El Carnaval es la fiesta de la purificación, de la liberación y de las bromas que hacen reír. Pero, en este momento histórico, ¿qué significado tiene?

El Carnaval proviene del latín carnem levare, que significa, literalmente, quitar la carne; es una costumbre que, con la llegada del cristianismo, se celebra desde el primer día de la Cuaresma en donde predomina la abstinencia y se renuncia al consumo de carne. En la actualidad no se sigue esta práctica como en el pasado, cuando era escasa y, por ende, era más fácil abstenerse. El martes de Carnaval es el último día de esta fiesta, donde, antiguamente, se servía el último festín pantagruélico y era la oportunidad de divertirse, hacer bromas y disfrutar de fiestas y tertulias. Esta última palabra se ha convertido en el símbolo de lo prohibido. Sin embargo, este año lo hemos celebrado como siempre.

El Carnaval es una fiesta antigua que se remonta a una época relativamente cercana a nosotros en Occidente: los griegos con las fiestas Dionisíacas (en honor al dios Dioniso que renacía, como en las cosechas, en la primavera) y los romanos con los Saturnales (en honor a Saturno, dios de la agricultura). Ambas eran ocasiones de festejo excesivo, en las que el orden y el respeto por las reglas se subvirtieron para disfrutar de un entretenimiento que lindaba con el libertinaje. Quizá, por esa razón, nos disfrazábamos para no ser reconocidos debido a los comportamientos que no eran convencionales y tenían una dosis de diversión, y nos poníamos la máscara para poder ser alguien diferente a nosotros mismos. No obstante, desde hace un año, nos escondemos para evitar contagiarnos y no para divertirnos. Era y es necesario dar rienda suelta a los impulsos reprimidos. Los seres humanos desde que viven en comunidad han sentido malestar cuando se trata de respetar las reglas, pues a todo el mundo, aunque no esté bien, le gustaría hacer todo lo que pasa por su cabeza. Las normas son una carga para la libertad (no se lo puede negar), pero es fundamental seguirlas para no violar la libertad de los demás, para tener una vida sin peligros o abusos.

En la actualidad, hay costumbres inspiradas en las fiestas orgiásticas del pasado. En Holanda, por ejemplo, está prohibido beber alcohol en la vía pública; todos respetan esta regla porque saben que una vez al año, en el cumpleaños de la Reina, corren ríos de cerveza por las calles y dan rienda suelta a su deseo de embriagarse. Puedo testificar lo impresionante que es presenciar lo que sucede en las calles de Ámsterdam durante el cumpleaños real y eso hace reflexionar sobre la represión social.

El Carnaval como un momento de renacimiento —representado con desfiles de máscaras, bromas y carrozas alegóricas— es, hoy en día, imposible de realizar mientras la mascarilla contra la Covid-19 represente, simbólicamente, una fuente adicional de represión; no es posible festejar por la pandemia. Además de traer la enfermedad y la muerte del cuerpo, este terrible enemigo invisible trae el mal al alma.

Sabemos que las tertulias (por ahora) son mortales, pero también es terrible reprimir los impulsos sociales que llevan, incluso, a renunciar al Carnaval y a esto se suma la broma infinita del cambio constante de la emergencia sanitaria. Las últimas decisiones que se han tomado, como aquellas sobre las empresas que tuvieron que cerrarse, además de destrozar el alma, destrozan el trabajo de muchas personas. Sabemos que la salud del prójimo es importante —lo han repetido una y otra vez— pero nuestra opinión también lo es. El Carnaval es el símbolo de una vida enjaulada, uno que comunica con certeza, según un calendario riguroso y fidedigno, lo que no se nos da, un poco de ese pan y circo de la memoria latina, ese bocado que se entrega a la plebe para mantenerla callada. A menos que solo necesitemos Internet y un poco de comida para conectarnos por Zoom o la última happy hour antes de movernos con gran habilidad entre la zona amarilla a la naranja o a la roja. En definitiva, el «Carnaval» como liberación también se ha convertido en una promesa esquiva, continuamente incumplida y, por tanto, violada.


Traducción del italiano por Gabriela Armas

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