Los miembros de la generación Z, ansiosos por vivir y aportar su grano de arena, están dispuestos a arriesgar la vida para ser testigos de las realidades de la guerra.
Para algunos de la generación más joven, esto se convierte en un camino hacia una profesión, en particular el periodismo.
La periodista de Frontliner, Marharyta Fal, nos cuenta la historia de cómo su deseo de comprender la guerra la llevó a cruzar el umbral que separaba la relativa seguridad de Poltava —su bastión, su infancia,…— de la crudeza del frente de guerra.
La mañana del 24 de febrero de 2022, estaba en casa de mis padres en Poltava, cuando me despertó la llamada de un amigo. Gritaba algo sobre la guerra e insistía en que me fuera. Colgué, me vestí y me fui a la estación de tren.
Poco después, me encontraba en la estación Poltava–Kievska mirando a la gente que se apiñaba en los vagones atestados. Hombres con cintas amarillas en la ropa abrazaban a sus mujeres e hijos, mientras las lágrimas corrían por los rostros de todos. Las calles estaban colapsadas de coches llegados de Járkov, Donetsk y otras regiones. El transporte público había dejado de funcionar; la ciudad no estaba preparada para una oleada de refugiados así. Cada día aparecían en internet fotos de los caídos y los torturados. Poltava se había convertido en una gran sala de espera, con la única ventana al mundo siendo la pantalla del teléfono.
Cuantas más noticias leía, más difícil me resultaba creer que fueran reales. Mi mente se negaba a procesar tanto sufrimiento humano, que me llegaban solo a través de un hilo de mensajes. La vida había cambiado por completo, o al menos eso parecía. Yo estaba a salvo, pero esa seguridad me resultaba vacía, casi vergonzosa. Cada mañana me despertaba con la incómoda sensación de estar perdiéndome algo crucial. Brincaba dentro de mí la sensación de que la historia se estaba escribiendo en algún lugar cercano, y de que yo solo estaba leyendo sus borradores. Anhelaba con desesperación volver a casa.

Autorretrato para un proyecto escolar, Poltava, Ucrania, 18 de octubre de 2022. (Foto – Marharyta Fal)
Modo silencioso
Regresé a la vida entre Dnipró y Poltava. No fue una elección estratégica ni un desafío profesional. Poltava era más tranquila y, además, allí me sentía en casa. Mis amigos vivían en Dnipró, y yo sencillamente amaba esa ciudad. Ese amor resultó ser más fuerte que mi instinto de autoconservación.
La cercanía a los territorios ocupados, la visión de personas con uniforme armado, la guerra siempre presente. Todo aquello, había sido un zumbido de fondo desde 2014. Los letreros de carretera que indicaban Donetsk captaron mi atención y me trajeron recuerdos de cuando era una niña de diez años. y las lágrimas de mi madre ante las noticias que llegaban del Maidán, el dolor en la mirada de mi padre, las conversaciones sobre la ocupación de Crimea, de Donetsk y de Lugansk.
A pesar de esos inquietantes recuerdos de infancia, no había percibido realmente el peligro hasta que una explosión sacudió el supermercado, donde estaba haciendo la compra en ese momento. En menos de un minuto estaba en la calle con la bolsa en la mano. No había ninguna columna de humo ni nada dramático, pero un extraño olor a materiales de construcción quemados y el sonido de las alarmas de los coches dejaban claro que algo había sido alcanzado cerca.
La gente a mi alrededor se quedó paralizada un instante y luego, como si hubiera sido una señal, comenzó a dispersarse rápidamente. Ese ataque, su sonido y su olor, no me enseñaron lo que significa la guerra, pero por primera vez me hicieron sentir que la guerra existía, más allá de las noticias. Sentí que, entender lo que ocurría a mi alrededor, se había vuelto esencial para mí.

La periodista Marharyta Fal trabajando con Animal Rescue Járkov, región de Járkov, Ucrania, 10 de octubre de 2025. (Imagen – Edoardo Maragon)
Un nuevo punto en el mapa
A nuestra generación a menudo se nos critica por ser poco comunicativa o estar desmotivada, pasotas. Pero es difícil orientarse cuando el mundo se reduce a unos pocos centímetros en una pantalla, cuando incluso la vida universitaria transcurre entre videollamadas de Zoom y pantalones de pijama. A pesar de todo, no quise dejar pasar la llamada o la oportunidad de traspasar esos límites.
Por aquel entonces estudiaba en la Academia de Cultura de Járkov y visitaba la ciudad de vez en cuando. Un día, con la intención de ayudarnos a conectar con el mundo exterior, nuestros profesores invitaron a un periodista local a hablar con nosotros. Entablé conversación con él y le dije que la creatividad en Ucrania no me parecía significativa en ese momento. Que no lograba encontrar mi lugar allí, que la guerra lo era todo. Él sonrió y me dio los contactos de algunos profesionales de los medios que podrían orientarme sobre por dónde empezar en el periodismo.
Desconfiada, como la mayoría de la Generación Z, pasé unos cuantos días mirando nerviosamente esos números hasta que, finalmente, me decidí a llamar. Tras una entrevista, fui contratada por uno de los medios de Járkov, donde realicé mi primer reportaje fotográfico.
Duelo con una sonrisa luminosa
A finales de 2024, vivía en Járkov, cubriendo ataques con drones, entrevistando a residentes y documentando visitas de delegaciones extranjeras. Recuerdo cómo posaban «de la manera justa» para las fotos con los edificios destruidos de la Saltivka septentrional de Járkov como fondo. El gesto contenido, la sonrisa refinada que intentaban no mostrar mientras hablaban ante la cámara. Sus palabras de profunda preocupación resonaban en mi mente.
Aunque fue solo después de un ataque nocturno, con drones, sentada entre los escombros de mi primer apartamento de alquiler, cuando realmente comprendí cuán enorme puede llegar a ser la brecha contextual entre personas de distintos países, entre regiones vecinas, e incluso entre mi yo actual y quien fui una vez.

Autorretrato en un apartamento tras un ataque nocturno a la ciudad de Járkov, Ucrania, 1 de marzo de 2025. (Foto: Marharyta Fal)
Para mí, el periodismo es una manera de tender un puente entre los hechos y la vida. Es un pequeño intento de recuperar el control en un mundo que ha cambiado demasiado rápido. Al abordar la guerra, simplemente intento volver a encontrarle sentido a la realidad y ser útil. Es mi forma de registrar una experiencia compartida, con aquellos que ya han visto los escombros de sus propias casas, y transmitir la vivencia a quienes todavía ven el mundo solo a través de una pantalla.
Hola, soy Marharyta, la autora de este artículo. Gracias por leer y llegar hasta el final. Cada día trabajamos en lugares peligrosos, asumiendo el riesgo para contar desde las líneas del frente y sus alrededores lo que allí ocurre: una forma de tender puentes, de que la guerra deje de ser solo una imagen en una pantalla. Para proteger a los compañeros de Frontliner, estamos recaudando fondos junto con UA First Aid para adquirir 30 botiquines de primeros auxilios para el equipo. Únete a nuestra comunidad de Frontliner, y podremos seguir trayendo desde el frente las historias que merecen ser contadas.
Marharyta Fal — Fotoperiodista. — Centrada en la vida en primera línea y en temas sociales, ha participado en exposiciones fotográficas internacionales y ucranianas.













