La pasión y la fuerza de quien se atreve a desafiar lo aparentemente imposible, el humorismo de un guía espiritual que sabe comunicar mensajes profundos sin la inútil y pesada solemnidad y la presencia todavía perceptible de un gran combatiente por la no-violencia que murió hace un año, dominaron las primeras dos sesiones de la Cumbre.

Las mujeres que tomaron la palabra – la irlandesa Mairead Maguire, la yemenista Tawakkol Karman, la norteamericana Jody Williams y la liberiana Leymah Gbowee – tienen en común una fuerza contagiante, que saben comunicar al público involucrándolo no solamente en el enunciado de ideas y propuestas, sino también y sobretodo transmitiendo la experiencia personal de coraje, sacrificios y coherencia. Cuando hablan de los enormes sufrimientos producidos por las guerras, como lo hizo Mairead Maguire en el discurso de apertura de la Cumbre, en su voz vibra toda la pena, la indignación y la esperanza de quien no se resigna frente a un mundo dominado por las armas, la violencia y el militarismo.

El amor y la compasión como motores del cambio, la rebelión ante la injusticia, dan en sus intervenciones significados múltiples a la palabra «paz», que van mucho más allá de la banalidad genérica y un poco bonachona en la que generalmente se cae cuando se toca este tema.

El grito de Tawakkol Karman estira estos significados extendiéndolos al acceso al agua y a la enseñanza, así como a la lucha contra la corrupción, al derecho de palabra y reunión, hasta la reivindicación de la igualdad entre todos.

Jody Williams, alma de campesino que se juega por poner término a las minas anti-personales, recorre su larga historia de activista, que comenzara con la oposición a la guerra de Vietnam, sosteniendo que no importa la causa, el tema por el que se lucha; lo importante es traducir la indignación en acción. Un magnífico juego de palabras en inglés – to be so moved that you move – sintetiza este concepto simple e inspirador.

El relato de Leymah Gbowee nos transporta a la Liberia ensangrentada de los años de la guerra civil y nos aporta la imagen inolvidable de las mujeres sentadas afuera de la puerta de la sala donde se dan las negociaciones, decididas a permanecer ahí hasta el logro de un resultado positivo. Si un objetivo es fácil, dice Leymah, entonces no vale la pena luchar para obtenerlo.

La misma generosa dedicación a los demás, la misma capacidad para superar adversidades terribles con tal de buscar un futuro mejor, se dan en el joven eritreo Tareke Brhane, premiado con la medalla por el activismo social. Tareke propone establecer el 3 de octubre, aniversario de la tragedia de Lampedusa, como un Día de la Memoria en recuerdo de las 20.000 personas muertas en los últimos veinte años en el intento de cruzar el Mediterráneo. Y con su exhorto apasionado – proteger a las personas, no a las fronteras – concluye la mañana, lanzando un desafío que Europa y en primer lugar Italia deberían asumir.