El final del camino

17.04.2019 - Santiago de Chile - Redacción Chile

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El final del camino
(Imagen de redes sociales)

Por Howard Richards

Algunos lo llaman el paradigma dominante. Otros lo llaman capitalismo, o el sistema. Mi preferencia es llamarlo la sociedad de mercado y/o el sistema vigente. Immanuel Wallerstein lo llama el sistema-mundo moderno. También es llamado liberalismo, o modernidad. Sea lo que sea su nombre, no es sostenible. La humanidad está llegando al final de un camino. Lo que lo sigue puede ser peor o puede ser mejor. No puede ser igual.

Unas pruebas: El mejor que la izquierda progresista ofrece para contestar el poder político a la derecha y al centro, es una u otra propuesta para construir una nueva economía solidaria y verde (Green New Deal). Proponen incluir a los excluidos en la economía, y a la vez estabilizarla y reactivarla. ¡Pero el problema es la economía! El crecimiento verde es en la práctica una contradicción en términos (aunque sea una posibilidad matemática porque el crecimiento se mide en valor monetario, no en producción física; y es por eso una posibilidad teórica producir menos cosas de mayor valor). Incluso hay un alboroto quejándose de que las tasas de natalidad están cayendo. La ecología nos dice que mientras más bajen las tasas de natalidad, mejor, pero la «ciencia» de la economía nos dice que se necesitan más bebés para ganar salarios y poder transferirlos a las pensiones de un número creciente de jubilados octogenarios. Como si la riqueza intocable de los ricos no fuera ya suficiente, – si pudiera ser tocada-, para cuidar a los octogenarios. Como si el problema principal de empleo no fuera que ya hay trabajadores redundantes y empleos insuficientes. A mediano plazo, y comenzando ya, la mayoría de las personas que trabajan para ganarse la vida van a ser redundantes. Los trabajos temporales y las «pasantías» son cada vez más el destino de la juventud. El valor del mercado de la mayoría de los tipos de mano de obra está cayendo hacia cero. Enfrentémoslo: el mundo de ayer, basado en la suposición de que la mayoría de la gente se ganará la vida trabajando, ha terminado.

¡Terminado! Imponer impuestos a los ricos para subsidiar a los pobres, aunque sea reclamado con las mejores intenciones por la izquierda, difícilmente se logra. Si tratas de imponerles elevados impuestos, sus bienes, o ellos mismos, o ambos, tiendan a fugarse a otros países. Además, nadie sabe realmente cuánto dinero se esconde en los fondos fiduciarios de los paraísos fiscales bajo nombres ficticios, o cuánto está girando alrededor del mundo en transacciones especulativos de grandes montos en fracciones de segundos. No puede ser gravado si no puede ser encontrado. Unos lo llaman “la economía del casino global,” y estiman que su magnitud puede ser diez o hasta cuarenta veces mayor que la suma de las economías reales de todos los países del mundo. Podría inundar en cualquier momento las economías reales con una inflación imparable, como ya está comenzando a suceder porque algunos miles millones de la economía del casino global se invierten en bienes raíces. Aumentan los precios a niveles estratosféricos donde que la gente común no pueda ni comprar ni alquilar. Hay excedentes de capital que no encuentran nada útil para hacer. A menudo hacen daños, por ejemplo, aumentan el numero de personas sin vivienda en situación de calle. Hay bancos privados y bancos centrales dispuestos y capaces de crear aún más dinero de la nada para financiar aún más daños. Por ejemplo, grandes empresas aprovechan de la disponibilidad de préstamos a tasas de intereses cerca de cero, para conseguir dinero barato comprar sus propias acciones. Elevar los precios de las acciones y así generan bonos para sus ejecutivos. Mientras tanto (como anticipaba Keynes) las oportunidades de inversión rentables y útiles en la economía real se escasean. Y, sin embargo, la izquierda propone que los gobiernos pidan dinero prestado y paguen intereses sobre este dinero y/o aumentan los impuestos para financiar «inversiones verdes» que supuestamente generarán ganancias que reembolsarán los préstamos, generarán un superávit para el erario público, y crearán nuevos empleos en cantidades suficientes para revertir la tendencia mundial hacia la redundancia de la mano de obra. Reconozco que las propuestas de la izquierda (me refiero por ejemplo a Varoufakis, Sanders y Piketty) son más complicadas, más imaginativas, y en gran parte más valiosas de lo que sale en el cuadro que estoy pintando. Sin embargo, lo que digo, siendo incompleto, debe ser suficiente para mostrar a cualquiera que tenga ojos para ver que la izquierda, así como la derecha, el centro y el público en general, todavía no comprenden que el sistema vigente está llegando al final del camino. No hay ninguna opción al interior del dicho sistema que tenga ni la más mínima posibilidad de lograr el pleno empleo con buenos salarios, estabilidad monetaria, el pago de las cargas de la deuda y revertir la destrucción de la biosfera. Créanme: las plagas sociales que son epidemias en grandes partes del mundo, aunque todavía no en todo el mundo, como las luchas en torno a la inmigración, la pobreza extrema, la violencia étnica, el racismo, la depresión y la locura con o sin drogas y alcohol, las pandillas criminales, la guerra y el militarismo no tienen soluciones sin soluciones económicas. Hoy en día no hay soluciones económicas.

Cuando uno llega al final de un camino, es hora de pensar con originalidad. Empecemos por pensar en el significado de la afirmación de que hoy en día no hay soluciones económicas. Según las definiciones estándar de economía de los libros de texto (como la de Lionel Robbins), esta afirmación no puede ser cierta: siempre hay alguna relación entre objetivos y recursos escasos, incluso si, como en Poverty and famines: An essay on entitlement and deprivation de Amartya Sen, es una relación que asigna alimentos a aquellos que tienen dinero y no da alimentos a aquellos que no tienen dinero. Pero, como Sen quiso demostrar, la economía de mercado históricamente existente y operativa no corresponde a la definición de Robbins. Requiere y presupone un marco legal.

La lógica económica no viene de la nada. Viene de la historia. Como Max Weber muestra en Economía y sociedad, una economía moderna se hizo posible cuando el resurgimiento del Derecho Romano (él podría haber mencionado los principios similares prescritos en los Comentarios de Blackstone sobre las leyes de Inglaterra) hizo que las consecuencias de las decisiones económicas fueran predecibles (kalkulierbar). Ahora, qué pasaría si: La ley prescribe que quien no tenga suficientes ingresos por ser dueño de propiedad para comprar sus necesidades básicas, tiene que trabajar para ganarse la vida. Y agregue la premisa: la mayoría de los bienes para los cuales existe una demanda efectiva pueden ser producidos y comercializados por capital + propiedad intelectual + tecnología + recursos naturales con poca mano de obra –muy poca para emplear con un salario digno a todos aquellos que necesitan trabajar para ganarse la vida. Ahora (2) qué tal si: el gobierno intenta arreglar este problema gravando a aquellos que tienen riqueza acumulada y/o grandes salarios para financiar el bienestar de todos.

Pero: la ley establece que, si a los ricos no les gusta pagar impuestos o salarios dignos, pueden mudarse ellos mismos y/o sus propiedades a otro lugar. Resultado neto: Los Rolling Stones se mudan a la Riviera Francesa para evitar los impuestos británicos; graban sus álbumes en Alabama para evitar pagar los salarios logrados por los sindicatos de los músicos de Hollywood. Como señala Jürgen Habermas en Problemas de legitimación en el capitalismo tardío, y en otros escritos, el derecho privado es incompatible con los derechos sociales.

No hay soluciones económicas (es decir, no hay soluciones pro-vida) porque la economía vive y se mueve y tiene su ser dentro del marco del derecho de propiedad y del derecho contractual tal como se lo desarrolló primero en el Imperio Romano, después en los estados sucesores del Imperio Romano durante el período moderno temprano. La ley europea fue impuesta a los habitantes de las Américas, África y Asia por la fuerza. (Consultar Patriarcado y acumulación a escala mundial de María Mies)

Pensar de manera original significa pensar fuera del derecho privado y fuera de las filosofías políticas y éticas que justifican lo que Karl Polanyi llamó «sociedad de mercado» (lo encuentro conveniente decir que la sociedad de mercado es un género del cual el capitalismo es una especie). Significa reconocer que los musulmanes tradicionales no son estúpidos, a la luz de su experiencia de vida, cuando prefieren la ley islámica. La ley islámica con todos sus defectos es al menos una manera posible de organizar la vida humana que incluye a todos (al menos a “todos los fieles”) y respeta la naturaleza.

Pensar fuera del paradigma dominante proporciona una fuerte dosis de humildad para aquellos acostumbrados a enorgullecerse de los ataques con drones (aviones no tripulados) de la tecnología militar occidental, enmarcando los ataques de los drones en sus mentes como la lucha por los derechos humanos contra un enemigo que utiliza armas inmorales, los terroristas suicidas, para defender una causa inmoral, el patriarcado. Lo que se puede decir de la ley islámica también se puede decir de la doctrina social de la Iglesia Católica. Por mucho que uno desprecie el rechazo rotundo de esa iglesia a lo que Immanuel Kant llamó el principio de toda moral genuina (es decir, la autonomía), uno tiene que reconocer que Tomás de Aquino desautorizó las instituciones del mundo moderno y las reemplazó con una economía solidaria en una sola frase cuando escribió: “Tus posesiones no sólo te pertenecen a ti, sino también a aquellos a quienes puede ayudar con sus excedentes”. Contrariamente a ciertas creencias que definen el protestantismo como una religión capitalista, si usted lee los Institutos de la religión cristiana de Jean Calvin, o Paul Tillich, o las obras del pastor bautista Martin Luther King Jr. (quien escribió su tesis doctoral sobre Tillich) encontrará que la doctrina protestante ortodoxa no es materialmente diferente de la doctrina ortodoxa católica, musulmana, judía, budista, hindú, sintoísta, jaina, zoroastriana, Ubuntu o confuciana al prescribir la administración de la propiedad para servir al bien común y el servicio al prójimo.

Charles Darwin también nos ayuda a pensar en forma original fuera del marco legal del mercado, como tendremos que pensar para poder construir economías sostenibles. Escribió: “A medida que el hombre avanzaba en su poder intelectual, y se le permitía seguir las consecuencias más remotas de sus acciones; a medida que adquiría el conocimiento suficiente para rechazar costumbres y supersticiones banales; a medida que consideraba cada vez más, no sólo el bienestar, sino también la felicidad de sus semejantes; como por costumbre, siguiendo la experiencia beneficiosa, la instrucción y el ejemplo, sus simpatías se hicieron más amables y se difundieron más ampliamente, extendiéndose a los hombres de todas las razas, a los imbéciles, a los mutilados y a otros miembros inútiles de la sociedad y, finalmente, a los animales inferiores, así se elevaría cada vez más el nivel de su moralidad.” (de The descent of man)

Antonio Gramsci, un caballero con impecables credenciales marxistas, sostenía que el rol del intelectual era adaptar la cultura a sus funciones físicas.

Carol Gilligan propone una “ética del cuidado”, que ella define como “atender y responder a las necesidades”“.

Michael Porter, profesor de estrategia en la Harvard Business School), hace eco de los grandes pioneros de la ciencia de la gestión (Frederick Taylor, Henry Gantt, Peter Drucker, Herbert Simon) cuando argumenta que en el estado actual del mundo las empresas deben y tienen que redefinir sus misiones no en términos de beneficio, sino en términos de creación de valor compartido, o sea de valor para todos los interesados. (Porter no da crédito a Andrew Carnegie y al Rotary Club por haber acuñado la misma idea antes.)

Estamos llegando al final del camino. El marco legal vigente, dicho de otra manera, la estructura social vigente, no funciona. La economía no funciona porque requiere y presupone un marco legal y ético rígido que heredó del pasado (europeo). Es hora de pensar con compromiso social y con la mente abierta. Nada podría ser más fácil, porque los humanos han estado pensando fuera del paradigma ahora dominante desde que la especie existe; y porque hay cientos de innovaciones sociales creativas, verdes y solidarias que surgen hoy en día en todo el mundo. Pero al mismo tiempo, en la vida diaria práctica, nada podría ser más difícil. Cuando uno pierde su trabajo y ya no tiene ingresos regulares y ya no puede pagar su renta y termina durmiendo en su auto y hurgando en la basura en busca de comida, entonces le toca su turno para ser una víctima de las normas básicas del juego económico. Son normas duras. Se defienden cuando son desafiadas. Se defienden, por ejemplo, con la fuga de capitales; y a menudo se defienden con inflación y con mayores tasas de desempleo, y hasta con golpes de estado. Derrotarlas no será fácil, a pesar de que derrotarlas y construir en su lugar economías solidarias servirían los intereses reales de cada mujer, cada hombre, cada joven, cada planta y cada animal del planeta.

Gavin Andersson, un organizador comunitario y educador popular nacido en Botsuana, resume lo que estoy tratando de decir con su concepto de «organización ilimitada» (www.unboundedorganization.org). La organización ilimitada tiene dos reglas simples:

1. Alinear en todos los sectores para el bien común.

2. Haz lo que funcione.

Categorías: Economía, Internacional, Opiniones
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