Por Ignacio Torres.-

Duele ver la tragedia que acontece en Atacama y buena parte del querido norte de Chile. Duele, ante todo, porque parece tragedia. Tragedia en el antiguo sentido griego de la palabra, en ese que refiere a un destino fatídico e inevitable, ese que refiere a que sea como sea los humanos llegaremos de todas formas a algún desenlace oscuro, y por nuestras mismas acciones. ¿Cómo no pensar en ello en momentos como este? Buena parte del desastre que nos preocupa en estos instantes tiene que ver con la propia acción de los seres humanos. No es la naturaleza en sí misma la que daña a las ciudades del Desierto, sino que la propia intervención humana a través de pequeños actos anti-ecológicos acumulados por años, como el acopio de escombros en lechos de ríos y quebradas, el mal diseño endémico de nuestras ciudades, la exclusión social que obliga a tantos compatriotas a vivir en zonas de alto riesgo. Todo ello es fruto de acciones supuestamente en favor del progreso, de despejes de terreno, de crecimiento de las urbes, de implantación de un modelo económico que excluye a tantos y que da tantos beneficios a unos pocos. Y así, a través de sus propias acciones, la sociedad pavimenta su futuro fatídico que la llevará a ver sus ciudades arrasadas por el agua, arrasamiento potenciado por esas pequeñas intervenciones anti-ecológicas tan domésticas como el propio día a día. Y todo ello con el telón de fondo de otros atentados mucho más graves y mucho más grandes contra el medio ambiente. Ahí en Atacama está Pascua Lama, está el Valle del Huasco convertido en Zona de Sacrificio, está el permanente fantasma de una tragedia griega impulsada por la misma desidia de los propios seres humanos.

 Y la tragedia duele más cuando se observa la precariedad de los techos de los pueblos y ciudades conquistados al Desierto, pues ese Desierto es el corazón de la riqueza de Chile. Desde ahí salen las piedras preciosas que alimentan las mayores fortunas del país y que sólo dejan unas cuantas latas oxidadas para cubrir las casas de la región. Indigna cuando se ve que la única infraestructura pública de calidad es aquella que tiene que ver con asegurar la llegada de mano de obra a las mineras a través de aeropuertos y carreteras, pero que no incluye ni siquiera la pavimentación de calles en buena parte de las ciudades. Enoja al saber que las municipalidades palidecen por falta de recursos para satisfacer las demandas sociales de sus pueblos, y esa misma riqueza minera apenas paga impuesto, y las pocas migajas que tributa van a engrosar las arcas del Estado central sin llegar nunca jamás a los que reciben todas las consecuencias negativas de tanta faena minera. La tragedia, comprendemos de nuevo, es tragedia porque son los mismos actos humanos –actos anti-ecológicos, sociales y políticos- los que la hacen tal.

Y la tragedia en el Norte se profundiza al saber que toda acción para enfrentar el desastre depende de lo que se determine en la capital, a muchos kilómetros de los lugares y pueblos afectados. Que en regiones las comunidades no tienen capacidad ni autonomía para hacer frente a aquello que en Chile sucede tan frecuentemente –¿en Santiago la tendrán?-. Que en Chile todo se soluciona con la bota militar impuesta, sin el pueblo. Y que no cabe albergar mucha esperanza en la reconstrucción posterior, porque si en los momentos álgidos la única recomendación de parte de la autoridad es “quedarse en sus casas y no salir a menos de que sea estrictamente necesario”, va quedando claro que la perspectiva es que cada persona debe estar sola, a lo más con su núcleo familiar cercano, y sin hacer nada más que velar por la inmovilidad individual. De crear redes, de generar apoyo mutuo, de construir solidaridad popular ni hablar. ¿Podemos esperar en el futuro algo más que apenas asistencialismo individual de parte del Estado al “beneficiario” de un programa social?

En días oscuros como estos, pareciera que la tragedia es el sino inevitable que hemos de cargar. Pero tal vez, y sólo tal vez, podamos escapar de la tragedia. Si entendemos, en primer lugar, que nuestras acciones tienen consecuencias, y que no da lo mismo como tratemos al ambiente que nos cobija –y que a veces a punta de no cobijarnos nos recuerda su importancia-. Si comprendemos que la riqueza es un medio, que la riqueza son recursos para hacer cosas y que no hay mejor inversión de recursos que en la felicidad de todos. Si nos atrevemos a ver que la mejor forma de actuar es de manera colectiva, porque ahí en el conjunto y en el apoyo mutuo es cuando puede florecer lo mejor de todos. Si recordamos, en definitiva, la importancia de la política. Porque la política es, en última instancia, la convicción de que los seres humanos podemos forjar entre todos nuestro propio destino, que podemos, entre todos, superar la tragedia.

Publicado en El Ciudadano

http://www.elciudadano.cl/2015/03/31/155901/tragedia-emergencia-y-politica/