El lunes fue el Día del Patriota en Massachusetts, que conmemora el comienzo de la Guerra de la Independencia de Estados Unidos en 1775 en dos batallas celebradas en ese estado. También es el día en que se celebra la maratón anual de Boston, capital de Massachusetts, que ahora, lamentablemente, pasará a la historia como otro episodio de violencia desmedida sin sentido.

La imagen de Martin Richard dio la vuelta al mundo desde que murió ese día. La foto muestra al niño de 8 años de edad con una pancarta, que él mismo escribió, con la leyenda: “No lastimen a más personas. Queremos paz”.

La familia Richard estaba mirando la maratón cuando detonó la bomba. Su madre, Denise, y su hermana, Jane, sufrieron heridas graves. Su padre, Bill, sufrió heridas de metralla. El hermano mayor de Martin, Henry, no resultó herido, al menos no físicamente.

Al otro lado de la calle donde ocurrió la explosión, Carlos Arredondo y su esposa, Melida, observaban desde las gradas. Estaban esperando a un miembro de la Guardia Nacional que corría la maratón en honor al hijo de Carlos, Alex Arredondo, un infante de marina de Estados Unidos que murió en la batalla de Nayaf, en Irak, en agosto de 2004. En aquel entonces, inmediatamente después de enterarse de la muerte de su hijo, Carlos se metió en su camioneta y la prendió fuego. Sobrevivió, a pesar de haber sufrido quemaduras graves, y desde entonces se dedica al activismo por la paz, viajando por Estados Unidos con un ataúd envuelto en la bandera de Estados Unidos en honor a su hijo. En 2011, siete años después de haber perdido a su hijo Alex, su hijo menor, Brian, quien sufrió depresión tras la muerte de Alex, se suicidó.

En la maratón, Carlos, de origen costarricense, vestía un gran sombrero de vaquero. Las imágenes de su valiente campaña de rescate de personas heridas en explosiones también recorrieron el mundo.

En fracción de segundos, las vidas de estas dos personas, Martin Richard y Carlos Arredondo, provenientes de barrios de Boston bastante cercanos, cobraron dimensión internacional. Martin, un niño que murió trágicamente a causa de un artefacto explosivo improvisado, y Carlos, un padre que perdió a sus dos hijos como consecuencia de la guerra en Irak. Le pedí a Carlos que describiera los instantes posteriores a las explosiones en la maratón:

“Todo el mundo estaba en el suelo. Había personas quebradas, algunas mutiladas, otros desmayados, tantos heridos. Nunca en mi vida había visto algo igual. Fue un momento horrible. La gente corría y muchos realmente manejaron la situación de la mejor manera posible, dadas las circunstancias. Enseguida nos dimos cuenta de que se trató de la explosión de un artefacto improvisado. Mi primera reacción, como voluntario de la Cruz Roja, fue simplemente ir allí y cumplir con mi deber. Muchas personas hicieron lo mismo: policías, miembros de la Guardia Nacional, espectadores, veteranos de guerra. Todo el mundo se unió y acudió a ayudar. No sabíamos si había una tercera bomba, pero todos sacaron las vallas y movieron cielo y tierra. Y en muy poco tiempo, todo el mundo fue trasladado a la zona de emergencia, a unos 130 metros de allí, donde había muchísimo personal y unidades médicas de emergencia. Hubo mucha ayuda”.

Carlos concentró sus esfuerzos en ayudar a Jeff Bauman Jr., quien sufrió heridas graves en ambas piernas: “Rompí su camiseta, y con la ayuda de otro señor, le colocamos un torniquete en las piernas. En cuanto hubo una silla de ruedas disponible, lo levanté y lo puse en la silla y lo saqué de allí”.

El gran nivel de especialización de los hospitales de Boston no fue suficiente para salvar la vida de Martin Richard. Su hermana de 7 años de edad, a quien le encanta bailar, perdió su pierna, y su madre, Denise, sufrió un traumatismo grave en la cabeza. Denise es la bibliotecaria de la escuela primaria Neighborhood House Charter School y miembro activo de una organización comunitaria. El padre de Martin, Bill, es un activista muy respetado en la comunidad, que ha ayudado a revitalizar el área.

Hace siete años, también en el Día del Patriota, después de la Maratón de Boston, me encontraba en el histórico edificio Faneuil Hall junto al reconocido historiador fallecido Howard Zinn. Era la noche fría y lluviosa del 16 de abril de 2007, cuando llegaron noticias de una masacre en Blacksburg, Virginia, en el predio de la universidad de Virginia Tech. Treinta y dos personas murieron ese día, además del asesino, que se suicidó. Esta semana, mientras la recta final de la Maratón de Boston estuvo dedicada a las 26 personas que murieron asesinadas en Newtown, Connecticut, el Senado – controlado por los demócratas – no logró aprobar siquiera la parte más básica del acuerdo sobre la legislación de control de armas, una reforma suavizada de la verificación de antecedentes.

La primera explosión en Boston ocurrió detrás de una fila de banderas ondeantes de todo el mundo, que refleja la dimensión internacional de la maratón más antigua del país. Las banderas me recordaron, una vez más, las palabras de Howard Zinn: “Ninguna bandera es lo suficientemente grande como para cubrir la vergüenza del asesinato de personas inocentes”.


Denis Moynihan colaboró en la producción periodística de esta columna.