Thomas Piketty vs. Yanis Varoufakis

18.03.2019 - Santiago de Chile - Redacción Chile

Este artículo también está disponible en: Inglés, Griego

Thomas Piketty vs. Yanis Varoufakis
(Imagen de Alejandro Rodríguez)

Por Howard Richards y Sara Horowitz

Ciertamente, todos deberíamos estar agradecidos con Thomas Piketty e Yanis Varoufakis. Nadie ha trabajado más duro o más inteligentemente por el bien común.

Pero la gratitud no implica acuerdo. Que unas grandes cantidades de trabajo, investigación, participación popular y colaboración en equipo hicieron posibles` dos propuestas para la democratización de Europa (TDEM1 de Piketty y DIEM2 de Varoufakis) no es ninguna garantía de que las dos propuestas tengan sentido.

Sugerimos en este artículo que un desacuerdo entre Piketty y Varoufakis ofrece una oportunidad – una bisagra en la terminología de Paulo Freire – para llevar las conversaciones a un nivel más profundo que los niveles de la economía y la política; hacia los niveles de las reglas constitutivas básicas de la sociedad y las propuestas alternativas de epistemología y de sociedad. Dentro de poco explicaremos que es lo que son las reglas constitutivas básicas de la sociedad. Plantearemos unas propuestas alternativas. Pero antes: un poco de contexto.

El referido desacuerdo abre paso a tratar de lo que es revolución, vale decir, a lo que es refundar la sociedad sobre otros cimientos. Sin embargo, quienes creemos que la douceur est la seule vraie force preferimos tratar de transformación, o de cambio de paradigma. ¿Qué es lo que es la disputa actual entre Piketty y Varoufakis que permite vislumbrar problemas estructurales a niveles más profundos, y de este modo abrir paso a propuestas capaces de resolver problemas que no tienen soluciones al interior de las reglas básicas vigentes?

Piketty, por su parte, critica el plan DIEM de Varoufakis por proponer aún más endeudamiento fiscal. El plan DIEM financia su nuevo Europa solidaria y verde por pedir prestado más dinero. Los gobiernos terminarán aún más desfinanciados de lo que ya están. Piketty (debido a las investigaciones históricas que ha hecho) es más consciente que nadie, de que durante siglos ha habido una clase alta que presta dinero al gobierno. Durante siglos esta clase ha podido utilizar el interés que recauda por ser dueños de bonos del gobierno, así como los ingresos de sus otras inversiones, tanto para acumular más capital como para poder vivir una vida ociosa sin trabajar. (Es un hallazgo de las investigaciones de Piketty que hoy en día la mayoría de las personas quienes pueden vivir sin trabajar, igual trabajan. Aparentemente es moralmente inaceptable vivir como ricos clochards). Desde el punto de vista de Piketty, el plan de Varoufakis debe parecer ser más de lo mismo: entrar en más deuda, cobrar a los ciudadanos contribuyentes para pagar a los rentistas, pretextando la construcción de una mañana mejor que probablemente va a seguir siempre siendo la mañana y nunca se convertirá en el hoy.

Varoufakis por su parte observa, correctamente, que el plan TDEM de Piketty se costeará mediante el aumento de los impuestos sobre las ganancias corporativas, los altos ingresos, las grandes fortunas heredadas y las emisiones de carbono. Varoufakis sostiene que Europa ya está cansada de impuestos; no es probable que se aprueben impuestos nuevos y más altos, independientemente de quién esté obligado a pagarlos. Varoufakis tiene razón. También podría haberlo dicho, citando las propias reservas de Piketty sobre sus propias propuestas hacia el final de Capital en el Siglo XXI, que como el mundo está ahora organizado, aumentar los impuestos sobre la riqueza simplemente no está en las cartas. Lo que está en las cartas es la competencia fiscal. Hay 196 países en el mundo. Cada uno quiere atraer a inversionistas, atraer a residentes ricos y desalentar la fuga de capitales. Por eso, cada país compite con 195 otros bajando impuestos. Temen, y temen con razón, que si suben impuestos, quienes tienen capitales imponibles no van a llegar a invertir, ni van a llegar en calidad de residentes, y, en el caso de que ya son inversionistas y/o residentes nacionales, se van a fugar.

Creemos que los dos, Piketty y Varoufakis, tienen razón. Cada uno tiene razón al criticar al otro. Siendo ambos reparos acertados, la conclusión a extraer es que, de hecho, ni la propuesta de Piketty ni la propuesta de Varoufakis es viable. Los dos enfrentan una disyuntiva inviable e inaceptable, a saber: subir impuestos o pedir prestado.

Esta conclusión se presta a trasladar la conversación al terreno de las reglas constitutivas básicas de la sociedad. En otros escritos hemos analizado los poderes causales, los imperativos sistémicos, y la resistencia homeostática a la transformación de aquellas reglas. Aquí hay espacio solamente para introducir el tema. Destacamos que un esfuerzo serio para lograr los objetivos de Piketty, de Varoufakis, y de todos sus beneméritos y bien intencionados aliados, tiene que llegar a este terreno. Si podemos realizar un buen análisis a este nivel más profundo y fundamental, entonces estaremos bien posicionados para avanzar en el diseño de estrategias para cambiar las reglas constitutivas

Visto el callejón sin salida – impuestos o préstamos – que bloquea ambos proyectos para construir un Europa solidaria y verde, tal vez el/la lectora ya esté empezando a ver lo que queremos decir. Ahora intentaremos explicar en pocas palabras – aceptando las limitaciones inevitables que impone la brevedad – que es lo que son las reglas constitutivas básicas de la sociedad actual. Dicho de otra manera, las reglas fundamentales del paradigma dominante.

Nadie las ha definido de forma más clara y sucinta que Karl Marx; nuestra breve explicación se superpone a su breve explicación.

Aunque hay más de una manera de enumerarlas, a fin de aprovechar de la brevedad brillante de Marx, partimos diciendo que las reglas básicas son cuatro: libertad, propiedad, igualdad y Bentham. Mejor dicho, aquellas reglas son cuatro perversiones (otra vez por razones que no hay espacio para desarrollar): perversión de la libertad, perversión de la propiedad, perversión de la igualdad y perversión de Bentham.

Marx define la (perversión de) la libertad dando un ejemplo de compra y venta. El vendedor de la fuerza de trabajo (la persona desempleada que busca convertirse en trabajador) busca un contrato con un comprador de la fuerza de trabajo. Cada uno es libre de tomarlo o dejarlo. El hecho de que el uno necesite un trabajo para alimentar a sus hijos, o simplemente para sobrevivir, no obliga a nadie a darle trabajo. Todos los posibles empleadores que potencialmente podrían contratar (si lo desean) son libres. También son libres quienes necesitan trabajo, pero no encuentra trabajo. Son libres para perder. El contrato, si hay contrato, está justificado, sean cuales sean sus términos, como la expresión del acuerdo de dos voluntades libres.

Marx considera a la propiedad como algo para vender. Es una mercancía. La propiedad que el trabajador tiene que vender es su fuerza de trabajo. A pesar de que satisfacer las necesidades vitales, incluidas las necesidades de los dependientes del trabajador, puede depender de conseguir por el trabajo montos de dinero suficientes para llevar una vida digna, para las reglas constitutivas básicas de la sociedad, la fuerza de trabajo es una propiedad en venta como otra cualquiera.

Igualdad significa equidad formal. Cada uno juega un determinado papel formal; uno es un comprador y el otro es un vendedor.

Bentham, según Marx, se refiere al principio de que cada individuo persigue sólo su propio interés. Esta no era realmente la filosofía de Jeremy Bentham. Bentham nos atribuyó a todos el deber de trabajar por ‘el mayor bien del mayor número’. Pero no importa. Sabemos lo que Marx quiere decir. Es realmente cierto que las reglas éticas y legales del paradigma dominante nos permiten ser indiferentes al destino de los demás. También es cierto que la competencia existente en el mercado a menudo nos obliga a ser indiferentes o insensibles. Esto es cierto aun cuando queremos ser solidarios y amables.

Recientemente, André Orléan (Orléan 2011) ha ideado una definición aún más breve de las reglas constitutivas básicas de una sociedad de mercado. Utiliza sólo dos palabras francesas: séparation marchande. En una sociedad de mercado puro (y es en un caso puro hipotético que se definen las reglas básicas) las personas están separadas. Cada quien es un individuo quien debe valer por sí mismo. Están conectados, cuando están conectados, por los contratos. La mayoría de las personas también están separadas de sus medios de subsistencia.

Otra forma de ver las reglas constitutivas básicas de la sociedad de mercado es tratarlas como leyes básicas y luego estudiar las consecuencias de tener estas leyes básicas y no otras leyes básicas. Esto es lo que Karl Renner (Renner 1929), hace en su libro “Las instituciones del derecho privado y sus funciones sociales”.

En cuanto a Marx, luego de hacer un comienzo brillante, estableciendo en pocas palabras, las reglas clave del juego, Marx recalca otro aspecto, menos general y más específico. En lugar de tomar estas reglas constitutivas – tan básicas que a menudo se dan por sentadas y ni siquiera son vistas – como el fundamento ético y legal del sistema mundial moderno, las enfoca como estafas. Los estafados son los trabajadores. El discurso dominante habla con palabras que suenan muy bien, como ‘libertad.’ Así un mercado idealizado oculta lo que pasa en la esfera de la producción. Los duros hechos de la explotación ocurren en las fábricas, no en los mercados. El ‘verdadero Edén de los derechos del hombre’, cuyos elogios son cantados por el cuarteto ético / legal “libertad, propiedad, igualdad y Bentham”, es superficial y engañoso

Al destacar la explotación de los trabajadores Marx tiene un punto válido.

Pero hay otros puntos igualmente válidos como los siguientes. Otros puntos son especialmente válidos hoy y en el futuro. Hoy los seres humanos –no todos, pero las mayorías– se están volviendo rápidamente obsoletos como factor de producción. El valor en el mercado de la fuerza de trabajo cae hacia cero. Hoy cuando la productividad aumenta no es que los trabajadores trabajen más duro e inteligentemente. La inmensa productividad actual se debe a la investigación científica y a las inversiones de capital en tecnología. Hoy en día, los aumentos de productividad generalmente derivan en despidos, ya que el capital es sustituido por el trabajo (como lo muestra Piketty en su libro The Economics of Inequality).

Como han demostrado Jürgen Habermas (Problemas de Legitimación en el Capitalismo Tardío), Karl Polanyi (La Gran Transformación) y otros (como Howard Richards y Joanna Swanger en The Dilemmas of Social Democracies y en Gandhi and the Future of Economics), en el mundo moderno los mercados son las instituciones primarias y decisivas. Los gobiernos son secundarios. Los mercados mandan a los gobiernos. Los gobiernos no controlan los mercados. El primer imperativo para cualquier gobierno es hacer que la economía funcione para la gente. El gobierno solo puede cumplir con ese imperativo, en la medida en que pueda cumplirlo, complaciendo a los mercados.

Así el desacuerdo entre Thomas Piketty y Yanis Varoufakis, es una oportunidad educativa. Es una oportunidad para llevar la conversación al nivel de las reglas básicas. Hace visible el hecho que al interior de las reglas básicas hay disyuntivas inaceptables, entre dos o más opciones inaceptables. Es una oportunidad para aplicar las palabras de Albert Einstein: “No podemos resolver nuestros problemas con el mismo nivel de pensamiento con el que los creamos”.

1 El proyecto por un Tratado de democratización (www.tdem.eu

2 Democracy in Europe Movement.  El acrónimo DiEM refiere al carpe diem romano. 

 

Categorías: Economía, Internacional, Opiniones
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