Mientras Trump concentraba un imponente despliegue naval y aéreo estadounidense en el Mediterráneo oriental y el Golfo, Arabia Saudí, los Emiratos Árabes Unidos (EAU), Qatar y otros estados presionaban discretamente a Washington a evitar un asalto a gran escala contra Irán, por temor a que las represalias les alcanzaran directamente en su territorio y sus infraestructuras energéticas. Sin embargo, la campaña de bombardeos estadounidense-israelí comenzó el 28 de febrero de 2026, sin un objetivo político claramente definido y comunicado públicamente más allá de “neutralizar” las capacidades iraníes. Esta desconexión entre la escalada militar y el propósito estratégico es ahora el núcleo de la ira de los líderes árabes del Golfo y de su sentimiento de traición hacia Washington.

Por el Dr. Alon Ben-Meir

El error de cálculo estratégico de Trump

La decisión de Trump de lanzar ataques conjuntos estadounidense-israelíes contra Irán ha generado costes estratégicos de mayor alcance de lo que su administración parece haber previsto: desde una conmoción energética y la interrupción del tráfico marítimo, hasta una mayor fragmentación regional y un sentimiento antiamericano ahora más acusado. Incluso si las capacidades iraníes quedan significativamente degradadas, la guerra ha expuesto las vulnerabilidades de la proyección de poder de Estados Unidos; ha inquietado a sus aliados y ha abierto la puerta a un mayor protagonismo diplomático de Rusia y China, en el Golfo. A largo plazo, el «precio» para Washington se medirá menos en términos de resultados militares, que en la pérdida de confianza y de influencia entre sus socios árabes tradicionales.

Las bases estadounidenses han pasado de ser “un activo” a un riesgo

Desde la perspectiva del Golfo, las bases estadounidenses en Qatar, Bahréin, Kuwait y los EAU estaban destinadas a disuadir a Irán y garantizar la seguridad de los regímenes; en cambio, se convirtieron en objetivos prioritarios una vez iniciada la guerra. Irán presentó explícitamente sus ataques contra estas instalaciones como represalias contra Washington, pero su ubicación en zonas densamente pobladas y económicamente vitales hizo que las infraestructuras civiles cercanas también sufrieran graves daños. Esta experiencia está reforzando la idea, en las capitales del Golfo, de que los acuerdos para albergar bases extranjeras atraen el fuego enemigo sin proporcionar esa protección fiable que durante décadas dieron por descontada.

Una pesadilla hecha realidad

Los líderes del Golfo llevaban tiempo advirtiendo de que una guerra con Irán destruiría su seguridad y sus economías; una pesadilla que ahora se ha materializado al impactar misiles y drones iraníes contra instalaciones petroleras, puertos, centrales eléctricas y ciudades de toda la región. Culpan a Washington por haber lanzado la campaña y a Israel por presionar para «neutralizar» a Irán, sin importar los daños colaterales en los estados árabes vecinos. La sensación en las capitales del Golfo es que se hizo caso omiso de sus advertencias, mientras que ellos acabarán pagando un precio desproporcionado en destrucción física, retroceso económico, interrupción de sus exportaciones y aumento de la ansiedad y tensiones internas.

El relato del oasis de seguridad, hecho añicos

La imagen de los centros neurálgicos del Golfo como Dubái, Doha y Riad como «oasis» de paz, protegidos, abiertos a los negocios, el turismo y la inversión, ha quedado gravemente dañada por las alertas de misiles, los ataques a puertos y aeropuertos, y el cierre de rutas marítimas clave. Restaurar la confianza requerirá una reconstrucción visible, una mayor defensa civil, sistemas antiaéreos y antimisiles mejorados, y una diplomacia creíble que reduzca el riesgo percibido de otra guerra repentina. Los inversores y turistas exigirán pruebas de que la región puede gestionar las tensiones con Irán, y no solo ofrecer eventos de alto nivel y megaproyectos.

Trump malinterpreta la escalada iraní

Trump defendió públicamente que una fuerza abrumadora sometería rápidamente a Irán y provocaría el buscado cambio de régimen, manteniendo los combates «lejos de casa»; pero lo cierto es que no previó la magnitud y alcance de las represalias iraníes contra los estados vecinos del Golfo; ni tampoco un cierre prolongado del estrecho de Ormuz. El cierre efectivo del estrecho por parte de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC, por sus siglas en inglés), mediante ataques y amenazas al transporte marítimo comercial, ha provocado conmociones energéticas globales y ha expuesto la fragilidad de los supuestos de planificación estadounidenses. Para los líderes del Golfo, esto subraya lo inadecuado que fue la planificación bélica de Washington a la hora de tener en cuenta las consecuencias de segundo y tercer orden.

La decisión calculada de no tomar represalias

A pesar de los graves daños, los gobernantes del Golfo han evitado hasta ahora responder directamente contra Irán, calculando que una nueva escalada expondría sus ciudades e infraestructuras a ataques aún más devastadores. Públicamente, insisten en la moderación y el Derecho Internacional, pero en privado, los funcionarios reconocen su realidad geográfica perdurable. Admiten que deben coexistir con un Irán poderoso y próximo, mucho después de que termine esta campaña liderada por Estados Unidos. Al abstenerse de responder militarmente, esperan preservar un espacio para la desescalada posbélica y evitar quedar atrapados en un estado de conflicto abierto permanente.

Replanteamiento de los acuerdos de seguridad con Washington

Dadas sus limitadas alternativas estratégicas, es improbable que las monarquías del Golfo rompan sus vínculos con Washington, pero buscarán acuerdos de seguridad más condicionales y transaccionales. Exigen compromisos estadounidenses más claros sobre la defensa de su territorio, una mejor integración de los sistemas regionales de defensa antimisiles y una mayor participación en las decisiones que pudieran desencadenar represalias iraníes. Al mismo tiempo, buscarán diversificar sus alianzas como medida de cobertura, profundizando los lazos con China, Rusia, Europa y los importadores asiáticos de energía. Reduciendo así su dependencia exclusiva de Estados Unidos mientras mantienen en vigor el paraguas de seguridad estadounidense.

Opciones del Golfo para evitar una nueva conflagración

Para evitar que se repita, los estados del Golfo también están explorando canales limitados de desescalada con Teherán, líneas directas regionales de crisis más estrictas y acuerdos marítimos de seguridad renovados, que incluyan también a actores de peso, no occidentales, como China y la India. Podrían impulsar nuevas reglas de enfrentamiento en torno a las infraestructuras energéticas y las rutas marítimas, buscando entendimientos informales que las mantengan fuera de los límites incluso en situaciones de crisis. Internamente, están reevaluando su defensa antimisiles, blindando instalaciones críticas y considerando rutas de exportación más diversificadas que reduzcan la dependencia de Ormuz. Ninguna de estas opciones es del todo tranquilizadora, pero consideradas en conjunto ofrecen una reducción parcial del riesgo.

Perspectivas de normalización con Irán

Las especulaciones sobre una normalización plena, incluido un pacto de no beligerancia entre Irán y los estados del Golfo, se basan en las tendencias anteriores a la guerra hacia un diálogo prudente y un acercamiento económico. Que esto fuera realmente «posible» depende de los resultados de la guerra, la política interna de Irán y la percepción de amenaza en el Golfo. Así como de si el régimen de Teherán sobrevive, pero sigue siendo hostil, situación en la que los estados del Golfo probablemente volverán a una estrategia de cobertura. Combinando para ello disuasión, compromiso limitado y acercamiento a potencias externas. Un liderazgo iraní más pragmático podría hacer más factibles, con el tiempo, acuerdos de seguridad estructurados y medidas de fomento de la confianza duradera por fases.

No hay vuelta al statu quo anterior

Los estados del Golfo son conscientes de que no se regresará al statu quo anterior a la guerra; más bien, es probable que persigan una arquitectura de seguridad más diversificada, combinando un escudo estadounidense más ligero; con lazos ampliados con China, Rusia y los importadores asiáticos. Este cambio diluirá gradualmente la centralidad de Washington en la seguridad del Golfo, complicando la postura de las fuerzas estadounidenses y la suposición de Israel de que contará con el respaldo automático de los árabes contra Irán. Para Israel, un Golfo más cauto y adverso al riesgo puede limitar la alineación estratégica explícita, mientras que, para Estados Unidos, la desconfianza duradera hará que la creación de coaliciones para futuras crisis sea mucho más difícil.

La aventura de Trump en Irán no es un simple error aislado, sino la manifestación más reciente y, quizás, la más explosiva de sus embestidas contra un Orden mundial que ya era frágil. Al desechar la moderación, marginar a los aliados y utilizar el poder estadounidense como arma para obtener beneficios políticos a corto plazo, ha acelerado la erosión de la credibilidad de Estados Unidos. Además, ha fracturado las alianzas occidentales y abierto un nuevo espacio estratégico para Rusia y China. Los estados del Golfo son simplemente las últimas víctimas de este desorden, por sus ciudades bombardeadas, sus economías sacudidas y sus supuestos de seguridad hechos añicos.

Sea lo que sea lo que surja de esta guerra, no será un statu quo restaurado, sino un Oriente Medio más fragmentado, enfrentado y volátil, en el que Israel y Estados Unidos se enfrentarán a un margen de error mucho menor y a un círculo mucho más estrecho de aliados dispuestos y en quienes confiar.


El Dr. Alon Ben-Meir es profesor jubilado de relaciones internacionales, más recientemente en el Centro de Asuntos Globales de la Universidad de Nueva York (NYU). Impartió cursos sobre negociación internacional y estudios de Oriente Medio.