La migración ha sido una gran bendición para la humanidad. La movilidad humana ha hecho posible poblar nuestra casa común con la diversidad que representa la especia humana. Que personas, familias, grupos, comunidades y sociedades se dispersen por la tierra ha traído la diversidad de pueblos, regiones y países que hacen parte de los territorios en donde hemos vivido por los siglos de los siglos. Originariamente hemos enfrentado los retos de la migración para que nuestra especie conviva en su día a día con otras especies en los hermosos lugares que vegetaciones, mares y ríos han dado paso a nuestro asentamiento como seres que pensamos, sentimos, y emocionamos desde nuestra espiritualidad que busca la experiencia humana.

Pero la migración no ha sido una bendición cuando ha representado la huida, la persecución, la desigualdad, el control sobre los recursos naturales, la muerte, el abandono del territorio que nos acoge y que hemos tenido que hacerlo ante el peligro de perder la vida. Esta migración forzada en busca del asilo, del refugio, de la protección internacional nos enfrenta como especie a la trata de personas, a la explotación sexual, a las violencias de todo tipo, a la discriminación, a la xenofobia y -lo peor- a la pobreza, al hambre y al dolor de la muerte y la desaparición. Las luchas entre unos pueblos y otros han generado la destrucción, y entonces se migra hacia el odio, se migra hacia el irrespeto, hacia el sinsentido y la pérdida de la fuente de vida.

A esta migración forzada de poblaciones que huyen de las guerras, de las crisis económicas, políticas, de las luchas religiosas, de las confrontaciones territoriales, de los conflictos humanos resueltos con las armas, hay que acogerla, acompañarla, promoverla, protegerla e integrarla a los caminos de la esperanza. Es necesario impregnar esta dura realidad de migrar forzadamente, a la realidad de la ESPERANZA, construida con acciones de solidaridad, de respeto, de satisfacción de las necesidades humanas fundamentales, para que, como toda vida digna, alcance la realización personal plena.

Son necesarios cambios profundos en nuestras sociedades, en nuestras comunidades, en grupos familias y personas, para comprender que solo por estos caminos de la esperanza podremos construir realidades de paz sin violencia, convivencia con justicia, armonía sin exclusión, equidad con dignidad. No podemos seguir habitando nuestra madre tierra del yo, distante del tú y de él y ella. Somos un nosotros que mezcla el vosotros y el ellos y ellas. Juntos saldremos de esta realidad que enfrentamos en esta década del 2020 al 2030. MIGRAR HACIA LA ESPERANZA, en 3 videos y 3 audios de un minuto cada uno, anima a recorrer la senda esperanzadora del testimonio que ejemplifica de qué manera las poblaciones migrantes forzadas, refugiadas y en condición de necesidad de protección internacional en Ecuador, viven la realidad de la Frontera, la Humanidad y la Vida.

Frontera:

 

Humanidad:

 

Vida:

 

En colaboración con el Servicio Jesuita a Refugiados – JRS Ecuador.

Texto: Fernando López Forero, Director Nacional JRS Ecuador.