El 16 de marzo de 2026, último día de mi estancia en Trinidad, debería haberme quedado en esta espléndida ciudad otros cuatro días, pero el día 21, a una hora aún por determinar, está prevista la llegada de la Flotilla Nuestra América a la bahía de La Habana, un acontecimiento al que no puedo faltar bajo ningún concepto. Dado que el transporte es muy limitado, el autobús de mañana es el último medio de traslado útil del que puedo disponer. Por eso hoy he querido visitar lo que universalmente se describe como una de las perlas más preciosas del Caribe, la península de Playa Ancón…

A la península se podía llegar fácilmente con cualquier medio de transporte público o privado, ya que se encuentra a solo una docena de kilómetros del centro de Trinidad, pero desgraciadamente hoy ya no es así, porque la escasez de combustible que trae consigo el maldito bloqueo, hace que sea muy difícil y costoso realizar cualquier desplazamiento, incluso los de corta distancia como este.

Playa Ancón cumple lo que promete: el mar cristalino, la playa de arena finísima y la naturaleza silvestre que la rodea son de una belleza extraordinaria. Es claramente un lugar de gran atractivo turístico, pero a pesar de ello las instalaciones en las inmediaciones de la playa no resultan en absoluto invasivas. Hay algunos quioscos a la sombra de la espléndida vegetación en los que se puede encontrar fruta tropical de todo tipo y almuerzos típicos, sobre todo a base de pescado, mientras que para disfrutar de este sol y este mar únicos en el mundo, bastan los característicos refugios hechos con hojas de palma.

A lo largo de toda la península, detrás de este paisaje que parece una postal, solo hay tres espléndidos y discretos establecimientos hoteleros que se integran armoniosamente en el paisaje, lo que demuestra la atención y el respeto que se reserva a estos territorios. Cuba nunca ha permitido ningún tipo de especulación urbanística descontrolada porque sus bellezas naturales son su riqueza y protegerlas a toda costa de la explotación indiscriminada, es el primer compromiso de este maravilloso país.

Se podría hablar de un rincón de paraíso, que el imperio del mal no ha tenido ningún reparo en convertir en un infierno.

Al venir aquí hoy, se puede comprobar de primera mano lo malvado, pérfido, cruel y cínico que es el bloqueo: este lugar de ensueño debería acoger cada día a huéspedes procedentes de todas las latitudes y al mismo tiempo dar trabajo a cientos de trabajadores de este sector, al igual que todas las «casas particulares», es decir las viviendas civiles normales, debidamente reguladas y adaptadas, que los cubanos pueden utilizar como B&B. Pues bien, todo esto está hoy completamente paralizado.

Con la prohibición de que los ciudadanos estadounidenses viajen a la isla, la denegación del visado de entrada a Estados Unidos a toda persona que haya viajado a Cuba y el actual bloqueo del suministro de combustible, Trump ha logrado imponer la enésima vuelta de tuerca a la última vía de entrada de divisas en la isla. Tras décadas dedicadas a impedir las transacciones comerciales con cualquier entidad bancaria, lo que inevitablemente ha comprometido las importaciones y exportaciones, ahora –con la parálisis del sector turístico– la economía cubana sufre el enésimo golpe.

Detenerme a contemplar estos espléndidos lugares prácticamente desiertos, las tumbonas esperando a un huésped que no llegará, la ausencia de la multitud festiva y colorida de visitantes en los quioscos desoladamente cerrados me infunde una tristeza infinita, pero sobre todo rabia, porque todos saben quién es el responsable de todo esto.

El temido terrorismo, o la absurda “amenaza inusual contra Estados Unidos”, no son más que los pretextos más recientes para llevar a cabo su obra de destrucción. Siempre han actuado así, y quien lo niegue debería estudiar la historia de países como Vietnam, Irak, Libia y recientemente Venezuela e Irán, para comprender el método obsceno de la bandera estadounidense.

Denunciar el imperialismo no es retórica vacía, es mirar al mal absoluto a los ojos.