Estados Unidos ha desatado una nueva guerra en Oriente Próximo basándose en falsas acusaciones sobre armas de destrucción masiva. Al igual que ya hiciera para la invasión de Irak en 2003, la agresión estadounidense contra Irán descansa sobre alegaciones que los inspectores internacionales ya han desmentido. Pero más allá de este falso pretexto, subyace una cuestión aún más acuciante que pocos funcionarios en Washington parecen dispuestos o capaces de responder: ¿cuál es la estrategia de salida de EE.UU. en su guerra contra Irán?

Por Medea Benjamin y Nicolas J. S. Davies

El presidente Trump ha justificado el ataque alegando que Irán se niega a renunciar a las armas nucleares. Mientras se preparaba para lanzar la guerra, Trump afirmó repetidamente: —«No hemos escuchado esas palabras secretas: ‘Nunca tendremos un arma nuclear'». El ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, respondió reiterando la política de larga data de Irán, declarando sin ambages: —Irán no desarrollará jamás un arma nuclear, bajo ninguna circunstancia».

Tras años de exhaustivas inspecciones, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) jamás encontró pruebas de que Irán tuviera un programa activo de armas nucleares. En 2015, el organismo declaró concluida su investigación y posteriormente supervisó el cumplimiento por parte de Irán del acuerdo nuclear Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, “Joint Comprehensive Plan of Action”, por sus siglas en inglés). El OIEA confirmó repetidamente que Irán cumplía el acuerdo, hasta que Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, unilateralmente se retiró del pacto en 2018.

A pesar de haber sido desmentidas, estas acusaciones repetidas por políticos de Estados Unidos e Israel han sido usadas como justificación para aplicar la denominada ‘máxima presión’, con sanciones y coerción económicas, amenazas crecientes y, actualmente, una agresión masiva ilegal contra Irán.

Según el Derecho internacional, la agresión no es un crimen de guerra más: es el más grave de todos. Los jueces de los Juicios de Núremberg la calificaron como “el supremo crimen internacional”, porque “contiene en sí mismo el mal acumulado de todo el conjunto”. Aquellos condenados por iniciar una guerra de agresión fueron considerados responsables de todos los horrores que siguieron. Por ello, el tribunal de Núremberg reservó su castigo más severo de muerte por ahorcamiento, para los acusados convictos de planificar y llevar a cabo una guerra agresiva, mientras que quienes fueron hallados culpables únicamente de crímenes de guerra o de lesa humanidad recibieron sentencias menores.

La sabiduría de esta distinción se refleja en los horrores que hoy tienen lugar en Irán y en los países vecinos. En la primera semana de los bombardeos estadounidenses e israelíes contra Irán, ya se han destruido escuelas y hospitales, y han muerto cientos de civiles inocentes. El 2 de marzo, el presidente Trump declaró que Estados Unidos planea alcanzar todos sus objetivos en Irán sosteniendo cuatro o cinco semanas este tipo de matanza masiva.

En una rueda de prensa del Pentágono, tan solo unas horas antes, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, fue más vago al afirmar que la operación podría llevar de dos a seis semanas, y luego que incluso podrían ser ocho. Pero el Gobierno estadounidense está claramente sometido a diversas presiones para poner fin a la guerra en un plazo de tiempo limitado.

En primer lugar, Estados Unidos lanzó esta guerra con un arsenal de armamento ya mermado, tras haber gastado miles de bombas y misiles en sus prolongadas campañas en Yemen y haber enviado cantidades sin precedente de armas a Ucrania, Israel y otros aliados desde 2022.

Si esta guerra se prolonga más de unas semanas, en los arsenales de las fuerzas estadounidenses comenzarán a escasear de interceptores antiaéreos, misiles de crucero y otras municiones críticas, y se espera que las defensas aéreas israelíes sufran carencias aún antes. Por lo tanto, EE.UU. e Israel apuestan a que pueden destruir suficientes misiles iraníes antes de que ellos mismos se queden sin los interceptores necesarios para detenerlos.

Sin embargo, la experiencia reciente sugiere que esta apuesta probablemente fracasará. Las campañas de bombardeo estadounidenses contra Ansar Allah (los hutíes) en Yemen, tanto bajo Biden como bajo Trump, no lograron eliminar su capacidad de misiles ni reabrir el mar Rojo al transporte marítimo comercial. Irán es un adversario mucho más formidable, ya que doce veces más grande que el territorio controlado por los hutíes en Yemen, con un arsenal de misiles dispersos en instalaciones fortificadas por todo el país y montados en lanzadores móviles camuflados como camiones civiles. Conseguir la destrucción de todos estos objetivos es altamente improbable.

En segundo lugar, cuanto más se prolongue esta guerra, mayor será el impacto que provocará en la economía mundial. Irán ya ha atacado varios petroleros y ha cerrado el Estrecho de Ormuz, por donde suele transitar normalmente una quinta parte del suministro mundial de petróleo. Qatar también ha suspendido los envíos de GNL después de que drones iraníes alcanzaran una importante instalación gasística. Esto eliminó del mercado casi el 20 % del gas natural comercializado en el mundo y disparando los precios en Europa.

El papel de los Fondos Soberanos de los jeques del Golfo en las finanzas mundiales implica que los mercados financieros se verán más afectados, a medida que recurran a esos fondos para compensar la pérdida de ingresos, por la interrupción de sus exportaciones de petróleo y gas.

Al mismo tiempo, aerolíneas de todo el mundo han suspendido vuelos en gran parte de Oriente Próximo, desviando sus aeronaves alrededor de la zona de conflicto y dejando varados a miles de viajeros mientras la guerra impacta en el comercio mundial. Además, en apenas la primera semana de guerra, se pide a los contribuyentes estadounidenses que asuman otros 50.000 millones de dólares en gastos bélicos.

En tercer lugar, Trump ha justificado hasta ahora sus amenazas y usos ilegales de la fuerza ante el público estadounidense y especialmente frente a sus base electoral MAGA, manteniendo sus guerras limitadas en alcance y duración y evitando bajas propias. Sin embargo, en Irán corre el riesgo de fracasar en todos esos frentes y de enfrentar un previsible torbellino político.

A diferencia de otros gobiernos estadounidenses, que suelen generar apoyo para sus guerras en sus primeras etapas con la ayuda de medios corporativos y generales retirados vinculados a la industria armamentística, Trump lanzó esta guerra con solo uno de cada cinco estadounidenses apoyándola, por lo que sabe que debe crear la ilusión de éxito o afrontar consecuencias políticas severas.

Una encuesta de la Universidad de Maryland a principios de febrero reveló que solo el 21% de los estadounidenses decía que aprobaría un ataque estadounidense contra Irán, con un 49% en contra. Incluso entre los republicanos, solo el 40% estaba a favor.

Para dificultar aún más el reto de Trump, ha ido a la guerra contra un país cuyos líderes comprenden perfectamente todas estas dinámicas. Irán se ha propuesto explícitamente infligir cientos de bajas estadounidenses, y expandir y prolongar la guerra más allá de los límites del plan bélico estadounidense. Los líderes iraníes han reconocido que, su respuesta cuidadosamente medida y simbólica a la guerra de 12 días entre EE. UU. e Israel del año pasado (limitada a unos pocos ataques relativamente inofensivos contra la base aérea estadounidense de Al-Udeid en Qatar), no logró disuadir nuevas agresiones estadounidenses e israelíes.

Esta vez, Irán entiende que la única manera de disuadir futuros ataques es infligir serios daños reales a EE.UU. Irán mató a seis soldados estadounidenses en acción en los primeros días de la guerra, ha infligido graves daños a la base de la Quinta Flota estadounidense en Baréin, y ha destruido o dañado sistemas de radar de defensa aérea en siete bases estadounidenses.

En el otro bando, EE.UU. e Israel intentan destruir tantos misiles de Irán como puedan antes de que Irán pueda usarlos. Como escribió el NIAC (Consejo Nacional Iraní-Estadounidense) el 3 de marzo, «El conflicto se define cada vez más por la sostenibilidad de los inventarios de misiles, frente a existencias de interceptores».

El curso de la guerra dependerá en gran medida del éxito que tenga cada bando en alcanzar estos objetivos, mientras el mundo entero observa con horror.

Sin embargo, en Washington, las cuestiones estratégicas más básicas siguen sin respuesta. En la rueda de prensa de madrugada del secretario de Defensa Pete Hegseth y el general Caine el 2 de marzo, un periodista planteó las preguntas que deberían estar ahora en la mente de todos: «¿Qué porcentaje de las capacidades de ataque de largo alcance de Irán continúan estando operativas? ¿Y cuál es nuestra estrategia de salida aquí, y cuándo se desplegará?»

Hegseth pareció no saber cómo responderlas. Titubeó y finalmente se refugió en la conocida afirmación de que Irán intentaba construir un arma nuclear. Es decir, recicló la archiconocida narrativa de Trump “sobre las armas de destrucción masiva de la guerra de Irak”. El general Caine eludió la pregunta con más profesionalidad, ofreciendo una explicación técnica sobre la dificultad de completar las evaluaciones de los daños tras el bombardeo y durante el combate aún en curso.

Pero ni Hegseth ni Cain, ni ningún otro funcionario estadounidense, han abordado la cuestión fundamental de una estrategia de salida del conflicto. Dado que Estados Unidos no ha invadido ni ocupado Irán, no hay fuerzas terrestres estadounidenses que retirar, como sí las había en Irak o Afganistán. Si las fuerzas estadounidenses e israelíes comienzan a escasear de armamento, podrían simplemente declarar la victoria, para detener los bombardeos y reponer sus arsenales, antes de lanzar otra ronda de ataques más adelante.

La estrategia de Irán parece diseñada para impedir precisamente ese resultado, convirtiendo esto en una guerra que Estados Unidos no querrá repetir. Eso significa infligir costes y daños reales. Es decir daño en infraestructuras, bajas estadounidenses, reacción política interna, relaciones tensas con los aliados, perturbación económica mundial y erosión de la posición en el mundo de Washington aún mayor.

Incluso si EE.UU. está dispuesto a poner fin a la guerra en unas pocas semanas, Irán podría insistir arrancar concesiones, como el levantamiento de las sanciones ilegales y la retirada estadounidense de las bases en el Golfo Pérsico, antes de poner fin a sus ataques contra bases estadounidenses cada vez más indefendibles. Esas son condiciones que alentaríamos al gobierno estadounidense a aceptar.

Esta sería una auténtica estrategia de salida de la guerra contra Irán, y no solo reagruparse y lanzar otra campaña de bombardeos cuando EE.UU. e Israel hayan repuesto sus reservas de armamento, sino para salir y hacer realmente la paz, como Trump no deja de decir que quiere hacer.

Israel e Irán se enfrentan a una elección existencial entre destruirse mutuamente gradualmente o aceptar que deben aprender a coexistir en la misma región del mundo. El Gobierno de Estados Unidos debe decidir cuál de esas opciones va a apoyar.

Cuando termine la guerra actual, sea cual sea el gobierno en el poder en Irán, Estados Unidos debería trabajar para reparar las relaciones irano-estadounidenses y dejar claro a Israel que no participará ni respaldará una nueva agresión contra Irán. Eso ofrecería al pueblo iraní muchas más posibilidades de construir el sistema político que desea que la política de bombardear el país e imponer sanciones coercitivas destinadas a arruinar su economía.

Un cambio de este tipo en la política estadounidense podría por fin empezar a deshacer toda la red de agresiones y ocupaciones ilegales de Estados Unidos e Israel que, durante décadas, ha afligido, colonizado y desestabilizado Oriente Medio. Esa sería una forma de cambio de régimen que los pueblos de toda la región y del mundo acogerían con agrado.


Medea Benjamin y Nicolas J. S. Davies son autores de War In Ukraine: Making Sense of a Senseless Conflict, ahora en una segunda edición revisada y actualizada.

Medea Benjamin es cofundadora de CODEPINK for Peace, y autora de varios libros, entre ellos Inside Iran: The Real History and Politics of the Islamic Republic of Iran.

Nicolas J. S. Davies es periodista independiente, investigador de CODEPINK y autor de Blood On Our Hands: the American Invasion and Destruction of Iraq.