La idea de desarrollo que tenemos asume que estamos ante un mundo con recursos infinitos y/o que funciona con una suerte de control automático de modo tal que se las arregla para sortear los problemas que se pongan al frente.

Las razones de esta postura se basan en que a lo largo de la historia el ser humano ha sobrevivido a cataclismos naturales o provocados de las más diversas índoles. Históricamente los agoreros del fin del mundo han tenido que morderse sus premoniciones. Si bien esto ha sido cierto hasta ahora, ello no garantiza que siga siendo así.

Desafortunadamente, al paso que vamos, la sostenibilidad de la vida planetaria, está en jaque. No podemos seguir recorriendo el camino hacia el desarrollo promoviendo el crecimiento y el consumo sin fin. En algún minuto este comportamiento nos pasará la cuenta, quizás no a nuestra generación, pero sí a las que vienen.

El cambio climático parece confirmar lo señalado. Los significativos aumentos en las temperaturas extremas, cuyas consecuencias están generando desastres en los más diversos confines a un ritmo creciente, dan cuenta de una realidad cuya magnitud es difícil de dimensionar. En paralelo, estamos viviendo tiempos de progreso científico-tecnológico sin precedentes, un progreso dulce y amargo.

Ha permitido eliminar o reducir algunas de las enfermedades que diezmaban a poblaciones enteras, así como prevenir terremotos y maremotos, amortiguando sus nefastas consecuencias. Y también ha elevado la calidad de vida de no pocas personas.

Pero también incluye una capacidad de producción de armamentos y de destrucción nuclear inimaginables, junto con alterar negativamente el medio ambiente en forma irreversible.

Si nuestro comportamiento fuese esencialmente racional, debiéramos ser capaces de internalizar las consecuencias y los costos futuros de nuestras decisiones y actuaciones presentes. Desafortunadamente, parece no serlo, sino que muy por el contrario.

Para desviarnos del camino al abismo en que pareciera que estuviésemos empeñados, es indispensable incorporar en nuestras cabezas los conceptos de sostenibilidad y economía circular que están emergiendo con fuerza. Conceptos orientados a revertir una manera de ver el mundo, de convivir en armonía con la naturaleza, no contra ella.