El poder de la equivocación

08.05.2020 - Madrid (España) - Redacción Madrid

El poder de la equivocación
(Imagen de Steve Buissinne/Pixabay)

Por Liebe

Esta semana, un concurso televisivo de cocina español nos ofreció una auténtica clase de psicología y comunicación; entre los concursantes se encontraba una joven gitana llamada Saray a la que, ya el primer día, Jordi (uno de los miembros del jurado) le advirtió que tenía un nivel mucho más bajo que el de sus compañeros y compañeras de concurso. A pesar de ello, la muchacha se empeñó en luchar por quedarse a concursar

Prueba tras prueba, Saray fue ofreciendo su personalidad al programa, en ocasiones cantando, en otras comiendo mientras ejecutaba sus recetas o simplemente contestando a cuanto le decían los jueces del programa. Todo ello fue forjando la desesperación de unos profesionales -el jurado- acostumbrado al silencio en las cocinas y el respetuoso “¡sí, chef!” de los alumnos y alumnas de la Escuela de Hostelería, así como la de sus compañeros y compañeras de competición.

Programa tras programa, los jueces de Masterchef (así se llama el programa) encontraban defectos a los platos elaborados por Saray. En el último, los concursantes que fueron a la prueba de eliminación, entre ellos la propia Saray, tuvieron unos ingredientes sorpresa con los que tenían que elaborar unos suculentos platos; a Saray le tocó cocinar un ave pero, si la paciencia de los jueces ya estaba casi agotada, la de Saray estaba ya en números negativos ante tanta crítica negativa sobre sus elaboraciones, llegando al punto de creerse que había una especie de confabulación contra ella para que terminara marchándose del programa. Así las cosas, Saray decidió ser rebelde y dar por hecho que, hiciera lo que hiciera, ella estaba eliminada, presentando el ave que le había tocado por suerte sobre un plato, sin pelar ni cocinar, pero rodeado y adornado por algunos vegetales.

Mientras todo esto ocurría, los comentarios de repulsa y de vergüenza ajena, por parte de sus compañeras y compañeros de concurso, no paraban. El resultado final fue la de expulsión deshonrosa para Saray.

¿Qué sucedió? ¿Por qué esta chica se comportó así? Pues las respuestas a estas dos preguntas son muy sencillas. Por un lado, Saray es gitana, lo lleva en las venas y éste es un hecho que no podemos olvidar, no para discriminar, sino para todo lo contrario, para tener en cuenta sus peculiaridades frente al resto de concursantes; si cualquiera de nosotros somos capaces de estar en silencio mientras hacemos algún trabajo, a un gitano le sale la música por todos sus poros.

Recuerdo una ocasión en la que acompañé a una amiga a urgencias de un hospital, como yo no era familiar, no podía entrar con ella a la consulta, así que me fui afuera, a tomar el aire mientras atendían a mi amiga. Fuera había un grupo de unos 6 niños gitanos gritando, cantando y bailando. Yo me acerqué a ellos y les pregunté: “¿sabéis qué es este edificio tan grande?” Uno, muy salado y despierto, enseguida me contestó: “¡un hospital!” “¡Muy bien!”, le dije yo. Y volví a preguntar: “¿Y qué hay en un hospital?” Otro contestó: “¡enfermos!” “¡Muy bien!”, volví a celebrar yo. Para ese momento, los niños ya habían dejado de gritar, cantar y bailar, permaneciendo atentos a lo que yo les decía: “bueno, pues igual que cuando vosotros estáis malitos y no os gusta que os molesten, a los enfermos que hay en el hospital no les apetece mucho que haya ruido”. Yo, ilusa de mí, creí que los había convencido para que no armaran tanto jaleo, pero ¡qué va!, al pronto salta el niño espabilado del principio y dice: “¡pero nosotros somos gitanos!” y volvieron con toda su fiesta, griterío, cante y bailes.

Por otro lado, supongo que Saray está muy acostumbrada a que la marginen, supongo que a veces por ser gitana, y otras por sus conocimientos, de esta forma, al final, es inevitable hacerse una coraza disfrazada de frialdad, ironía o incluso hay quien no para de reírse ante situaciones de auténtica discriminación, aunque ésta sea inconsciente o involuntaria.

Cuento esto para ilustrar lo importante que son la cultura y la experiencia vital para cada individuo, porque la cultura y la experiencia tamizan la forma con la que interpretamos la vida y las conductas que observamos. De este modo, se entiende que para Saray, bailar mientras cocina es una necesidad vital, mientras que para los jueces de ese programa televisivo es una falta de respeto.

Por el mismo motivo, cuando le preguntaban si no podía hacer nada mejor, Saray no lo entendía porque sus parámetros o su marco de referencia es muy distinto al de los jueces y compañeros de concurso; para ella, ya había dado todo lo que se le pedía.

¿Cuál es la conclusión? Que hemos de tener cuidado cuando juzgamos a los demás por sus actos pero desde nuestro marco de referencia, porque lo que podemos estar haciendo es una discriminación. A veces, tratar a todos por igual es discriminar si no tenemos en cuenta sus peculiaridades.

Categorías: Diversidad, Europa, Opiniones
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