Junto con el alivio de poner fin a la guerra más larga en la historia moderna de Estados Unidos, tenemos que reconocer los horrores de lo que estamos dejando atrás en Afganistán.

Por Sonali Kolhatkar

Cuando a principios de julio un reportero le preguntó a Joe Biden sobre la guerra en Afganistán, el presidente de Estados Unidos le respondió: «Quiero hablar de cosas felices, hombre». Biden reveló, quizá sin quererlo, que la situación en Afganistán es cualquier cosa menos un tema feliz. Podría haber sido una de las respuestas más reveladoras de un presidente en ejercicio sobre la guerra más larga en la historia moderna de Estados Unidos.

El presidente cambió de enfoque, diciendo: «La economía está creciendo más rápido que en cualquier otro momento en 40 años, tenemos un número récord de nuevas plazas de trabajo, las muertes por COVID se han reducido en un 90%, los salarios han aumentado más rápido que en cualquier otro momento en 15 años, estamos trayendo a nuestras tropas a casa». El fin de la guerra no es más que la cereza del pastel que parece regalar al público estadounidense: el fin a una guerra además de la paz, la prosperidad y la salud en casa (aunque estos logros sean más marketing que realidad).

Como mínimo, se puede reconocer el mérito de Biden por haber puesto fin formalmente al papel de Estados Unidos en la guerra, aunque no haya dicho nada sustancial sobre la devastación que hemos provocado durante años. Los miembros del Caucus Progresista del Congreso dijeron que «elogian al presidente Biden por cumplir su compromiso de poner fin a la guerra más larga de la historia de Estados Unidos» y consideraron que su retirada de las tropas significa que «no hay solución militar en Afganistán». (No mencionaron el papel de Biden en la prolongación de la guerra durante la presidencia de Obama).

Los que se oponen a la guerra saben desde 2001 que no hay solución militar a la violencia fundamentalista patrocinada por Estados Unidos que asolaba Afganistán en ese momento. Más violencia de este tipo -que es en gran medida lo que ofreció Estados Unidos durante casi 20 años- sólo empeoró las cosas.

Al anunciar el final de la guerra y pasar a lo que él consideraba temas «felices», Biden alimentó la «propaganda del silencio» a la que mi coautor James Ingalls y yo nos referimos en el subtítulo de nuestro libro de 2006 Bleeding Afghanistan. Durante mucho tiempo se ha hecho un esfuerzo deliberado por restar importancia a los fracasos de Estados Unidos y pintar una imagen color de rosa de una guerra cuya victoria siempre ha estado a la vuelta de la esquina.

Pero no hay un final feliz para los afganos, y nunca se pretendió que lo hubiera.

A los afganos, ya cansados de una guerra interminable en 2001, se les prometió democracia, derechos para las mujeres y paz. Pero en su lugar, Estados Unidos ofreció elecciones, una teórica liberación de las mujeres y una ausencia de justicia, al tiempo que defendía a los corruptos señores de la guerra armados y a sus milicias. Al tratar de poner fin a la debacle, los diplomáticos estadounidenses se negaron a involucrar al gobierno afgano (ciertamente defectuoso) que habían ayudado a construir como baluarte contra el fundamentalismo, y en su lugar entablaron conversaciones de paz con los talibanes, el mismo «enemigo» de la democracia, las mujeres y la paz contra el que Estados Unidos había pasado casi dos décadas luchando. Ahora, mientras los combatientes fundamentalistas reclaman más territorio del que han controlado en décadas, y los talibanes han empezado, como era de esperar, a reimponer las restricciones de la época medieval a las mujeres, los afganos corrientes, incluidas estas mujeres, están tomando las armas para luchar contra ellos. ¿Fue ésta la liberación que Estados Unidos prometió a las mujeres afganas?

Incluso la forma de retirar las tropas estadounidenses fue tan vergonzosa como el desastre que Estados Unidos está dejando atrás. La Associated Press informó que los militares estadounidenses abandonaron el aeródromo de Bagram a principios de julio en plena noche, sin coordinarse adecuadamente con los comandantes del ejército afgano que estaban esperando tomar el relevo. Tras su marcha, un «pequeño ejército de saqueadores» desvalijó los millones de artículos financiados por los contribuyentes que habían dejado las tropas estadounidenses, entre los que se encontraban armas pequeñas y munición. Más tarde, un soldado afgano declaró amargamente a la AP: «En una noche, perdieron toda la buena voluntad de 20 años al marcharse de la forma en que lo hicieron, de noche, sin avisar a los soldados afganos que estaban fuera patrullando la zona».

Los afganos tienen muchas razones para ser cínicos. «Los estadounidenses dejan un legado de fracaso, han fracasado en la contención de los talibanes y en la corrupción», declaró un comerciante en Bagram. Otro mecánico de automóviles le manifestó a Reuters: «Vinieron bombardeando a los talibanes y se deshicieron de su régimen, pero ahora se han ido cuando los talibanes están tan empoderados que tomarán el control en cualquier momento».

Phyllis Bennis, directora del Proyecto New Internationalism del Instituto de Estudios Políticos, me explicó en una entrevista que existe la probabilidad de que estalle una guerra civil, pero advirtió: «Creo que sería un error verlo como una nueva guerra civil.» Bennis, que es autora de varios libros, entre ellos Understanding ISIS and the New Global War on Terror y Ending the U.S. War in Afghanistan, añadió: «Esto sería en cierto sentido una continuación de la guerra civil existente.»

Con ello quiere decir que, durante los últimos 20 años, Estados Unidos se ha insertado esencialmente en una guerra civil existente entre los talibanes y los señores de la guerra fundamentalistas de la Alianza del Norte, que habían contado con el apoyo previo de Estados Unidos. Los talibanes habían ganado esa guerra en 1996, «no por el extremismo de sus definiciones de la ley religiosa, sino a pesar de ello», dice Bennis. Pero en 2001, tras los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos reinició esa guerra civil bombardeando Afganistán y devolviendo el poder a los señores de la guerra de la Alianza del Norte junto con un gobierno títere en Kabul.

Más de 200.000 vidas y 2 billones de dólares después, EE.UU. está dejando en gran medida la misma dinámica básica. La mayoría de las guerras son una farsa. Pero si alguna vez hubo un caso de manual acerca de la inutilidad de la guerra, los 20 años de militarismo estadounidense en Afganistán ofrecen un ejemplo brillante.

El ex secretario de Defensa Leon Panetta repitió en un artículo de opinión en CNN.com la misma lista de logros cansinos y vacíos que otros defensores de la guerra: «el establecimiento de un gobierno democrático, la ampliación de los derechos de las mujeres, un mejoramiento de la educación y el éxito de las operaciones para diezmar el núcleo de Al Qaeda y llevar a Osama Bin Laden ante la justicia». Pero luego pasó a citar todas las formas en que estos aparentes éxitos se han deshecho y que la única forma de evitar que los talibanes fomenten la violencia en el futuro es «continuar con las operaciones antiterroristas.».

El estrecho espectro de acciones que las élites estadounidenses han ofrecido sobre Afganistán va desde la idea de Biden de retirar las fuerzas (mientras pretende que todo está bien), hasta una presencia militar interminable según Panetta. En otras palabras, los afganos nunca estuvieron destinados a tener un final feliz. La guerra y el militarismo no ofrecen esa solución. No se puede bombardear una nación para conseguir la democracia, los derechos de las mujeres y la paz. Esas cosas se construyen internamente mediante instituciones y redes dirigidas por la sociedad civil, libres de violencia, y que se comprometen, apoyan, financian y nutren. Durante 20 años, Estados Unidos se preocupó poco por estas cosas.

En su favor, el Caucus Progresista del Congreso exigió a Biden que, además de retirar las tropas, «Estados Unidos debe apoyar los esfuerzos de paz y reconstrucción en Afganistán». En su declaración, los legisladores dijeron: «animamos a la administración de Biden a poner rápidamente en marcha una estrategia diplomática multilateral para un proceso inclusivo e intraafgano que permita alcanzar una paz sostenible.» Pero parece haber poco apetito por tales soluciones dentro de la administración de Biden. Y los estadounidenses siguen siendo en gran parte felizmente ambivalentes de cualquier manera.

Si tan sólo Biden, Panetta y otros tuvieran el valor de admitir que la guerra en Afganistán fue en última instancia un ejercicio de arrogancia imperialista estadounidense. Fue una costosa y mortal paliza a una pobre nación que se atrevió a acoger a una facción terrorista que atacó a Estados Unidos, un costoso mensaje al mundo de que un ataque a Estados Unidos no quedará impune. Eso es todo lo que se pretendía, y cuando se escriban las historias de la guerra, uno sólo puede esperar que este hecho tan crudo quede claro.

La mayoría de los ciudadanos afganos lo entienden, aunque los estadounidenses no lo hagan. «Tenemos que resolver nuestro problema. Tenemos que asegurar nuestro país y volver a construirlo con nuestras propias manos», declaró el general Mir Asadullah Kohistani, el nuevo comandante del aeródromo de Bagram. Sayed Naqibullah, el comerciante entrevistado por Reuters hizo eco de esta afirmación, diciendo: «En cierto modo, estamos contentos de que se hayan ido… Somos afganos y encontraremos nuestro camino».

Este artículo ha sido elaborado por Economy for All, un proyecto del Instituto de Medios Independientes.


Sonali Kolhatkar es la fundadora, presentadora y productora ejecutiva de «Rising Up With Sonali«, un programa de televisión y radio que se emite en Free Speech TV y en las emisoras de Pacifica. Es becaria de redacción del proyecto Economy for All del Independent Media Institute.

 


Traducido al español por Nathaly Peñaloza P.

El artículo original se puede leer aquí