Dice el diccionario de la Real Academia Española que discriminar es “seleccionar excluyendo”. Así que hablar de discriminación es equivalente a hablar de exclusión.

Por Roberto Kohanoff e Isabel Lazzaroni

Otra definición que da la Real Academia de lo que significa discriminar es: “dar trato desigual a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, de sexo, etcétera”. Así que hablar de discriminación también es hablar del trato dado o recibido.

Y aquí es donde entra a jugar la Regla de Oro, que dice: Trata a los demás como quieres que te traten…

Aquí es donde me tengo que preguntar: ¿quiero yo que me den un trato desigual? ¿Quiero yo que me excluyan?

Porque si yo no quiero tal trato, o tal mal trato para ser más precisos, cuando yo excluyo a otro, cuando lo discrimino, entro en contradicción. Porque lo que estoy haciendo no coincide con lo que pienso y con lo que siento, que es que no me gustaría recibir tal maltrato.

La Regla de Oro es el principio número 10 de los Principios de Acción Válida del humanismo siloísta. En el libro La Mirada Interna está enunciado de la siguiente forma: “Cuando tratas a los demás como quieres que te traten, te liberas”.

Este principio es el único que Silo retoma al escribir El Camino –última parte del libro El Mensaje de Silo-, donde dice: “Aprende a tratar a los demás del modo en que quieres ser tratado”.

Cabe aclarar que la Regla de Oro no es un principio exclusivo del humanismo. Se trata de un “principio moral, muy difundido entre diversos pueblos, revelador de la actitud humanista”, según consigna el Diccionario Humanista.

A modo de ejemplo, vale recordar otras maneras de enunciar este principio:

El rabino Hillel, un maestro y erudito judío que vivió en Jerusalén en el siglo I antes de Cristo, afirmaba: “lo que no quieras para ti no lo hagas a tu prójimo”.

El sabio filósofo griego Platón decía: “que me sea dado hacer a los otros lo que yo quisiera que me hicieran a mí».

Confucio, el pensador chino que vivió cinco siglos antes de Cristo, formulaba este principio así: “no hagas a otro lo que no te gustaría que te hicieran”.

El jainismo, religión de la India que se originó en el el siglo VI antes de Cristo, tiene la siguiente máxima: “El hombre debe esforzarse por tratar a todas las criaturas como a él le gustaría que lo tratasen”.

En el cristianismo se dice: “Todas las cosas que quisierais que los hombres hicieran con vosotros, así también haced vosotros con ellos”.

Y entre los sikhs, miembros de una religión que es un sincretismo entre el hinduismo y el islam, que apareció en el siglo XV de nuestra era, se decía: “Trata a los demás como tú quisieras que te trataran”.

Así que, como vemos, la Regla de Oro existe desde la Antigüedad.

Y es un principio que coincide plenamente con la visión que los humanistas siloístas tenemos acerca del ser humano. Porque cuando nosotros hablamos en contra de cualquier tipo de discriminación, cuando hablamos del respeto por la diversidad, cuando hablamos del derecho a elegir las condiciones de vida a las que aspiramos para nosotros y para los demás, está resonando esta moral, este principio de comportamiento.

Ahora bien, en este principio hay dos términos. Por un lado está el trato que uno requiere de los demás. Y por otro, el trato que uno está dispuesto a dar a los demás.

Para entender mejor esto, me remito al Manual de Temas Formativos y de Prácticas para los mensajeros de Silo.

A. El trato que uno requiere de los demás

La aspiración común se dirige a recibir un trato sin violencia y a reclamar ayuda para mejorar la propia existencia. Esto es válido aun entre los más grandes violentos y explotadores que reclaman colaboración de otros para el sostenimiento de un orden social injusto. El trato requerido es independiente del que se está dispuesto a dar a los demás.

B. El trato que uno está dispuesto a dar a los demás

Se suele tratar a los demás utilitariamente como se hace con diversos objetos, con las plantas y con los animales. No hablamos del extremo del trato cruel porque, después de todo, no se destruye a los objetos que se desea utilizar. En todo caso, se tiende a cuidar de ellos siempre que su conservación gratifique o rinda alguna utilidad presente o futura. Sin embargo, hay algunos “otros” un tanto perturbadores: son los llamados “seres queridos”, en los que su sufrimiento y su alegría nos produce fuertes conmociones. En ellos se reconoce algo de uno y se los tiende a tratar del modo en que se quisiera ser tratado. Hay pues un salto entre los seres queridos y aquellos otros en los que uno no se reconoce.

C. Las excepciones

Con referencia a los “seres queridos”, se tiende a darles un trato de ayuda y cooperación. También sucede con aquellas personas extrañas en la que se reconoce algo de uno, porque la situación en que el otro se encuentra hace recordar la propia situación, o porque se calcula una situación futura en la que el otro se podría convertir en factor de ayuda para uno. En todos estos casos se trata de situaciones puntuales que no igualan a todos los “seres queridos” y que no se extienden a todos los extraños.

D. Las simples palabras no fundamentan nada

Uno desea recibir ayuda, ¿pero por qué habría de darla a otros? Palabras como “solidaridad” o “justicia” no son suficientes; se dicen con un trasfondo de falsedad, se dicen sin convicción. Son palabras “tácticas” que se suelen utilizar para promover la colaboración de otros, pero sin darla a otros. Esto puede llevarse más allá todavía, hacia otras palabras tácticas como “amor”, “bondad”, etc. ¿Por qué se habría de amar a alguien que no es un ser querido? Es contradictoria la frase: “amo al que no amo”, y es redundante decir: “amo al que amo”. Por otra parte, los sentimientos que aparentan representar esas palabras se modifican continuamente y puedo comprobar que amo más o amo menos al mismo ser querido. Por último, las capas de ese amor son diversas y complejas; esto aparece claramente en frases como: “Amo a X, pero no lo soporto cuando no hace lo que quiero”.

E. La aplicación de la Regla de Oro desde otras posiciones

Si se dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo por amor a Dios”, se presentan por lo menos dos dificultades. 1. Debemos suponer que se puede amar a Dios y admitir que ese “amor” es humano, entonces la palabra no es adecuada; o bien amamos a Dios con un amor que no es humano, en cuyo caso la palabra tampoco es adecuada, y 2. No se ama al prójimo sino indirectamente, por medio del amor a Dios. Doble problema: desde una palabra que no representa bien la relación con Dios, debemos traducirla a los sentimientos humanos.

Desde otras posiciones se dicen cosas como éstas: “Se lucha por solidaridad de clase”, “se lucha por solidaridad con el ser humano”, “se lucha contra la injusticia para liberar al ser humano”. Aquí seguimos con la falta de fundamento: ¿por qué habría de luchar por solidaridad o para liberar a otros? Si la solidaridad es una necesidad, no es una cuestión que pueda elegir, en cuyo caso poco importa que lo haga o no lo haga ya que no depende de mi elección; si en cambio es una elección, ¿por qué habría de elegir esa opción?

Otros dicen cosas más extraordinarias, como por ejemplo: “en el amor al prójimo nos realizamos”, o bien: “el amor al prójimo sublima los instintos de muerte”. ¿Qué podríamos decir de esto cuando la palabra “realizarse” no está clara si no se presenta el objetivo, cuando la palabra “instinto” y la palabra “sublimación” son metáforas de una Psicología mecanicista hoy ya, a todas luces, insuficiente?

Y no faltan los más brutales que predican: “Ud. no puede obrar fuera de la Justicia establecida que está hecha para que todos nos protejamos mutuamente”. En este caso, no se puede reclamar desde esa “Justicia” ninguna actitud moral que la sobrepase.

En fin, quedan algunos que hablan de una Moral Natural zoológica, y aun otros que definiendo al ser humano como “animal racional” pretenden que la moral se derive del funcionamiento de la razón de dicho animal.

Para todos los casos anteriores, no cuadra bien la Regla de Oro. No podemos estar de acuerdo con ellos aun cuando nos digan que, con otras palabras, estamos hablando de lo mismo. Está claro que no estamos hablando de lo mismo.

¿Qué habrán sentido en los distintos pueblos y momentos históricos todos aquellos que hicieron de la Regla de Oro el principio moral por excelencia? Esta fórmula simple, de la que puede derivarse una moral completa, brota de la profundidad humana sencilla y sincera. A través de ella, nos develamos a nosotros mismos en los demás. La Regla de Oro no impone una conducta, ofrece un ideal y un modelo a seguir al par que nos permite avanzar en el conocimiento de nuestra propia vida. Tampoco la Regla de Oro puede convertirse en un nuevo instrumento de la moralina hipócrita, útil para medir el comportamiento de los otros. Cuando una tabla “moral” sirve para controlar en lugar de ayudar, para oprimir en lugar de liberar, debe ser rota. Más allá de toda tabla moral, más allá de los valores de “bien” y “mal” se alza el ser humano y su destino, siempre inacabado y siempre creciente.

Bueno, hasta aquí, lo que dice el manual.

Volvamos entonces a este Principio de trata a los demás como quieres que te traten.

Esto, dicho en palabras muy simples, significa que si tú no quieres que te roben tus pertenencias, por lógica tú no les robarás a otros. Si no te parece adecuado que te agarren a palos, tú no golpearás a otros. Si no quieres ser objeto de burlas, o de chismes, o de mentiras, tampoco te burlarás de otros ni fabricarás chismes ni dirás mentiras.

Es como una regla de simetría de conductas: yo no quisiera que un criminal me asesinara, entonces me doy cuenta de que yo tampoco tengo derecho de matar a nadie. No es tan difícil, no? Requiere muy poco esfuerzo mental para entenderse. Hasta un político lo puede entender.

Bueno, este es el punto. Entenderlo es fácil. Ponerlo en práctica es lo que nos resulta difícil. Porque se trata de ser capaces de ponernos en el lugar del otro. De no responder a la violencia con violencia.

Y esto nadie nos ha enseñado a hacerlo. Ni en la casa. Ni en la escuela. Ni que hablar en el lugar de trabajo donde la competencia y pasar por encima del otro suele ser la regla básica.

Eso es lo que vamos a trabajar en este taller. Vamos a tener una experiencia sobre cómo se hace para tratar a los demás como quiero que me traten. Y ojalá esta experiencia sirva para que nos den ganas, cada día, de poner en práctica la Regla de Oro.