Diarios de bicicleta

19.03.2021 - Ciudad de Buenos Aires, Argentina - Néstor Impemba

Diarios de bicicleta
(Imagen de MabelAmber/pixabay)

A las 9 de la mañana de un lunes, Carlitos le dijo a su amiga Estela que se llevaba a Maia, la hija de 7 años de la nombrada, de paseo. Prometió cambiarle la bicicleta a la nena por otra más linda. Maia le había contado entusiasmada a su mamá que Carlitos le prometió llevarla al zoológico. Denunciaron el rapto a las 4 y algo de esa tarde. Lo encontraron el jueves a las 8, con la pequeña sana y salva. Maia y su mami conocían a Carlitos desde hacía cerca de un mes: todos vivían en la calle, y juntaban desperdicios de la buena vida de otros, para acumularlos en carpas de impresentables lonas, a la vera de una avenida, en la zona más pobre de la Capital argentina. Ganándose la confianza de la niña, el hombre se la llevó a un paseo que terminó 72 horas después, a más de 60 km de su lugar en el mundo (casa no era). A todo esto, desde la llamada a Emergencias a que una patrulla detuviera al individuo y contuviera a Maia, se sucedieron miles de policías, docenas de perros, cientos de horas de cámaras de vigilancia, dos Secretarios de Seguridad de diferentes jurisdicciones territoriales, miles de vecinos en alerta permanente en el Barrio de Maia y en todo el Oeste de la Provincia de Buenos Aires, un Funcionario Nacional corrido a golpes de la conferencia de prensa al cierre de las operaciones y muchas, muchísimas horas de periodismo, de discreto para abajo.

Pero… ¿quién es Maia? La octava hija de Estela, joven mujer ganada por las adicciones, alejada de su familia casi por su propia vergüenza, pero querida y contenida por el barrio pobre que las vio crecer. Siempre los humildes dando lo poco que tienen y los poderosos llenando papeles sobre protección a la infancia y todas esas mentiras, que contagian a los sectores de medianos recursos y a sus funcionarios de segunda línea, generando una especie de mutación, que vuelve al más necesitado un número sin alma. ¿Carlitos? Un producto social típico del desclasamiento, navegando entre la ignorancia de su delictuosidad y una identidad indocumentada disuelta entre diez personas que se llaman parecido: no le pidan que entienda por qué ya había sido denunciado por su familia en ocasión de comportamientos inapropiados con menores. El bien y el mal de los cultos, ese que recuerda al Dios castigador, se enseña en las escuelas de los que llegan generalmente bien alimentados a las aulas. No es el caso de Carlitos.

Lejos de la realidad aventurera en la vida de un iluminado como Ernesto Guevara, la vida de la pequeña Maia es una desventura en la oscuridad. No hay un sueño salvaje de conocer un continente; hay tan sólo la minúscula quimera de caminar tras los pasos de un hombre que le ofrece una bici nueva o una visita a un hipotético zoológico. Es la proporción entre quien quiso saber todo para cambiar todo y quien quiso creer en un sueño sólo para eso, poder soñar. Porque si hay algo que no tiene Maia es realidades: lo que nadie pudo robarle es su anhelo.

Algún profesor de Instrucción Cívica me dijo que existe la libertad de pensamiento: una extraña libertad que, al ser intangible, por el momento la ciencia no puede cercenarnos. Salvo la instintiva reacción yoica de actuar en consecuencia a sus ideas, el hombre todavía puede pensar cosas sin ser por ello perseguido. Aún una niñita, sosteniendo junto a su mamá una descolorida lona para que el viento del otoño no las deje sin techo y sin pared, a metros de una avenida, en un piso de tierra húmeda que quiere y no puede mantener dos colchones secos para darles un descanso a sus dos heroicas dueñas, tiene derecho a soñar. Pero ya lo dijo la canción: el monaguillo fue asesinado antes de conocer a Pelé. Cuántos muertos en vida subalimentamos día tras día en nuestro esfuerzo, hasta ahora vano, de generar cerebros competentes en cuerpos competentes.

Tres días de periodismo de ocasión bastaron para explicar la triste ceguera de los comunicadores hegemónicos, de sus móviles al aire justo cuando no hay nada que agregar, de su pasión por hacerse famosos tratando de relatar por millonésima vez los mismos hechos pero con un sesgo personal, actuado, empalagoso, impropio de las circunstancias. Y ni qué hablar de sus entrevistados. Y de la vergonzosa realidad de sus preguntas en conferencias de prensa, buscando el disenso para ganarse la cocarda del mafioso que les paga. Es curioso que después de unos 210 años de historia, más los que van de la fundación de las primeras ciudades por los españoles, algunos adalides de la libertad de prensa distraigan la costumbre de sus lenguas (lamer botas y calcetines) para rasgarse las vestiduras por Maia, Estela y todos sus parientes y vecinos.

¿Ahora se conmueven porque alguien vive en una carpa sobre piso mojado? ¿Ahora buscan culpables? ¿Ahora, después de estimular a los policías a reprimir manifestantes en el centro de Buenos Aires, desvían sus ojos hacia los confines de la misma ciudad, allí donde se hace evidente que los dioses no pasaron? ¿Ahora se saben de memoria el número de la ley 26601 de protección a los chicos en situación de calle? ¿Ahora que han permitido que las “Villas Miseria” (sinónimos de callampas, cantegriles, favelas, y otros que ustedes podrán aportarme desde toda Latinoamérica) sean rebautizadas como “Barrios Populares” para sacudirse el oprobio de la propia hiriente culpa, por esa dolorosa presencia?

Es tarde: la deuda es de todos los que han permitido que el hombre sea lobo del hombre. De los lobos de raza y abolengo, de los lobos sirvientes de uniforme, de los lobos “cableados” y maquillados para cámara, de los lobos de culto que generan un dios punitivo y que te avisan que te portes bien y no molestes ahora para ganarte el cielo, y de los lobeznos que asisten pacientemente a la escuela para lobos de la obsecuencia.

Que la culpa la tiene el Estado Nacional; que la tiene el Gobierno de la Ciudad; que el Poder Judicial; que la Policía; que los narcos; que el delito no tiene una raíz en la economía; que la desesperanza no genera odio; que los educadores no dan soluciones; que todos somos culpables…Si de algo somos culpables todos es de abandonar la verdadera democracia. Abandonamos el camino de participar. Les regalamos las decisiones a sujetos electos; pero electos no quiere decir descontrolados. Elegir no es dar carta blanca, no es un cheque en blanco. Los “electos” deben cumplir con nuestro mandato, y para ello hay que mandatarlos todos los días, no cada dos, cuatro o seis años. Sólo en base a las decisiones de asambleas populares pueden desaparecer los delincuentes de guante blanco que sobreviven desclasando Maias.

Lo quiere el pueblo chileno y los traidores se lo quieren arrebatar. Toda América Latina debe centrar su atención en cambiar el paradigma de su harapienta democracia, para que los Carlitos, las Estelas y las Maias dejen de ser mirados de perfil, como un viento que sopla cada tanto y levanta las polleras, dejando ver las partes pudendas de las señoras “de bien”. Basta de Maias, todos, todos los días.

Categorías: Derechos Humanos, Opiniones, Sudamérica
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