La Guerra y la destrucción continua como medio y como fin del afán de poder por poder del Estado imperial

08.02.2019 - Santiago de Chile - Redacción Chile

La Guerra y la destrucción continua como medio y como fin del afán de poder por poder del Estado imperial
(Imagen de Jorge Ovalle)

Por Ramsés Fuenmayor

Pepe Mujica ha resumido nuestra situación venezolana actual diciendo que se trata de sustituir un gobierno de legitimidad dudosa por uno absolutamente ilegítimo. Pienso que éste es un buen resumen. Y creo que Mujica también tiene razón en su suposición de que los venezolanos que vivimos en nuestro maltratado país estamos a punto de sufrir una invasión armada, una guerra civil o ambos.

Ahora bien, ante tan lúgubre panorama, me parece que tanto el actual Gobierno venezolano, presidido por Nicolás Maduro, como la oposición, circunstancialmente y oportunísticamente unida en torno a su improvisado líder, Presidente de la Asamblea Nacional, y arbitrariamente autonombrado Presidente de un gobierno de transición, comparten la creencia, bajo diferentes modalidades, de que una eventual guerra civil o invasión armada, o ambos, sería un trago amargo de duración finita. Suponen que el imperio global presidido por el Gobierno de los Estados Unidos de Norte América (USA) tiene como interés fundamental el petróleo bajo el subsuelo venezolano; y que estará contento con un simple cambio de gobierno, de manera de colocar sus títeres al frente de nuestro gobierno. Al recurrir a experiencias pasadas latinoamericanas, ambos creen que el conflicto sería parecido a la breve invasión a Panamá para apresar a Noriega, o, en el peor de los casos, al derrocamiento de Salvador Allende en Chile por las fuerzas armadas comandadas por Augusto Pinochet y apoyadas por el Gobierno de USA. Creo que la amenaza que se cierne sobre nuestras cabezas es mucho mayor que eso; y que si ambos bandos, Gobierno y oposición, se diesen cuenta de esto, se apresurarían más a buscar una salida negociada. A continuación resumo la razón de mi creencia:

Aquéllos que en la década de los 70 leímos el “Nuevo estado industrial” de Galbraith y otras obras de otros pensadores notables del Siglo XX, pensamos que nos encaminábamos rápidamente hacia “Un Mundo Feliz” (A. Huxley) caracterizado por un poder global concentrado en las grandes corporaciones, unos Estados postmodernos minimizados y servilmente entregados a ese gran poder, y un poderosísimo sistema de
manipulación de masas que serviría como medio fundamental para ejercer ese gran poder. Pensábamos que la brutal utopía negativa de George Orwell en “Mil novecientos ochentaicuatro” se iría alejando y desvaneciendo para darle paso a una más parecida a la del “Mundo Feliz” de Aldous Huxley: Un mundo poblado por una humanidad reducida a un rebaño de idiotas, totalmente manipulados y felices de ser manipulados, hasta el punto de llamar “libertad” a la capacidad de hacer lo que el “Nuevo estado industrial” comandaba mediante sus sutiles y no tan sutiles mecanismos de manipulación. Si se podía tener una humanidad domesticada de tal manera, ¿para qué ejercer aquella brutal violencia propia de ciertos regímenes y temida como poder global? Este creciente poder de las grandes corporaciones encontraba un nuevo piso de apoyo epocal en la voluntad de poder por el poder que Nietzsche vio venir. Claro que se trataba de enriquecerse cada vez más, pero debajo de esta ansia de enriquecimiento, crecía el afán de acumulación de poder. ¿Para qué? –Para tener más poder.

La observación de los hechos parecía darnos la razón sobre la tendencia hacia tal estado de cosas, por lo menos, así parecía hasta los últimos años del Siglo XX. Pero las cosas cambiaron dramáticamente.

Todo parece indicar que los Estados de los países con mayor desarrollo tecnológico e industrial hubiesen conseguido la gran táctica para no ser relegados a meros sirvientes del “nuevo estado industrial”. En
efecto, guiados por el centro de poder de los Estados Unidos —el cada vez más visible imperio universal donde, además, tienen su origen y su centro las grandes corporaciones— con sus halcones de la guerra a la cabeza, comenzaron a desarrollar una nueva táctica en la última década del Siglo XX, la cual se consolidó a partir del sospechoso derrumbe de las torres gemelas. La táctica consistió en la guerra por la guerra, guerras de nunca acabar que condujeran a un continuo proceso de destrucción. Mediante la invasión de otros países y la siembra de una guerra y destrucción sin fin en su interior, se logró hipertrofiar el poderío militar en manos de esos Estados, mostrar los dientes de ese poderío, y, al mismo tiempo, alimentar el crecimiento de ese poderío. La guerra se convirtió en el gran negocio, pero el gran negocio con el fin primordial de alimentar la misma guerra. Es decir, mediante su condición de ser el medio sine qua non para recuperar el
gran poder y razón de ser del Estado imperial, la guerra se convierte en un fin en sí misma. La guerra es el medio por excelencia para ese fin. Y todo esto, claro está, sobre la misma base de la voluntad de poder por el poder sobre la que se estaba erigiendo el “nuevo estado industrial”. Pero no sólo compartió esa base ontológica con el “nuevo estado industrial”, sino que también absorbió, puso en práctica y mejoró el sofisticado mecanismo de manipulación de masas. Hoy vemos claramente los resultados de ese poder
mediático en las elecciones que tienen lugar en mucho lugares del mundo.

De este modo, el nuevo Estado imperial presenta, como el dios Jano, dos caras: su inmenso poderío militar en continua acción y su sistema de manipulación y descarado engaño para mantener sus obedientes súbditos
dentro de sus filas.

Quisiera insistir en la lógica que subyace lo que estoy diciendo sobre la relación del Estado imperial y la guerra: La voluntad de poder por el poder domina al Estado imperial. Dicho Estado se convierte en su propio ejercicio y acumulación del poder por el poder. Su modo fundamental de realizar ese poder y de acumularlo es la guerra y los procesos de destrucción continua de otros pueblos. De este modo, el Estado imperial, la máxima realización del poder por el poder del planeta, y la maldad pura se constituyen en lo mismo. Claro está, ese gran poder requiere fondos: los que provienen directamente de la guerra (venta de armas, supuestos procesos de reconstrucción de los destrozos de la guerra, etc.), los botines de la guerra, los botines provenientes de otras actividades no bélicas en el mundo, los impuestos cobrados a los incautos ciudadanos norteamericanos, y otros.

Aparte de lo explicado hasta aquí, la base fáctica directa de mi argumento descansa en lo que ha ocurrido en las últimas invasiones e intervenciones del Gobierno de los Estados Unidos y sus cómplices. Averigüe el lector qué ha ocurrido en Irak, en Libia, en Siria, para mencionar algunos.

Vuelvo al comienzo: Señores del Gobierno venezolano y de la oposición comandada actualmente por la Asamblea Nacional y por quienes realmente la dirigen: ¡están jugando con fuego! Si sigue ese juego, todos
los venezolanos sufriremos amargamente, incluyendo los líderes de ambos bandos. Invito a la oposición que mire lo que ha pasado con la oposición de países como Libia y Siria, respaldada por el Gobierno de USA, después que el imperio logró implantar su terror. Piensen un poco los líderes del Gobierno, que, más allá de bravuconadas infantiles, eso de retirarse a la guerrilla, después de la invasión, sólo significará un ilimitado proceso de sufrimiento para todos. Mire lo que pasa en Libia, en Afganistán, en Irak…

Es urgente llegar a un acuerdo para evitar la destrucción continua de nuestro país.

Categorías: Opiniones, Paz y Desarme, Sudamérica
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