism and Underdevelopment. Este artículo se publicó originalmente en The Conversation

 

No esperaba que mi gira literaria por Malasia acabara con una confrontación con hombres que se identificaron como policías en un aeropuerto de Kuala Lumpur.

Llegué a este país de mayoría musulmana a principios de enero de 2024 para promocionar la traducción al malayo de mi libro «Islam, autoritarismo y subdesarrollo», un análisis académico de las crisis políticas y socioeconómicas a las que se enfrentan hoy muchas sociedades musulmanas.

Pero mi visita atrajo una atención injustificada. Algunos conservadores e islamistas me tacharon de «liberal» en las redes sociales, término utilizado por la agencia federal de Malasia que administra los asuntos islámicos para denotar a quienes están en contra de la religión oficial, el islam suní. A esto siguió la cancelación del acto de presentación de mi libro.

De todos modos, continué con las demás ponencias de mi programa. Dos hombres que se identificaron como policías acudieron a mi último acto e interrogaron a mi editor.

Al día siguiente, los mismos hombres me interrogaron e intentaron confiscar mi pasaporte en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur cuando iba a embarcar en un vuelo a Pakistán. Preocupado por mi seguridad, cancelé una serie de conferencias previstas en Lahore e Islamabad y regresé a Estados Unidos.

Cuando el incidente se convirtió en noticia nacional, el inspector general de la policía de Malasia negó que el gobierno hubiera enviado agentes en mi búsqueda. Sin embargo, una agrupación de defensa de los derechos humanos ha pedido una investigación más exhaustiva de mi caso.

Como estudioso de la religión y la política desde una perspectiva comparada, no veo esta experiencia como un ejemplo aislado de intolerancia religiosa en países de mayoría musulmana. Por el contrario, apunta hacia algo más amplio.

Mi investigación demuestra que existe una tendencia mundial creciente contra las opiniones religiosas disidentes y minoritarias. Analizar esta tendencia es crucial para entender por qué líderes populistas de derechas gobiernan ahora diversos países, como Turquía, Rusia, Israel e India, y cómo pueden llegar al poder en otros lugares, como los Estados Unidos.

Todos estos países han experimentado recientemente la combinación de tres movimientos: conservadurismo religioso, nacionalismo y populismo.

Religión y nacionalismo: Viejos enemigos, nuevos aliados

Tanto en la historia cristiana como en la musulmana, el nacionalismo surgió como reacción al establishment religioso. Estudiosos del nacionalismo como Benedict Anderson explican sus orígenes en Europa después del siglo XVI por la expansión de las lenguas vernáculas, las iglesias nacionales y los Estados-nación a expensas del latín, el Vaticano y las dinastías de orden divino.

Del mismo modo, en muchos países de mayoría musulmana se produjo una tensión entre islamistas y nacionalistas. Los islamistas defendían la educación religiosa tradicional y la ley islámica, y hacían hincapié en la identidad islámica global. Los nacionalistas, sin embargo, modernizaron las escuelas, establecieron leyes laicas y subrayaron la identidad nacional.

Esta tensión continuó a lo largo del siglo XX en Turquía, donde los nacionalistas liderados por Mustafa Kemal Ataturk fundaron una república laica en la década de 1920. En Egipto hubo una lucha similar entre los islamistas Hermanos Musulmanes y los militares nacionalistas que construyeron la república bajo el liderazgo del secularista Gamal Abdel Nasser en la década de 1950.

Hoy, sin embargo, las fuerzas religiosas y nacionalistas a menudo son aliadas políticas. En Rusia existe desde hace una década una alianza de este tipo entre el Patriarca ortodoxo Kirill y el Presidente Vladimir Putin. Se han ampliado las leyes que castigan los insultos a los sentimientos religiosos y los valores cristianos ortodoxos han vuelto a estar presentes en los programas escolares.

Los analistas definen el firme apoyo de Kirill a la invasión de Ucrania por Putin como un reflejo de la ideología nacionalista que comparten.

En Turquía, la principal autoridad religiosa es la Diyanet, una agencia gubernamental que controla las mezquitas y paga los salarios de sus imanes. Aunque la Diyanet fue creada por Ataturk para servir a las políticas nacionalistas laicas, se ha convertido en un pilar importante del gobierno del presidente Recep Tayyip Erdogan, que mezcla islamismo con nacionalismo. Mientras que el Partido de la Justicia y el Desarrollo de Erdogan representa el islamismo, su socio de coalición durante una década, el Partido de Acción Nacionalista, tiene un programa explícitamente nacionalista.

En el mundo árabe, en los años cincuenta y sesenta hubo una pugna entre el Egipto nacionalista laico de Nasser y el Estado islámico de Arabia Saudí. Ya no es así. Egipto, que se ha pasado al islamismo con una constitución que hace referencia a la sharia como fuente de derecho desde 1980, y Arabia Saudí, que se ha vuelto menos islamista y más nacionalista gracias a las reformas del príncipe heredero Mohammed bin Salman, son ahora aliados regionales.

La era de los líderes populistas

¿Qué explica esta transformación en la relación entre religión y nacionalismo? Creo que el populismo es el pegamento que los une.

Los populistas afirman que defienden «al pueblo» tanto contra las élites como contra las minorías, especialmente los inmigrantes.

Últimamente, los líderes nacionalistas populistas han utilizado símbolos religiosos para movilizar a sus seguidores. Por ejemplo, en 2016, Putin inauguró una catedral ortodoxa en París, a orillas del río Sena, cerca de la Torre Eiffel. Y en 2020, Erdogan volvió a declarar mezquita a Santa Sofía, que había sido iglesia durante más de un milenio hasta la conquista otomana de Estambul en 1453 y mezquita durante unos 500 años hasta que Ataturk la convirtió en museo.

Recientemente, el 22 de enero de 2024, el Primer Ministro de la India, Narendra Modi, inauguró un templo hindú en Ayodhya, en el lugar donde se encontraba una mezquita construida en 1528, pero destruida violentamente en 1992 por radicales hindúes, tras un siglo de controversias por el terreno.

Y aunque el expresidente estadounidense Donald Trump no estableció una catedral, sí se hizo una foto sosteniendo una Biblia en un momento crucial -durante las protestas de Black Lives Matter en junio de 2020- como muestra de su política religiosa contra las manifestaciones de oposición.

En tales actos, los líderes populistas pretenden incorporar la religión y el nacionalismo al servicio de su agenda política. Sin embargo, para las minorías religiosas, este simbolismo puede implicar que son ciudadanos de segunda categoría.

El futuro de las minorías religiosas

En varios países, las alianzas entre fuerzas religiosas y nacionalistas populistas han amenazado los derechos de las minorías.

Uno de ellos es Malasia, un país étnica y religiosamente diverso, donde los malayos musulmanes son mayoría, mientras que las comunidades budistas, cristianas e hindúes constituyen un tercio de la sociedad.

Como pude comprobar en mi reciente visita, el Islam está en el centro de los debates políticos sobre el nacionalismo en Malasia. Por ejemplo, el 13 de enero de 2024, Mahathir Mohamad, el otrora poderoso ex primer ministro, afirmó que los ciudadanos de etnia china e india de Malasia no son totalmente «leales al país» y ofreció la asimilación como una solución.

La asimilación de las minorías étnicas a la mayoría puede no estar limitada por la lengua y la cultura, porque la Constitución del país vincula el Islam y la identidad malaya, al afirmar: «Malayo significa una persona que profesa la religión del Islam, habla habitualmente la lengua malaya y se ajusta a las costumbres malayas».

Para los malayos y los conversos, abandonar el islam oficialmente no es una opción: tanto los tribunales civiles como los de la sharia lo han rechazado en varios casos.

La fuerte conexión entre religión y nacionalismo malayo ha ayudado a que las autoridades islámicas, como los tribunales y la policía de la sharia, amplíen su influencia. Sin embargo, la creciente islamización del gobierno malayo preocupa a las minorías no musulmanas.

Mientras tanto, las minorías musulmanas están preocupadas por sus derechos en varios países no musulmanes gobernados por nacionalistas populistas.

En la India, según Freedom House, el gobierno de Modi ha aplicado políticas discriminatorias contra la minoría musulmana de unos 200 millones de personas. Estas políticas han incluido la destrucción de propiedades musulmanas hasta el punto de que las excavadoras se han convertido en símbolos «nacionalistas hindúes» y «antimusulmanes«.

En los Estados Unidos, las políticas antiinmigración de Trump incluyeron la llamada «prohibición musulmana«, una orden ejecutiva que prohibía la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de determinados países de mayoría musulmana. Durante su campaña para las próximas elecciones de 2024, Trump prometió volver a aplicar la prohibición de forma ampliada.

Como demuestra la experiencia de muchos países de todo el mundo, la tendencia a promover un programa nacionalista religioso restringe las voces de las minorías. Esta tendencia constituye un gran desafío a los ideales de democracia e igualdad de los ciudadanos de todo el planeta.

Estas preocupaciones son también personales para mí: como estadounidense musulmán, quiero seguir disfrutando de una ciudadanía igualitaria en Estados Unidos y dar charlas sobre el Islam en países de mayoría musulmana sin ser acosado por la policía.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen