El amor en los tiempos de la peste y el concepto actual de fascismo

02.05.2017 - Florencia, Italia - Luca Cellini

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El amor en los tiempos de la peste y el concepto actual de fascismo

En la historia, el fascismo nunca comienza como expresión de una doctrina política, no tiene una filosofía que lo sustente, ni muestra un proyecto social específico, como en cambio ocurre en los momentos del socialismo, comunismo, las socialdemocracias y los movimientos cristianos, incluso en los primeros movimientos anarquistas.

El fascismo por desgracia no se anuncia nunca antes; los pocos que lo hacen, no son nunca escuchados.

Esto se debe a que se trata, antes que nada, de un espacio mental y visceral definido, situado en un lugar muy bajo del propio yo, una dimensión de conciencia en la que se instala el miedo a perder, el odio, el desprecio en general hacia los demás y hacia la vida, el resentimiento hacia todo lo que es diferente, la codicia y el deseo extremo por el mantenimiento de ciertos privilegios.

Opera de una manera jamás declarada abiertamente por parte de la clase dominante, que luego puede permear capas populares más amplias que reaccionan por instinto, con resentimiento y movimientos viscerales de miedo en respuesta a la inquietud social, la crisis, la confusión, la sensación de incertidumbre, producidas justamente por las políticas implementadas por las propias clases dominantes.

El fascismo siempre se produce en respuesta a la crisis generalizada, como última «invocación al orden y la disciplina», en una espasmódica, incontrolable necesidad de métodos fuertes, lo que, desgraciadamente, sabe interpretar con extrema decisión.

No por casualidad el fascismo, y también el nazismo, desarrollan rituales paramilitares, a veces incluso con místicas llamadas al destino; se utilizan también las camisas negras como «uniforme», o ahora las camperas negras con capuchón, las vestiduras que simulan ropas militares, los cortes de cabello, u otras formas de reconocimiento, en un último intento de auto-homologarse y de pertenecer al grupo, que por una parte protege y por otra da fuerza.

También celebra la dominación masculina, exhibiendo el culto de lo físico, como símbolo de vigor y de «machismo». La confrontación física está motivada por el peligro inminente, por la necesidad de defenderse y defender a la «Patria» y a su grupo social de los que son diferentes, del caos, o de los extranjeros.

La razón que esgrime es la de traer «orden y disciplina», si es necesario, incluso mediante la fuerza de las armas, la sangre y la muerte, todas como expresión y celebración de la valentía extrema, la virilidad y el sentido de pertenencia.

Se dedica al cuidado del cuerpo, a la creación de «gimnasios sociales» donde se practica la confrontación física, se procede a ejercitaciones y convocaciones paramilitares, en una simulación de una movilización en torno al «cuerpo social», llegando a la inevitable creación de enemigos que hay que combatir con la fuerza (comunistas, socialistas, humanistas, anarquistas, reformadores, burgueses liberales, judíos, extranjeros, inmigrantes, los «diferentes» agrupados).

El valor principal del fascismo es el nacionalismo como elemento cohesor (opuesto al universalismo socialista o humanista), alrededor del cual sacraliza la tierra, sus orígenes, sus tradiciones, exaltando el concepto de pertenencia. Al respecto, son muy claras las definiciones de «Ur-Fascismo y el fascismo eterno» magistralmente expuestas por Umberto Eco en su conferencia en 1995. Cit. «El fascismo se ha convertido en un término que se adapta a todo porque se puede eliminar de un régimen fascista uno o más aspectos, y siempre se lo reconocerá como fascista.» Concepto recreado recientemente en el programa de radio «Página 3» de la RAI Radio 3 realizado por Vittorio Giacopini.

En última instancia, un régimen es siempre un régimen, cualquiera que sea la máscara que use.

De hecho, analizando la historia de diferentes contextos geográficos, sociales y de época, vemos que es en el tiempo de «crisis» cuando la doctrina imperial del capitalismo se convierte en ayuda práctica para el fascismo y éste, a su vez, lo retroalimenta, sentando las bases para futuros conflictos, siempre funcionales a la necesidad de evitar el cuestionamiento de un modelo social determinado.

El capitalismo y el fascismo en los tiempos de crisis siempre están de acuerdo, ya que ambos se basan en el mismo concepto intrínseco de extrema violencia.

¿De qué otra manera se puede definir, sino como extrema violencia, el privilegio de unos pocos sobre muchos? Ello se origina a partir de un modelo social específico que viene desde miles de años, en sociedades históricamente de carácter sexista, belicista, rígidamente piramidales, organizadas de arriba hacia abajo.

Nos referimos tanto a una doctrina imperialista como a una extremista, que desde siempre se mueven hacia una organización social de tipo piramidal, un modelo que de acuerdo con el contexto histórico y social, a menudo se ha impuesto directamente de manera rígida, otras veces difusas y en ocasiones con métodos más suaves, más «ocultos» y mucho menos notorios, pero que en última instancia producen el mismo resultado.

Todos derivan de la misma doctrina de organización social, que establece una estructura donde unos pocos detentan el poder a expensas de muchos.

Todo esto explica el control económico y militar, el manejo de la energía y los recursos ambientales, la propiedad de los medios de producción, el control de los medios de comunicación, el dictado del relato histórico-cultural y qué noticias deben llegar a la parte inferior de la pirámide social y cuáles no.

Una doctrina, la del privilegio, que nunca ha dejado de funcionar en el transcurso de la historia, imponiendo sus propias condiciones, y que con las épocas se ha manifestado de diferentes formas, todas muy violentas y coercitivas. Desde la antigüedad, con la afirmación de una sociedad basada en la cultura de la casta guerrera y noble puramente masculina, a expensas de un modelo anterior de sociedad más igualitaria y horizontal, luego se trasladó al tipo de sociedad imperialista, antes que nada la romana, y luego representada como modelo de organización social de la clase dominante de diferentes poblaciones, siempre basada en el mismo concepto, del dominio de unos pocos sobre muchos.

Ha atravesado los siglos para volverse a presentar con las familias dinásticas reales, formadas por reyes, reinas, las sociedades aristocráticas y todas sus cortes, inmersas en sus grandes lujos y privilegios, manteniéndose gracias al duro trabajo incesante de los siervos, los campesinos, la gente común, el «vulgus», que llegan hasta la restauración. El modelo ha sido transferido a la historia reciente con el colonialismo y el imperialismo moderno, basado en la construcción de imperios económicos, comerciales, militares y materiales de enormes proporciones.

Hasta el día de hoy con la corriente neo-conservadora-liberal, aquella representada por la doctrina del capital, que a través del uso inescrupuloso de las finanzas, detentando recursos y medios sin precedentes, mediante el uso de ejércitos y armamentos mortíferos de ser necesario, de hecho vuelve a proponer el mismo modelo social extremadamente violento, imperialista, piramidal, de dominio de unos pocos ricos a expensas de muchos pobres.

Una doctrina a la que no le importa el uso de la guerra, que obra la destrucción del tejido social, cuando le resulta viable para alejar un poco más una crisis que podría poner en grave peligro al modelo de organización social que sostiene.

Es justamente gracias al conflicto en los distintos niveles, que logran distraer y confundir a la base social, colocándola primero en competencia extrema y luego involucrándola en una especie de confrontación por la auto-limpieza y autodeterminación entre las clases más pobres, como una forma de «práctica de la destrucción» de lo que se ha construido y ganado con dificultad, y luego una vez completados los conflictos sociales y enfrentamientos, proceder a la etapa de la reconstrucción y la recuperación económica. Es interesante señalar que en este contexto los recursos energéticos, las materias primas y los medios de producción permanecen firmemente en las manos de unos pocos, siempre de la misma clase social dominante, como derechos estratégicos y funcionales a la reactivación de la economía y de un modelo preciso de organización social.

Destruye entonces para recrear nuevamente, este es el principio que está a la base del modelo; si es necesario también diluir la base social en sus miembros más jóvenes, como siempre ocurrió en todo tipo de conflictos, que pagan el precio más alto los del segmento más pobre de la población y los más jóvenes.

Este método extremadamente preciso para la conservación de un modelo social particular implica, obviamente, la creación de un enemigo, ya sea externo o interno, no importa.

El fascismo, con todas sus consecuencias, en este contexto, adquiere una importancia fundamental, o más bien estratégico y funcional.

Sólo a través del fascismo se pueden exagerar ciertas posiciones, fomentar el odio por ciertas condiciones de sufrimiento y por la impaciencia de la gente, de la base social, que es la que más sufre la “crisis” con todas sus consecuencias.

Una vez iniciado el proceso, se convierte fácilmente operable en caso de emergencias «dictadas por la urgencia del momento», movimientos de «guerra» contra un «enemigo», sea que realmente exista o no, no importa.

En este proceso se mueven condiciones precisas para crear un estado de desventaja social que si se prolonga, se convierte en conflicto social. Inicialmente con baja intensidad, pero que puede aumentar con el riesgo de ir a la deriva y terminar en guerra civil o guerras reales que implican a muchos Estados.

El fenómeno que se produce es el de ir comprometiendo cada vez más a grandes franjas de la base social en una confrontación en la que se anulan entre sí, para descargar las tensiones, miedos, odios, resentimientos, la injusticia, la violencia externa e interna que se ha ido acumulando crecientemente.

La manifestación de la violencia por una parte y del miedo por otra, se convierten así en una forma real de contagio que se da en diferentes grupos de «cuerpo social», que a su vez se identifican con diferentes afiliaciones, aunque siempre vienen de los mismos niveles sociales, en general, de las clases más pobres.

Desencadenan este tipo de conflictos y luchas de pobres contra pobres, o de la mayoría de los pobres contra los que son “un poco menos pobres” y viceversa; metafóricamente, se podría hablar de una verdadera enfermedad contagiosa de la sociedad, una especie de «plaga del cuerpo social.»

En los tiempos de la epidemia de la «Peste Negra» por desgracia, la población se redujo a la mitad, hasta que desarrollaron métodos sencillos de aseo «preventivo» y «anticuerpos» para sobrevivir a la temida «enfermedad».

La catástrofe de la plaga también cambió en ese momento la mentalidad de los supervivientes. La enfermedad puso de manifiesto dramáticamente la incertidumbre por el mañana y el carácter provisorio de la condición humana; es a partir de este profundo reconocimiento, que surge la urgente necesidad de dar espacio a todo lo que se podría considerar «vida», a toda expresión de manifestación del ser humano, al arte, la belleza, la poesía, el amor, en el sentido más amplio del término.

Muy pronto ello dio origen a lo que sería recordado como una de las épocas más prósperas de nuestra historia: el Humanismo y el Renacimiento.

Como conjunto, sin embargo, sabemos lo que la historia nos enseña: no necesariamente se tienen que repetir los mismos errores y tal vez se pueda seguir adelante sin tener que llegar a una catástrofe, antes de que podamos cambiar el curso de nuestro proceso.

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