Re-publicado del blog de Shani Navitbar

Queridos amigos del mundo,

Muchos de ustedes me han escrito para saber cómo estoy, e incluso aquellos que no lo han hecho, yo sé que de vez en cuando están pensando en mí, y simplemente no saben cómo expresar lo que están sintiendo. Yo, por mi parte, he estado pensado en escribir un posteo en el blog desde que las conversaciones de negociación terminaron hace 4 meses, pero he tenido problemas tratando de evitar los clichés.

Es sesgado cuando escribes sobre los soldados de reserva israelitas muertos, que corren a la llamada de su patria dejando de lado su corazón que no pudo ser confortado con ideología. Y es sesgado cuando uno menciona a los niños de Gaza muertos, a los hombres y mujeres que en este momento ya llegan al 0.5% del total de la población. No se puede hablar de los unos sin hablar de los otros, y es imposible comparar el sufrimiento, y los números no significan nada cuando tras ellos hay familias enterrando sus muertos.

Tal vez, sería mejor contarles cosas más personales – ayer en el bar mi amigo se tomó varios tragos fuertes antes de lograr decirme que se irá a Gaza a la mañana, y yo me quedé observándolo detenidamente cuando dijo adiós, para recordar cada centímetro de su cara en caso de que no vuelva. O esta vida en Tel Aviv, agarrando a Tzutza, mi gatita, 1 a 3 veces al día para salir corriendo con ella a la caja de la escalera – no hay refugio aquí-, donde veo a mis vecinos más seguido de lo que los he visto en los dos últimos años, y la gente que va pasando por la calle que entran buscando refugio en nuestro edificio y a veces gritan histéricamente. Tzutza maúlla pero luego se queda en silencio al escuchar los bombardeos. También está el misil que cayó en el campo junto a la casa de Edelstein, que afortunadamente no explotó, pero que quedó allí como un monumento, medio enterrado en el suelo. Y mi Michal, que vino de visita por el verano, y que intenta entender todo en forma objetiva. Y el amigo de mi compañero de cuarto que fue herido, y mis amigos que se fueron a Gaza, y mi padre que no puede dormir porque está atormentado por las guerras del pasado que esta situación está trayendo de nuevo a su memoria. Y yo, que funciono bien bajo stress, pero cuando vine a trabajar el martes y escuché los bombardeos en una ciudad vecina que sonaban muy fuerte, como si un edificio estuviera cayéndose justo detrás de mí, empecé a llorar en medio de la calle porque Tzutza estaba sola en la casa y yo andaba en mi bicicleta y lo sentía tan real, surrealista y aterrador, y a ningún misil le va a importar que yo sea una persona de izquierda. Cada persona que pasaba me decía que simplemente  continuara con mi vida cotidiana. Y entonces un escuadrón de 20 soldados con sus rifles apareció en medio de la calle Kaplan, y las sirenas de los carros de bomberos y de las ambulancias, y el sol pegaba tan fuerte y yo sudaba y entonces respiré. Limpié mis lágrimas. Subí a mi bicicleta y continué.

Y la ropa sucia. Los extremistas de derecha, que se están multiplicando como la gripe, y los apaleados izquierdistas, que sostienen carteles con los que a veces estoy en desacuerdo, pero sin embargo lucharía por su derecho a exponerlos. Y cuando pedaleaba en bicicleta por el bulevar Rotchild camino a la casa de mi novio, los escuché que gritaron “muerte a los de izquierda” y sostenían sus bates y vestían sus camisas negras, y entonces escuché que ellos destruyeron una cafetería y le rompieron una silla en la espalda a uno de izquierda. Y cuán enojada estoy conmigo misma por quedarme callada la mayor parte del tiempo, temiendo la respuesta de la derecha, sus motocicletas, sus bates, y cuando alzo la voz ellos me dicen que mi ciudadanía debiera ser revocada y que me vaya a Gaza para que me violen miles de árabes. Me gustaría asumir que incluso en Gaza podría encontrar un hombre agradable para casarme. Pero me estoy quedando aquí y necesito traer de vuelta mi bandera, dado que actúo porque amo a este país con cada gota de mi sangre y lucharé hasta el amargo final para convertirlo en lo que debiera ser, lo que es capaz de ser. Y no moriré en el proceso.

Y luego está el estúpido Hamas, el jodidamente jodido Hamas, rompiendo cada uno de los intentos de alto al fuego que hemos intentado acordar en el pasado. Y mi egoísta melancolía, porque cancelaron el concierto de Neil Young y él podría haber llegado a salvar mi mente, tranquilizando a esta pobre existencia mía, y la miserable ocurrencia de que si tuviera que elegir un momento, me sentiría más o menos conforme si muriera en ese concierto, y cuando estuviéramos en la fila de las puertas del cielo, infierno o tierra de nadie, podría decirle que lo amo y que ha hecho que mis rupturas amorosas resulten mucho más llevaderas en mi vida y que mi hombre y yo hacemos el amor escuchando sus discos y que a veces alcanzo el clímax justo cuando toca la guitarra, y que nunca pude ir a Alberta a observar el estupendo clima del otoño, y cómo esta situación se parece a un huracán, y cómo una vez llegaron a llamarme la chica canela.

Todos hicimos chistes cuando esto comenzó. Ahora no puedo ni siquiera entender el sarcasmo israelí por el que son todos tan famosos, porque mi corazón está cansado y necesita un respiro. Y las pérdidas, las cifras, siguen aumentando mientras mi guitarra gime agresivamente y me duelen los oídos y mi alma está exhausta y la moral parece un concepto extraño que se ha quedado en los libros y los informes de la ONU. Y vayan a decirle a mis amigos árabes de Facebook que aunque apoyo su estatus como estado legal de Gaza, me matan cada vez que llaman lo que ocurre como “de unos pocos” misiles, porque, bueno, son muchos. Y estamos asustados y Tzutza llora y la decisión entre llevar a mi Mac o llevarla a ella conmigo hasta la caja de la escalera, porque si mi Mac es destruido por un misil perdería mi pasado, pero Tzutza es mi presente, y entonces necesito las reflexiones de mi guitarra y mi ukelele. Vayan a decirles que me sobresalto cada vez que oigo una motocicleta encendiendo su motor porque pienso que es una alarma que comienza. Vayan a decirle a los israelitas que alaban la muerte en Gaza, que todos estamos hechos de la misma jodida piel y huesos. Y encontrar un buen consejo que darle a los amigos, que me llaman y me cuentan que escribieron una declaración contra la guerra y luego pasaron la noche recibiendo llamados telefónicos de gente que los llama traidores deseándoles todo tipo de aventuras en sus anos y con los camellos árabes. Y mis amigos árabe-israelitas, quienes están atrapados en la mitad. Y como no puedo ayudarlos, pero sí darles un abrazo. Y lo mucho que se han alargado mis abrazos últimamente.

Y esas pequeñas alegrías que son opacadas por todo esto. Mudándome a la casa de mi novio, el árbol de granada en el patio, la visita de Michael, trabajando durante este tiempo en una organización por la paz, organizando manifestaciones y devolviéndome mi bandera… esto es lo que vine a hacer aquí, después de todo, limpiar la cubierta del barco hundiéndose que resulta ser mi país – pero ¿por cuánto tiempo debo limpiarlo? ¿cuándo es el momento de saltar antes de que la cubierta se halle por completo bajo el agua? y se me están acabando los implementos de limpieza porque hay tanta mugre y basura y llega la muerte de la democracia…

Y aquella canción de Ani Franco, que me aporta cordura porque “cuando creces rodeado/ de voluntariosa ignorancia/ debes creer que la misericordia tiene su propio país/ y que es redondo y sin fronteras/ y entonces simplemente te crecen alas/ y te elevas sobre todo aquello” y recuerdo cómo cantaba esto en un concierto del Centro Connie Hogarth, y todo era seguro y feliz en ese entonces, y Connie dijo que a Pete Seeger le encantó mi manera de cantar, y yo tenía 18, y me sentía en la cima del mundo. Y cuán lejano se ve todo eso ahora.

Y para resumir, supongo que les estoy pidiendo que no juzguen demasiado duramente. No sean tan a favor de nada, porque hay tantos niveles de profundidad en todo esto. Sólo traigan misericordia y aporten compasión, aunque sea difícil, y está bien que sea difícil porque de alguna manera nos vuelve más fuertes o sabios, o quizás todo eso sean tonteras que me digo a mí misma pero, ustedes saben, yo intento sentir todo lo que puedo, y Crosby, Stills y Nash siguen armonizando en mis oídos que “la diferencia entre tú y yo/ no voy a discutir si está bien o mal/ pero tengo tiempo para llorar, mi bebé.”

Como siempre,

Shani